Bibliografía Las resistencias en el proyecto pacifista. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

Bibliografía

  • Adorno, T. (2009). Estudios sobre la personalidad autoritaria. En Escritos sociológicos II, Vol.1. Obra completa. Madrid: Ediciones Akal.
     
  • Agamben, G. (1999). Lo que queda de Auschtwitz. El archivo y el testigo. Recuperado de http://bioetica.org/cuadernos/bibliografia/agamben.pdf
     
  • Arendt, H. (2004). Los orígenes del totalitarismo. México: Taurus, Santillana.
     
  • Aristóteles. (s. f.). Sobre la interpretación. (Miguel Candel SanMartín [traductor]). Recuperado dehttp://www.philosophia.cl/biblioteca/aristoteles/Arist%F3teles%20-%20Sobre%20la%20interpretaci%F3n.pdf
     
  • Aristóteles. (1981). La política. Libro primero, capítulo II, 2. Madrid: Espasa Calpe.
     
  • Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalem. Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen.
     
  • Castoriadis, C. (2004). Sujeto y verdad. Buenos Aires: FCE.
     
  • Emerson, R. W. (2010). Ralph Waldo Emerson. Obra Ensayística. Madrid: Artemisa ediciones.
     
  • Falcón, M. J. (2000). La desobediencia civil. Madrid: Marcial Pons.
     
  • Ferrajoli, L. (2007). Principia Iuris. Teoría del derecho y de la democracia. (Trad, P. Andrés, J.C.). Editorial Letarza
     
  • Foucault, M. (1999). Estética, ética y hermenéutica. Paidós. Barcelona.
     
  • Gansel, D. (Dir.). (2008). La ola. Constantin Film Produktion / Rat Pack Filmproduktion / Medienfonds GFP. Alemania.
     
  • Girard, R. (1996). El chivo expiatorio. Barcelona: Anagrama.
    Girard, R. (1998). La violencia y lo sagrado. Barcelona: Anagrama.
     
  • Harding, W. (1967). The Days of Henry Thoreau. A Biography. New York: Alfred A, Knopf, Inc.
     
  • Hoess, R. (1979). Yo, comandante de Auschwitz. Barcelona: Muchnik.
     
  • La Boétie, E. (2007). El discurso de la servidumbre voluntaria. (1ª ed.). La Plata: Terramar.
     
  • Kant, I. (2002). Contestación a la pregunta ¿Qué es la ilustración? México: Fondo de Cultura Económica.
     
  • Klemperer, V. (2002). LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Barcelona: Editorial Minúscula.
     
  • Jaggi, P. (1974). Religion, practice and science of non-violence. New Delhi: Munshiram Manoharlal.
     
  • López, M. (2009). Política sin violencia. La Noviolencia como humanización de la política. Corporación Universitaria Minuto de Dios. Bogotá.
     
  • López, M. (2012). Noviolencia. Teoría política y experiencias históricas. Recuperado de http://www.centropaz.com.ar/publicaciones/paz/paz38.pdf
     
  • Martínez, C. E. (2012). De nuevo la vida. El poder de la noviolencia y las transformaciones culturales. Bogotá: UNIMINUTO.
     
  • Onfray, M. (2011). Política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión. Barcelona: Anagrama.
     
  • Randle, M. (1998). Resistencia civil. La ciudadanía ante las arbitrariedades de los gobiernos. Barcelona: Editorial Paidós.
     
  • Refecas, D. (s. f.). Hannah Arendt: “Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal”. Cátedra Hendler. Universidad de Buenos Aires. Recuperado de http://www.catedrahendler.org/doctrina_in.php?id=136
     
  • Rousseau, J. J. (2005). Contrato social. Libro primero. (1ª ed. cibernética). Recuperado de http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/contrato/libro1.html#1
     
  • Smith, L. (2006). Las voces olvidadas del holocausto. Barcelona: Galaxia Gutemberg.
     
  • Sófocles. (s. f.). Antígona. Biblioteca digital Seva. Recuperada en noviembre de 2011 de http://www.ciudadseva.com/textos/teatro/sofocles/antigona.htm
     
  • Thoreau, H. D. (2004). Del deber de la desobediencia civil. En Poder y democracia. Bogotá: FICA.
     
  • Thoreau, H. D. (2005). Walden. La vida en los bosques. Madrid: Cátedra.

Actividad 3 Módulo 2. Las resistencias en el proyecto pacifista Francisco Javier Cervigon Ruckauer

Actividad 3

 Elabore un documento en el que explique la analogía existente entre el discurso de León Tolstoi y el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazareth.
La extensión del documento será mínimo de 300 palabras y máximo de 500. Esta actividad será calificada entre pares, por lo cual le serán asignados aleatoriamente tres trabajos de sus compañeros para ser evaluados.
Para asignar la calificación tenga en cuenta la siguiente rúbrica:
 
CRITERIOS
ACEPTABLE
BUENO
EXCELENTE
Análisis
Define características generales y particulares y argumenta, sin profundidad, las relaciones existentes.
Define algunas características generales y particulares y argumenta las relaciones existentes de forma clara, pero sin incorporar nuevos datos.
Define características generales y particulares y argumenta de forma contundente las relaciones existentes de forma clara, incorporando nuevos datos.
Extensión
El documento incluye menos de 300 palabras.
El documento incluye entre 600 y 800 palabras.
El documento incluye entre 300 y 500 palabras.
Gramática y ortografía
Presenta muchos errores de gramática y ortografía.
Presenta algunos errores de gramática y ortografía.
La gramática y ortografía son impecables.

La resistencia pacífica: no responder al mal con la violencia. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La opción de insubordinarse contra todo dictado del soberano que atente contra la libertad y la dignidad de los seres humanos se abrió paso en los llamados a la no servidumbre, en la construcción de las formas jurídicas del derecho de resistencia y en las formas creativas de la desobediencia civil.
De la mano de la figura colosal de León Tolstoi, se va constituyendo un nuevo territorio de la lucha antiguerra, en donde se teje la unidad de la fuerza espiritual, el renacimiento religioso, la urgencia de justicia para los campesinos siervos, el deslinde radical del Estado para dar consistencia a la concepción de la no resistencia al mal con la violencia. Al análisis de este trayecto de la resistencia, de sus conexiones con el pacifismo religioso, a su emergencia a partir de la literatura y de la relectura de los preceptos morales del evangelio y a todos los elementos que van dando textura a este resistir noviolento está dedicado este apartado.
Tolstoi y el contexto revolucionario en Rusia
En la Rusia de los zares resonó la desobediencia civil. El escritor pacifista cristiano León Tolstoi reivindica el llamado al amor como ley fundamental de la vida, que ya había planteado Jesús de Nazaret, y se declara en lucha contra todo tipo de opresión derivada de la violencia. Su crítica a la visión maniquea y dualista del bien y del mal en tanto que "es imposible encontrar una definición justa e inequívoca para distinguir al malvado del no malvado"1 (Tolstoi, 2010, p. 53), lo conducen a una propuesta ética que da forma a su proyecto de noviolencia.
Este escritor genial fue considerado el "gobernante moral" por antonomasia de Rusia y la figura estelar por muchos años en la denuncia del gobierno político despótico del zar Nicolás II. Tolstoi se fue formando como un revolucionario anarquista que puso en la picota al Estado y a la iglesia; un cristiano pacifista que veía en estas instituciones la médula del anticristianismo, y que se va a levantar con su figura gigantesca de autoridad moral para convocar a la "no-resistencia" al mal.
Este concepto (equívoco a la luz de las propuestas resistentes del siglo XXI) fue, en los albores del siglo XX, la manera de nombrar la resistencia no-violenta: "no resistir al mal con la violencia", o sea: no oponer la violencia a la arbitrariedad y a la agresión de los violentos. Es un desarrollo de la propuesta de desobediencia e insumisión de Thoreau2. Tolstoi no concibe la existencia del Estado o de otras formas institucionales, como coacción. Funda buena parte de sus teorías en la religión y, particularmente, en el Evangelio; por eso puede afirmarse que se trata de una especie de anarquismo evangélico.
El pensamiento de Tolstoi es, en muchos sentidos, un pensamiento de transición que, sin embargo, se mantiene fiel a la búsqueda de una transformación íntegra de la sociedad, cuestionando como pocos entonces la organización feudal, el trabajo sometido a la servidumbre, la podredumbre de la guerra, el despotismo de la monarquía zarista y la corrupción de la jerarquía de la iglesia cristiana ortodoxa. Por supuesto, de por medio está la emergencia de una doctrina que convoca al fortalecimiento espiritual, predica persistentemente la noviolencia y la transgresión pacífica de todo tipo de dominación.
La no resistencia al mal como resistencia noviolenta
Luego de una obra tan fecunda y prolija en la que fue tejiendo las matrices pacifistas, anarquistas y desobedientes de su pensamiento, Tolstoi retoma la pluma ya no como escritor de una literatura refinada, sino como un pensador cristiano que no acepta la mediación de la institución eclesial, bebiendo directamente del mensaje de Jesús de Nazaret. Es una migración desde el escritor lúcido y comprometido hacia el profeta de la resistencia noviolenta.
Lo que erige Tolstoi para desencadenar las fuerzas campesinas avasalladas es un cristianismo contra-cultural, sedicioso, pero extirpado de la violencia castigadora y soberbia del Dios judaico del Antiguo Testamento. Escarba en la profundidad del amor de Jesús, para transformarlo en palabra y ejemplo de resistencia a un poder con el que no se puede ser complaciente. Para ello hace una interpretación no dogmática de la lectura del evangelio de San Mateo sobre la no resistencia al mal, esto es, la convocatoria a no responder al mal con la violencia.
No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;  y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.  Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses". (Mateo, 5: 39-42).
Como lo reconocería Gandhi esta es, tal vez, la esencia de una nueva cultura de paz, que renuncia a la venganza y decide no devolver mal con mal. Una especie de marco autorregulatorio que sirve de contexto a la irrupción de otras formas de solución de las desavenencias, de otro modo de vida, llamado por Tolstoi: "auténtico". La compasión y el amor asumen de conectores o atractores de ese campo de relaciones que deben emerger, como relaciones fraternas, pacíficas, igualitarias, reconocedoras de los diferentes, de los excluidos.3
En vez de devolver la herida infligida en la mejilla derecha con otra herida en el rostro del enemigo o con algo aún peor -lo que significaría el escalamiento de la respuesta violenta-, se propone más bien sumir en la perplejidad y el bochorno al agresor, poniendo la otra mejilla o tendiéndole la mano. Esto es "el poder del desconcierto" que ha evolucionado tanto en la teoría de la acción noviolenta. Así lo plantea Carlos Eduardo Martínez, examinando la aparente aporía, la incompresible dificultad lógica, inscrita en eso de "poner la otra mejilla":
Las lecturas e interpretaciones más comunes giran en torno a la pretensión de ir más allá de lo humano, llegando a requerir, desde esta perspectiva, un autocontrol y una bondad que se sale de los parámetros de la mayoría de las personas, casi como la consecuencia de un máximo nivel de perfección. Por el contrario, estas palabras proponen, a mi juicio, un método distinto para confrontar la violencia. Es algo así como si te atacan con violencia, reacciona de una forma que tu agresor no espera, produciendo en él una sensación de desconcierto tal, que el efecto de dicho desconcierto te proteja de su agresión y, de paso, transforme y reduzca su violencia, sintiendo profunda vergüenza de la misma. La estrategia del desconcierto (…) ha sido la fuente de muchas acciones políticas transformadoras (Martínez, 2012, p. 217).
Otro aporte del Sermón de la Montaña, que sabe recoger muy bien Tolstoi, es el de deconstruir el dualismo amigo- enemigo. Recomendar amar a los enemigos, hacer el bien a los que te aborrecen y orar por los que te persiguen, disloca el esquema propio de la guerra y de la violencia letal.4 Si no se incentiva el odio al adversario y si se plantea dar un paso más allá de la fácil ecuación de amar a los que nos aman, estará des-configurada la cartografía de la guerra y, con ello, gravemente debilitado todo el esquema de la soberanía basado en la conformación del cuerpo político a partir de esta polarización, así como de la subsecuente exclusión del enemigo.
En la lógica spinoziana, uno de los principios de la vida es el de la mutua afectación de los cuerpos: Indudablemente el odio y el amor son afectos potentísimos y cuando un ser humano es tocado por uno de ellos, su efecto va a estar presente, con fuerza, en su subjetividad. Lo maravilloso del espíritu es que puede ser afectado por ambas pasiones y que su influjo se plasma en la memoria de manera simultánea. De tal modo que cuando el odio arremete contra uno, la memoria no solo puede evocar "las ofensas tan comunes entre los hombres", sino que puede pensar en "rechazarlas mediante la generosidad" (Spinoza, 2002, pp. 71-72). Es una decisión de cada cual, es su opción ética; un ofendido y humillado, un agredido por la violencia de otros o de las instituciones, no tiene por qué tender automáticamente a responder con la misma moneda.
Tenemos esa capacidad; así que un ser torturado y quebrado por la violencia del más fuerte puede recobrar su don de ofrecer paz a quien le ha dado solo el hierro candente de la guerra; y esta acción no es solo en beneficio para el otro, para quien ha incurrido en violencia, sino que es en primer lugar una recomposición de la cadena de afectos desde uno mismo, desprendiéndose del pesado fardo de la venganza. Es un acto de libertad, de forjamiento del espíritu, de autogobierno y auto-legislación por los valores de la ética de vida.
Claro que esto no puede ser comprendido en la lógica de la guerra. El saber del guerrero solo entiende que lo natural es que el vencido busque recuperar fuerzas y espere la ocasión para revertir la situación de dominación y así poder asestar golpes tanto o más contundentes que los recibidos, cobrando viejas deudas de sangre.
El pacifista ruso veía cómo la iglesia se apartaba del mandamiento de la no resistencia al mal con la violencia e iba indicando una serie tal de excepciones a su cumplimiento que lo hacían inoperable. Para ello, las jerarquías habían ido refinando un discurso en el que justificaban la legítima defensa violenta para enfrentar una agresión o la prioridad de la defensa del bien, recurriendo a la fuerza armada, si ello era menester, amén de continuas alusiones a la violencia divina consignada en el Antiguo Testamento.
Para rebatirlos, Tolstoi utiliza argumentos racionales contundentes, antes que enzarzarse en una discusión teológica o hermenéutica sobre los textos sagrados. ¿Quién está autorizado para distinguir el bien del mal? Tampoco hay reglas únicas para juzgar cuando hay una situación de peligro insalvable que amerite el uso de la fuerza defensiva. Por esa ruta se han justificado las inquisiciones y las purgas revolucionarias. ¿Quién puede entonces tener la certeza de juicio para identificar al enemigo mortal que le autoriza tomar medidas draconianas contra él?
Como lo diría más adelante Tolstoi, para ello es indispensable "abandonar cualquier frontera entre las naciones". Su discurso es claro y radical, y tal cual es asumido por Tolstoi: las guerras, sean ellas ofensivas o defensivas, son ilegales y no pueden ser admitidas por los cristianos; igual deben ser consideradas las organizaciones militares y todo lo relacionado con ellas como los arsenales, las fortalezas, los transportes de guerra, los trofeos y monumentos a las victorias militares, la parafernalia de guerra.
En esta recopilación histórica que hace Tolstoi5 del tratamiento dado a la no resistencia al mal con la violencia, se van dibujando los contornos de este anarco-cristianismo que va siendo enunciado como una forma particular de resistencia. Es decir, la no-resistencia no es la aceptación pasiva del mal; al mal hay que resistirlo de muchas maneras, pero sin violencia y sin venganza. Hay que idear formas de resistencia basadas en la desobediencia. Lo dirá Tolstoi en el desarrollo de su propio texto del "El reino de Dios está en vosotros", luego de comentar los aportes de esos otros cristianos pacifistas:
Obedeciendo, los hombres se someten simplemente a las órdenes que les son dadas, sin reflexionar y sin hacer un esfuerzo de voluntad. Para no obedecer, es necesario reflexionar con independencia, y esto se constituye en un esfuerzo del que no todos son capaces. Pero, si fuera apartado el significado moral de la sumisión o de la rebelión y consideradas sólo las ventajas materiales, se vería que la rebelión es, en general, más provechosa que la sumisión. (Tolstoi, 2010, p. 91).
La insumisión y la fuerza del amor
Muchas leyes y acciones despóticas, piensa Tolstoi, se han implementado para fortalecer al Estado hasta hacerlo una máquina todopoderosa que decide sobre la vida de la gente. Para ello, dicen que se apoyan en el derecho, pero solo han creado una apariencia de justicia; se ha transformado entonces en una organización engañosa y costosa. Más que una solución, el Estado es un problema para la sociedad. Sin embargo, ha logrado mantener la obediencia de la gente; para ello, según se lee en "El Reino de Dios está en vosotros", ha acudido a cuatro métodos de acciones sobre los hombres que "están unidos entre sí como los eslabones de una cadena":
El primer método, el más antiguo, es la intimidación. Ésta consiste en representar al régimen actual (cualquiera, la república más liberal o la más déspota monarquía) como algo sagrado e inmutable. Como consecuencia, se castigan con las penas más crueles cualquier tentativa de cambio (…) El segundo método es la corrupción. Ésta consiste en tomar del pueblo sus riquezas por medio de los impuestos y distribuirlas a las autoridades que, en cambio, se encargan de mantener y aumentar la opresión (…) El tercer método es aquel que no puedo llamar de otro modo sino el del hipnotismo del pueblo. Consiste en detener el desarrollo moral de los hombres y, con diversas sugerencias, mantenerlos en el arcaico concepto de vida sobre el cual se basa el poder del gobierno. (…) El cuarto método consiste en escoger, entre todos los hombres unidos y embrutecidos con la ayuda de los tres métodos precedentes, un cierto número de individuos, para hacerlos instrumentos pasivos de todas las crueldades necesarias al gobierno (Tolstoi, 2010, pp. 96-97).
A ese cuarto método de sometimiento va a dedicar Tolstoi mucha atención; su manifestación más directa es la obligación de prestar el servicio militar, para el que se escogen adolescentes que son aislados de todas sus condiciones naturales de vida, se les encierra en cuarteles, se les uniforma para diferenciarlos del común de la gente, se les embrutece, se les obliga con gritos y tambores, y con ejercicios físicos y otros recursos inventados expresamente retuercen su cuerpo y automatizan su mente hasta obtener obediencia absoluta a sus jefes.
Y como la vida es un valor que no tiene peso ni medida, como esta no puede canjearse, ni siquiera con la pretendida equivalencia de una vida por otra, el que una persona o un pequeño grupo entienda que seguir asumiendo esta actitud no es otra cosa que un suicidio, el que no se hagan cómplices de esta negación de la vida, el que no colaboren activa ni pasivamente en ello, ejercerá una influencia favorable en la sociedad entera. Interpretada desde las concepciones contemporáneas de la resistencia, la apuesta de Tolstoi es por convocar al poder de la influencia sutil, al poder de la fragilidad, el despliegue de la micropolítica que produce acontecimientos creativos y transformadores. Es una versión del efecto mariposa que demostraría en el siglo XX la teoría del caos.
La interpretación de Tolstoi es genuinamente atenida al evangelio que conecta la obligación de abstención de la venganza y del odio con el mandato del amor por los demás. El prójimo alude a "lo otro", a la alteridad, a lo distinto, a lo más lejano, a todo cuanto cabe en la palabra latina "alien", es decir lo ajeno, lo extraño, el forastero, el extranjero. Por tanto, el amor es un trayecto de afirmación de la diferencia para intentar nuevas combinaciones, composiciones vitales que emergen de nuevas formas de constitución de lo común. Será el movimiento de Gandhi en la India y las sucesivas expresiones de la resistencia noviolenta en el mundo las que se encarguen de demostrar la potencia política de una lucha fundada en el amor, que se convertirá en motor de procesos asociativos y liberadores.
Puede hasta parecer aburrido, ingenuo, "utópico" el proceso de resistir sin violencia, sin responder golpe por golpe. Pero ahí está, sostenida en medio de sobresaltos, apareciendo allí y esfumándose más allá, durante siglos. Y ya no está restringida a algunas valerosas comunidades religiosas; cuando renace en el mundo contemporáneo, lo hace con fuerza inusitada, con gestos y manifestaciones increíbles, conectándose en los más diversos territorios. Reinventándose para no ser capturada por los aparatos del poder. Transitando desde la micropolítica que aprendimos de la no resistencia al mal con la violencia, hasta la poderosa resistencia noviolenta de Gandhi que combinó magistralmente las sutilezas y los puntos fuertes de la acción micropolítica con las posibilidades de su influencia sobre el escenario macropolítico de la lucha anticolonial.
 
1 "El reino de Dios está en vosotros" es una de las obras más importantes del pensamiento pacifista mundial. Su publicación original fue en 1894. Las alusiones y citas que se toman de la obra en este escrito son de la edición del 2010 de editorial Kairós. Ghandi dijo de la lectura de este libro: "El reino de Dios está en vosotros" me abrumó. Me marcó para siempre".
2 Michael Randle recuerda que "Tolstoi veía en Thoreau un espíritu afín al suyo "y cómo" el conde ruso elogia el "admirable ensayo" de Thoreau, así como "el ejemplo que dio, yendo a la cárcel por negarse a pagar impuestos al Estado". Para documentarlo, cita los "escritos sobre desobediencia civil y noviolencia" en donde aparece la carta de Tolstoi al Dr. Eugen Heinrich Schmitt, página 169 de la edición de New Society Publishers, Filadelfia, 1987. (Randle, 1998, p. 58).
3 El irenólogo Mario López Martínez resume así esta visión del cristianismo de Tolstoi: "Una religión monoteísta como el cristianismo hizo suyo el Quinto mandamiento de la «Ley de Moisés» y lo interpretó y lo reconvirtió en un sentido tan positivo, como polémico -a través de la figura de Jesús de Nazaret- como: «amad hasta a vuestros enemigos» (poder redentor a través del amor). Para el cristianismo histórico, la expresión no matar (…) permitió no sólo rechazar los ejércitos, sino desarrollar los argumentos de la objeción de conciencia, es decir, un "no matar" (entendido como deber y como derecho), así fuese en tiempos de paz (o de preparación de la guerra), como de guerra. Asimismo, la apuesta del cristianismo por la dignidad del ser humano significaba no demonizar jamás al adversario, tratarlo como un igual, respetarlo y hasta quererlo «como a uno mismo», en consecuencia cualquier forma de violencia quedaría descartada" (López, 2012, p. 22).
4 En el Sermón de la Montaña se lee: "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? (Mateo 5: 43-46)
5 Los menonitas son otra comunidad cristiana de profunda y larga tradición pacifista. Aún hoy mantienen una importante presencia en América y son dignos luchadores de la noviolencia. En Colombia, por ejemplo, fueron pioneros en el impulso a la objeción de conciencia al servicio militar. El historiador indio O. Jaggi, resume así algunos de sus principios: "En la medida en que estudiaban la Escritura se convencieron de que no sólo los católicos, sino también los protestantes fallaron en encontrar lo esencial del Nuevo Testamento. Esto es especialmente verdadero, consideraron, en el caso de la doctrina de la no-violencia. Entre las doctrinas que sostienen su existencia encontramos la libertad de conciencia, la separación de la Iglesia y del Estado y la no-resistencia. Creen que según las Escrituras los cristianos no pueden tomar parte en el uso de la fuerza, tanto como soldado en el ejército o como magistrado en el gobierno civil. El uso de la espada, el ejercicio de la venganza y el tomar la vida humana es estrictamente prohibido para los discípulos de Cristo" (Jaggi, 1974, pp. 40-42).

Siguiendo el rastro de la tradición anarco-individualista de Henry David Thoreau. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La desobediencia civil cobra entidad pública y reconocimiento mundial a partir de la acción política y de la obra de Henry David Thoreau en Estados Unidos. Su ensayo "Del deber de la desobediencia civil" fue publicado en 1849, bajo el título original de "Resistance to civil Government"1 (Resistencia al gobierno civil). Este es un corto opúsculo que, por su fuerza y claridad, se emparenta con el "Tratado de la servidumbre voluntaria", recreando el dilema de la objeción moral a la obediencia exigida por gobiernos corruptos.

Thoreau se consideraba parte de la corriente de los "trascendentalistas", que  bebían del moralismo cristiano y creían en la primacía de la fuerza interior de los hombres; como Rousseau, consideraban que el hombre nacía bueno y que había que apostarle al camino de la persuasión y la educación; rechazaban la idea mecanicista del universo, que proponía el racionalismo cartesiano y adoptaban el concepto de la naturaleza como misterio vivo, tal como lo planteó la corriente romántica en Inglaterra y Alemania. Compartían, además, la idea optimista de que la humanidad participaba, con Dios y la naturaleza, de un alma universal.
Los  miembros de este club también tomaron partido por la igualdad, por el reconocimiento de los derechos civiles y por la abolición de la esclavitud en un momento crucial en que Estados Unidos estaba abiertamente dividido en torno de este problema hasta el punto de que quince estados habían prohibido la esclavitud, mientras que en otros quince esta práctica aberrante era protegida por la ley. Tampoco eran ajenos a ellos, y especialmente a Thoreau, las experiencias de anarquistas y cristianos que habían ensayado varias formas de rechazo al servicio militar o se habían negado a pagar impuestos municipales, lo que entrañaba una radical desconfianza del Estado. Al respecto, Emerson (2010) ya había señalado en una de sus citas célebres que:
Al tratar del Estado debemos recordar que sus instituciones no son aborígenes, aunque existieran antes de que nosotros naciéramos; que no son superiores al ciudadano; que cada una de ellas ha sido el acto de un solo hombre, pues cada ley y cada costumbre ha sido particular; que todas ellas son imitables y alterables, y que nosotros las podemos hacer igualmente buenas o mejores. (Colección de Ensayos)
Este es el clima que se está urdiendo cuando Thoreau se deslumbra con las ideas de Emerson y quiere poner en práctica sus convicciones. En adelante, su vida sería llevada con total plenitud e intensidad hasta que concluya, tempranamente, con su muerte causada por la tuberculosis, cuando apenas había cumplido 44 años de edad. En este periplo, la relación con Emerson y otros miembros del Club Trascendental no fue siempre de concordia y admiración mutua. Thoreau era un  hombre independiente y firme en sus convicciones y manifestaba sus desacuerdos sin ningún tipo de diplomacia.
Algunos investigadores, como Harding, creen que hacia el final de sus días Emerson participó de una corriente de aversión hacia Thoreau, en la que estuvieron presentes varios allegados. No obstante, su discurso en el sepelio de Thoreau fue un panegírico que concluyó con la sentida expresión "¡Era un alma bella!2 Otros, como el prestigioso escritor Hawthorne, se sentían cuestionados por el vertical estilo de vida del desobediente de Concorde, a quien se refiere en su diario en los siguientes términos:
Thoreau desprecia el mundo y todo cuanto ofrece y, como el caso de otros humoristas, es un pelmazo intolerable… No es persona agradable y en su presencia uno se siente como avergonzado de tener algo de dinero, o una casa en la que vivir, o tanto como dos abrigos que ponerse, o haber escrito un libro que sea leído por el público. Su propio modo de vivir constituye hasta tal punto una crítica constante de cualquier otro estilo de vida tal y como el mundo lo aprueba (Citado en Harding, 1967, p. 340).
Este desobediente fue un visionario que se adelantó en muchos aspectos a su tiempo. Prefiguró el ecologismo moderno, encontrando en su proximidad con la naturaleza y en la forma de vida de los indígenas otras disposiciones para la armonía y la preservación del medio ambiente; aportó elementos para refinar las luchas por los derechos de las minorías, tanto en su relación respetuosa con las comunidades indias originarias, como en su apoyo abierto a la lucha por la abolición de la esclavitud; señaló caminos para organizar la resistencia noviolenta y fue pionero del comunitarismo ácrata en América3.
La desobediencia como deber de civilidad
Al examinar la vida y obra de Thoreau nos encontramos con un revolucionario en plenitud; un anarco-pacifista que aunque despreció el arte de la política tal como se constituyó en la Norteamérica del siglo XIX- y en este sentido es considerado por algunos como "apolítico"- en realidad abrió la política cotidiana a otras posibilidades. Su tendencia anarquista se evidencia en la condena rotunda del Estado. Para él los gobiernos, en el mejor de los casos, son un mal recurso, y todos son, en alguna medida, un inconveniente. Lo dice, sin atenuantes en su breve tratado sobre la desobediencia:
El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto, y cuando los hombres estén preparados para él, éste será el tipo de gobierno que tendrán (…) En el mejor de los casos el gobierno no es más que una conveniencia, pero la mayoría de los gobiernos son inconvenientes por lo general, y todos lo han sido alguna vez. Las objeciones que se han alzado en contra de un ejército permanente- que son muchas y de peso y merecen prevalecer- pueden plantearse también contra un gobierno permanente (Thoreau, 2004, pp. 119-120).
Por eso su biógrafo, Henry Miller, al prologar una de sus ediciones, llegó a decir que era un tipo de persona que "de haber proliferado, hubiera provocado la no existencia de los gobiernos" (Thoreau, 1980,  p. 3).
Con "Del deber de la desobediencia civil", Thoreau escaló un peldaño en su creciente radicalidad frente al Estado y sus abusos. Con el transcurso del tiempo, y en la medida en que va corroborando la infamia de la guerra expansionista y el imposible moral de la esclavitud, su visión va profundizando la crítica sin concesiones al poder inaudito obtenido por quienes controlan el Estado y ofrecen la muerte y la esclavitud como el costo natural del "progreso".
En su denuncia de la institución esclavista, como veremos más adelante, será más inflexible su palabra consignada en textos como "La esclavitud en Massachusetts", que exhorta directamente a violar una ley monstruosa y en la "Apología del capitán John Brown" en donde ya convoca a una abierta rebelión contra el Estado.
El texto de la famosa conferencia de febrero de 1848 sobre la resistencia al gobierno civil, a propósito de los derechos y deberes de los individuos en su relación con el Estado, fue redactado a raíz de una breve detención por negarse a pagar impuestos que él consideraba fortalecerían los recursos para adelantar la guerra de agresión contra México.
El encendido discurso de Thoreau es provocado por la indignación ante la corrupción de un gobierno que no encarna el servicio a la sociedad, sino la pura arbitrariedad de un grupo de poder que da uso al Estado para alcanzar sus metas particulares: "(…) vean si no la presente guerra de México, obra de relativamente unos pocos individuos que usan el actual gobierno como instrumento a su servicio" (Thoreau, 2004, p. 120). Y de eso saca una consecuencia idéntica a la de La Boétie: esto no podría darse sin la servidumbre voluntaria de la población:
La existencia de gobiernos muestra así con cuanto éxito puede someterse a los hombres, que llegan hasta el punto de someterse a sí mismos para su propio beneficio (…) Todo lo realizado hasta el momento lo ha conseguido el carácter propio del pueblo americano, que hubiera hecho aún más si el gobierno no se hubiera interpuesto en su camino (…) ¿Debe el ciudadano siquiera por un momento, o en el menor grado, delegar su conciencia en el legislador? Entonces ¿para qué tiene cada hombre su conciencia? Creo que debiéramos ser hombres antes que súbditos (Thoreau, 2004, pp. 120, 121 y 122).
Para Thoreau, enfrentar este Leviatán intruso e improductivo socialmente requiere de una restauración y recomposición interior como la que predicaban los trascendentalistas. Y esa moralidad y esa justicia no está en la ley ("La ley nunca hizo a los hombres un ápice más justos")4. El sendero de los resistentes es, por supuesto, arduo, implica valor e integridad; renuncias y mucho de sabiduría, comprendiendo que el gobierno no es un sistema independiente, que su poder solo radica en la gente, que depende de ella, de su buena voluntad y que "la obediencia no es ya una virtud"5.
Así, si Thoreau reencarnara ahora, pediría cuentas por el resultado del itinerario elegido por  Estados Unidos y por qué gente como él pudo vivir plenamente en desobediencia y los demás apenas si pueden decir que respiran, que existen. Miller lo sintetiza así:
En estos últimos cien años el Estado se ha convertido en una especie de Frankestein. Nunca como hoy nos hizo menos falta el Estado, así como nunca nos ha tiranizado tanto. En todas partes el ciudadano ordinario tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el Estado existe para protegernos se ha desintegrado mil veces. Sin embargo mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo el Estado prosperará, él puede exigir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus miembros (Miller, en Thoreau, 2004, p. 113).
Esto es lo que el panfleto del "Deber de la desobediencia" patentiza al mencionar el inadmisible sometimiento de la sexta parte de la población norteamericana a la esclavitud, legalmente reconocida por el Estado, así como el infame episodio de la guerra de conquista contra México, país al que mantienen bajo la ley marcial. Ante esto, hay el "deber urgente" de que "los hombres honestos se rebelen y subleven". Esto es, la obligación de hacer justicia "cueste lo que cueste". Por tanto, "Este pueblo debe cesar de mantener esclavos y de hacer la guerra en México, aunque ello le cueste su existencia como pueblo" (Thoreau, 2004, pp. 125-126).
Thoreau no tiene dudas: obedecer es mantenerse en la peor condición servil en un asunto en que va de por medio la vida y la libertad. El autor percibe las profundas consecuencias de un acto de desobediencia ante la injusticia del Estado: "Cuando el súbdito ha rehusado ser leal, entonces la revolución se ha hecho realidad" (Thoreau, 2004, p. 138). Y lo hace en términos micropolíticos y pacifistas, con la lógica inversa que suelen usar los resistentes: "Una minoría es impotente mientras se conforma a la mayoría; ni siquiera es una minoría entonces; pero es irresistible cuando se interpone con todo su peso" (Thoreau, 2004, p. 137). No importa lo pequeña que pueda parecer una acción, lo importante es que convulsione el cuerpo social, que atasque la máquina estatal. Por eso su certeza:
Sé muy bien que si un millar, si un centenar, si una decena de hombres que pueda nombrar- si únicamente diez hombres honestos-, ¡ay! Si un hombre honesto, en este Estado de Massachusetts, dejando de tener esclavos, llegara a retractarse en este mismo momento de su complicidad y se le encerrase por ello en la cárcel del condado, eso sería la abolición de la esclavitud en América (Thoreau, 2004, p. 136).
Pero, también sabe que un acto de desobediencia no pasa impune para el Estado y que, por consiguiente, hay que prever y estar dispuestos a asumir las consecuencias. En todo caso, cualquier castigo es un costo menor al sinsentido de llegar a obedecer al Estado, de ser su cómplice en actos de brutal injusticia.
En adelante, la desobediencia civil se va a inscribir dentro de las coordenadas de las resistencias que producen nuevos comienzos y aperturas de otros mundos sociales. Thoreau descubre allí su verdadera fuerza, la de la gente común, que no es la fuerza física, sino la capacidad de atenerse a su propia ley moral, el empeño en vivir de acuerdo con su propia naturaleza. Todo movimiento de afirmación de la vida, toda conjugación de posibles maneras de asociarse, cooperar y resistir, dependen de esta fuerza inmanente. Lo que demuestra Thoreau es que el poder inmanente del desobediente es el poder de la multiplicidad, de las singularidades humanas que asumen su propia responsabilidad moral, ética y política de rebelarse. En ese sentido, su desobediencia es la continuidad del contra-Uno de La Boétie. Y todo esto es fundamento de la Noviolencia.
A Thoreau le corresponde lidiar con la democracia representativa estadounidense que se expande y comienza a mostrar su rostro más sombrío. En esas condiciones, es aún más meritoria la audacia y lucidez del "Deber de la desobediencia" en el que se declara que el pacto social no puede ser abstracto, sino que tiene que estar suscrito en cada caso por cada individuo, debe ser actualizado constantemente para que sea válido. Así lo coloca en un documento: "Sepan todos por la presente que yo, Henry Thoreau, no deseo que se me considere como miembro de ninguna sociedad a la cual no me haya unido" (Thoreau, 2004, pp. 141-142).
Su objeción y desobediencia fiscal se remite a lo que él no ha pactado previamente, como apoyar o financiar las guerras de expansión o respaldar con su obediencia la institución esclavista que admite su gobierno. Nada más, ni nada menos, porque esa reflexión le es suficiente para afirmar: "Deseo simplemente negarle mi lealtad al Estado, retirarme y vivir deliberadamente lejos de él (…) De hecho le declaro tranquilamente la guerra al Estado, a mi manera" (Thoreau, 2004, p. 149).
Esa es la clave: retirarse, fugarse del Estado; esa es su guerra: ignorarlo, hacerle el vacío, renunciar a la servidumbre. Entre el Estado y él "hay algo personal", como dice la canción de Serrat. Esa es su posición que la refrenda como un deber individual, pues al actuar de esa forma: "solo hace lo que uno debe y lo que corresponde al momento".
Por eso, lo más prudente para un hombre libre es tomar distancia del gobierno, "dedicarle la menor cantidad posible de pensamientos", ya que "no son muchos los momentos que vivo bajo un gobierno" (Thoreau, 2004, p. 152). Ese es el calado del pensamiento de Thoreau en este momento, lo que lo convierte en el referente de la desobediencia civil en el mundo, lo que hace que sea recogido por Tolstoi y Gandhi6, y también lo que hace que constituya otra faceta de la ciudadanía contemporánea, la del deber de civilidad, con toda su carga paradójica y su potencia micropolítica.
La resistencia como potencia interior de los desobedientes
Antes de continuar con la evaluación de la propuesta de desobediencia civil en otros aspectos de su influencia contemporánea, vamos a detenernos un momento en la dimensión espiritual de la experiencia desobediente, que es común a los principales exponentes mundiales de ella. Sea Tolstoi o Gandhi o King o Lanza del Vasto, hay una incesante búsqueda de conexión con la naturaleza y con los inconmensurables pliegues del alma, generalmente relacionados con un intenso vínculo religioso.
La formación de la fuerza interior de Thoreau pasa por su experiencia en Walden Pond. A sus 28 años, cuando Thoreau toma la decisión de internarse en los bosques a orillas del Lago Walden, en un terreno de su amigo Emerson, no muy distante de Concord, y construye su propia cabaña, iba en busca de la vida simple: se proponía "absorber toda la médula de la vida", despejarla de todo lo superfluo, eliminar todo lo que "no fuera vida" propiamente, aislarla hasta "reducirla a sus términos inferiores", o sea, hasta encontrar lo básico, lo nuclear. Quería experimentar lo que era la lucha por la sobrevivencia sin depender de la división del trabajo, reintegrar la vida productiva para que el hombre no fuera compuesto por fragmentos: una parte del sastre, otra del comerciante; había que intentar capacitarse para poder vivir sin esas prótesis7.
Para Thoreau, la vida puede transcurrir sin las bisuterías que ofrece el consumo; se puede vivir sin tal cantidad de cosas que nos saturan, que polucionan nuestro horizonte, pero que también nos atan a un sistema; no solo son inútiles sino que nos hacen menos libres.
¡Sencillez, sencillez, sencillez! Os digo que vuestros asuntos sean dos o tres y no cien o mil; en lugar de un millón, contad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar. (…)Estoy convencido de que si todos los hombres vivieran con tanta sencillez como yo lo hice, el hurto y el robo serían desconocidos. Estos sólo tienen lugar en comunidades en que unos tienen más de lo suficiente, mientras que otros no tienen bastante (Thoreau, 2005, p. 90).
Walden, ensayo de Henry Thoreau publicado en 1854, es una declaración llena de poesía y amor a la vida; destaca todo lo que hay de espiritual en cada uno de los actos en que la naturaleza se hace presente, y replantea el problema de las temporalidades, puesto que con su crítica a la aceleración de la sociedad industrial, hace aproximaciones a lo que serían otros ritmos para los seres humanos, conforme a los tiempos naturales. Es, por tanto, una crítica certera al modo de vida americano que convirtió en axioma el ahorro y el trabajo constante como ideal puritano laicizado. Es la crítica a la mentalidad cuya meta más elevada es el éxito a toda costa, que no puede dejar un solo minuto de tiempo que no sea útil porque el tiempo es oro.
Ahora bien, la vida simple de Thoreau en Walden Pond es toda una práctica de ascesis, tal como la concibieron los griegos clásicos, más cercana a la tradición de los estoicos, que de la práctica cristiana del ascetismo que promulgaba una cierta renuncia a sí mismo y a la realidad circundante. Entonces, a pesar de que su formación estuvo ligada a proyectos de origen cristiano, como la Iglesia Unitaria de Emerson, predominaron en él los principios del individualismo moderno y su decisión de adquirir el dominio de sí, no renunciando a la realidad ni a sí mismo, sino preparándose para acceder a la realidad y asimilando a ella el poder transformador de la verdad. Es lo que Foucault llama "un proceso de intensificación de la subjetividad"8.
Henry D. Thoreau fue fraguando su concepción en medio de pruebas muy exigentes. No se imaginó una utopía desde los laboratorios sociales del siglo XX, ni llegó a plantear una idea que no estuviera dispuesto a poner en práctica. No es el teórico de la desobediencia, es el desobediente, agenciador de acontecimientos creativos de la resistencia social.
 
1 Según el relato de María José Falcón  y Tella (2000), en febrero de 1848, Thoreau (1817-1862) fue invitado a hacer una conferencia en el Liceo Concord, una pequeña escuela del pueblo donde nació en el estado de Massachusetts. En ese momento, ya era conocido por su negativa a pagar un impuesto que contribuía a sostener la guerra de anexión territorial contra México, infracción por la que había pasado una corta estancia en la cárcel. Su conferencia la tituló "Los derechos y deberes del individuo en su relación con el Estado". Este texto fue publicado por la revista Aesthetic Papers con el nombre de "Resistencia al gobierno civil", y solamente después de su muerte se publica como "Del deber de la desobediencia civil" (1866) en un volumen que llevaba por nombre: "Yankee en Canadá, with antislavery and reform papers" (Falcon, 2000, pp. 19-20). Para esta investigación, se ha usado la edición colombiana de 2004, con traducción de Antonio Casado da Rocha y prologada por Henry Miller.
2 El servicio funerario en homenaje a Thoreau se llevó a cabo en la tarde del día 9 de mayo de 1862. "El país no sabe todavía -dijo Emerson-, ni en lo más mínimo, qué grande es el hijo que ha perdido" (Harding, 1967).
3 Según Harding (1967, p. 426), su mentor Emerson encontró tres grandes figuras de admiración para Thoreau: el capitán John Brown, prototipo de valor e idealismo en su lucha antiabolicionista; Joe Polis, el indio que le sirvió de guía a los bosques de Maine, en 1857, y el poeta Walt Withman.
4 Un desarrollo de la idea de la servidumbre frente al Estado se consigna en el siguiente pasaje del texto mencionado: "Un resultado común y natural del indebido respeto a la ley es que puedas ver una fila de soldados (…) marchando en admirable orden por colinas y valles hacia las guerras, en contra de su voluntad, ¡ay! En contra de su sentido común y de sus conciencias (…) están metidos en un asunto condenable; todos están inclinados a la paz. ¿Qué son entonces? ¿Hombres? ¿O pequeños fuertes y polvorines móviles, al servicio de algún tipo sin escrúpulos en el poder? (Thoreau, 2004, p. 123).
5 Mario López Martínez, en su "Política sin violencia", trae esta cita del sacerdote Lorenzo Millani: "la violencia no es ya una virtud" con la que deslegitima la guerra y la violencia, justificada por los capellanes católicos de la fuerzas armadas. López agrega a continuación, refiriéndose  la teoría ético-política de la noviolencia, que coincide con estos razonamientos de Thoreau: "(…) tanto el gobierno como el sistema dependen de la buena voluntad de los ciudadanos, de sus decisiones y de su apoyo. Es decir, el verdadero poder depende de la gente, de los ciudadanos, es pluralista, no está concentrado. De alguna manera, participa de las teorías contractualistas liberales que consideran que el poder cooperativo es el fundamento de las libertades civiles, y no aquel poder coercitivo que ofrece miedo a cambio de seguridad" (López, 2009, p. 218).
6 En una carta al presidente F. D. Roosevelt, el propio Gandhi le confesaba que dos de los pensadores que más influencia habían ejercido sobre su pensamiento habían sido Emerson y Thoreau.
7 La referencia precisa de Thoreau (2005) sobre estos problemas es: "¿A qué objetivo sirve al fin? Sin duda, otro podría también pensar por mí, pero no es deseable que lo haga hasta el punto de evitar que piense por mí mismo" (p. 54).
8 Al analizar las prácticas de los griegos clásicos y los elementos que sustentan "las técnicas de sí", Foucault establece esta diferencia: "En la práctica cristiana, el ascetismo va siempre acompañado de cierta forma de renuncia a sí mismo y a la realidad, de la que el sí mismo forma parte, y a la que hay que renunciar para acceder a otro nivel de realidad (…). En la tradición filosófica inaugurada por el estoicismo (…), el objetivo final de la áskesis no es preparar al individuo para otra realidad, sino permitirle acceder a la realidad de este mundo. La palabra que describe tal actitud es, en griego, paraskeuázo ("prepararse"). La áskesis es un conjunto de prácticas mediante las cuales el individuo puede adquirir, asimilar la verdad y transformarla en un principio de acción permanente (…), es un proceso de intensificación de la subjetividad" (Foucault, 1999, p. 460).

Las resistencias en el proyecto pacifista. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La relación entre poder y obediencia ha sido ampliamente documentada. La obediencia es vista como el par binario de la autoridad. Esta concepción ha sido inscrita en mitos y en discursos filosóficos y permea toda la teoría del poder y de la política en Occidente. En la tradición judeocristiana, es recurrente, pero también aparece con insistencia en la mitología griega, en las versiones originales de la narración histórica de los atenienses e igualmente en  mitos indios, egipcios o de los pueblos precolombinos en América. Los pueblos han estado conminados a buscar su propio camino en libertad o a ser destinados a que se les marque el camino y se les imponga la obediencia. De la dualidad autoridad-obediencia se desprende la contraposición dialéctica obediencia-desobediencia, que emerge, esta última, como un desafío a los poderes constituidos conllevando la responsabilidad de buscar activa y permanentemente la libertad.1
En este capítulo transitaremos por los discursos que constituyeron el proyecto del poder soberano fundado en la obediencia de los súbditos; iremos a sus raíces míticas en la cultura judeocristiana, intentando desentrañar algunos de sus vínculos con las violencias que establecieron el derecho y legitimaron la servidumbre, así como aquellas que impulsaron los imaginarios de la necesidad e inevitabilidad de violencias purificadoras. El chivo expiatorio aparecerá allí como el emblema del exilio con el que se castiga el pecado de la desobediencia y analizaremos su relación con la reflexión de Arednt sobre la banalidad del mal.
La segunda parte del capítulo tiene como permanente referencia el texto de Étienne de La Boétie  (2008) "Discurso sobre la servidumbre voluntaria", se hace un seguimiento a sus incisivos planteamientos acerca de un poder soberano construido sobre la incorporación de las potencias de los siervos. Este poder es capaz de reproducirse y ampliarse mediante procesos de subjetivación que permiten que el Uno (soberano) encarne en las mentes y los cuerpos dóciles de los dominados.
La tercera parte aborda el planteamiento del deber de la desobediencia civil como trayecto de fuga de la servidumbre voluntaria, asumido por Henry David Thoreau, sus aportes a la tradición anarco-individualista  y la resistencia como potencia ciudadana.
Por último revisaremos las contribuciones de León Tolstoi, su propuesta de no responder al mal con violencia, como resistencia no violenta, y la fuerza política del amor como motor de transformación.
Objetivo de aprendizaje
Abordar los conceptos y las formas prácticas de la desobediencia, la objeción de conciencia y la noviolencia activa, así como la crítica de la servidumbre voluntaria a partir del testimonio de La Boétie, Thoreau, Tolstoi y Gandhi
Ideas fuerza
La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, si seguimos el mito hebreo, se da por la desobediencia de la orden perentoria de no comer los frutos del árbol del bien y del mal. La consecuencia de haber transgredido el mandato deja claro que la obediencia es el principio de la satisfacción del soberano y que no hay pecado más grave que el de la insubordinación.
En la cultura judeo-cristiana, la obediencia opera desde el miedo, desde  los imperativos morales y de defensa de lo sacro, así para ejecutarse deba aniquilar, temporalmente, la vida. El Antiguo Testamento está lleno de ejemplos en los que Dios hace y deshace con la suerte de los humanos, en algunas ocasiones sometiéndolos a pruebas de subyugación a su todopoderosa voluntad, y en otras, castigándolos por no asumir los imperativos morales que se les dictaron, sin importar si el castigo recae sobre inocentes, dando origen al mito del chivo expiatorio. 
El chivo expiatorio es una manera de recomponer el ordenamiento social, mediante víctimas propiciatorias; de canalizar la violencia colectiva a través de la exclusión y la persecución. Se supone que este desfogue de odio colectivo contribuye a la restauración del orden.
El poder soberano del totalitarismo propone una obediencia total, solo homologable al imaginario de la obediencia a Dios; ante esta demanda terminante, solo se espera que sea asumida con resignación o con entusiasmo pero sin discusión. Sus decisiones son tan inapelables como la peste, los huracanes o los terremotos; lo que es inimaginable, ante fuerza tan abrumadora, es la desobediencia. Entonces, el sujeto sumiso delega su propia responsabilidad sobre el mal provocado como consecuencia de su obediencia, configurándose la “banalidad del mal”.
Cuando Étienne de La Boétie acuña el concepto de “servidumbre voluntaria”, a mediados del siglo XVI, está develando la existencia de un aspecto subjetivo determinante en la configuración del poder, sin el que este no puede existir. Sin la voluntad, sin el consentimiento de los individuos, el poder estaría vacío.
La potencia del soberano es derivada, de alguna manera es prestada, y su capacidad de apropiación del cuerpo del sometido depende de la complicidad y la colaboración que le preste el súbdito. Ahí radican su fortaleza y su debilidad; porque si logra mantenerse en la mente del dominado, si consigue limitar su autonomía, evitar su propio razonamiento, alimentar su cobardía y conseguir que nunca salga de su minoría de edad, tiene su reinado asegurado; pero depende de eso, estrictamente. Si los otros se disponen a desertar de su servidumbre, el poder que le habían transferido estará completamente amenazado y, así recurra a todo el aparato de leyes, a la policía secreta y al poder de muerte de sus ejércitos, su fin estará próximo.
Para Thoreau el sendero de los resistentes es, por supuesto, arduo, implica valor  e integridad, renuncias y mucho de sabiduría, comprendiendo que el gobierno no es un sistema independiente, que su poder solo radica en la gente, que depende de ella, de su buena voluntad y que “la obediencia no es ya una virtud”. Lo que demuestra es que el poder inmanente del desobediente es el poder de la multiplicidad, de las singularidades humanas que asumen su propia responsabilidad moral, ética y política de rebelarse. En ese sentido, su desobediencia es la continuidad del contra- Uno de La Boétie. Y todo esto es fundamento de la noviolencia.
Tolstoi convoca a un cristianismo contracultural, sedicioso, pero extirpado de la violencia castigadora y soberbia del Dios judaico del Antiguo Testamento. Escarba en la profundidad del amor de Jesús, para transformarlo en palabra y ejemplo de resistencia a un poder con el que no se puede ser complaciente. Para ello hace una interpretación no dogmática de la lectura del Evangelio de San Mateo sobre la no resistencia al mal, esto es, la convocatoria a no responder al mal con la violencia.

1 Castoriadis (2004) lo resume así, en sus implicaciones actuales: "¿Será el hombre moderno capaz de luchar contra su tendencia a ser pasivo, a permanecer en silencio? Tucídides decía que: Es la libertad o la tranquilidad. Tienes que elegir. Serás libre o estarás tranquilo. No puedes tener ambas cosas (…)" (p. 311).

Bibliografía Módulo 1. Problemas epistémicos Francisco Javier Cervigon Ruckauer

  • Aute, L. E. (1998). “Me va la vida en ello”. En: Autorretratos (álbum).Vol. 3 (2009), Canadá: Sony, BMG.
     
  • Badiou. (1999). El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Ediciones Manantial.
     
  • Bohm, D. (1992). La totalidad y el orden implicado. Barcelona: Kairós.
     
  • Braidotti, R. (2000). Sujetos nómades. Buenos Aires: Paidos Ibérica.
     
  • Braidotti, R. (2009). Transposiciones. Sobre la ética nómada. Barcelona: Gedisa.
     
  • Briggs, J. y Peat, D. (1983). La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia. Madrid: Alianza. Madrid. También: Briggs, J. y Peat, D. (1999). Las siete leyes del caos (1ª ed.). Barcelona: Grijalbo.
     
  • Campos, R. (Ed.). (2008). Mahatma Gandhi. Política de la Noviolencia. Antología. Madrid: Libros de la Catarata.
     
  • Calónico, C. (2001). Marcos: historia y palabra. Entrevista. México: Universidad Autónoma Latinoamericana.
     
  • Cohn-Bendit, D. (1998). La revolución y nosotros, que la quisimos tanto. Barcelona: Anagrama.
     
  • De Sousa Santos, B. (2009). Una epistemología del sur. La reinvención del conocimiento y la emancipación social. México: Siglo XXI. CLACSO.
     
  • Dosse, F. (2009). Guilles Deleuze y Félix Guattari. Biografía cruzada. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
     
  • Eisler, R. (1990). El cáliz y la espada. México: Cuatro Vientos.
     
  • Haraway, D. (1995). Capítulo VII: Conocimientos situados. La cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial. En: Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra.
     
  • Gandhi, M. (1975). Una autobiografía. La historia de mis experiencias con la verdad. Bogotá: Círculo de Lectores.
     
  • Gandhi, M. (1948a). El Programa Constructivo de la India. Su significado y uso. En:
     
  • Ameglio, P (2002). Gandhi y la desobediencia civil. (Publicado como “Anexo 2”), pp. 305-331. México: México Hoy. Plaza y Valdés.
     
  • López, M. (2009). Política sin violencia. La Noviolencia como humanización de la política. Bogotá: Corporación Universitaria Minuto de Dios.
     
  • Maturana, H. y Varela, F. (2003). De máquinas y seres vivos. Autopoiesis, la organización de lo vivo. Buenos Aires: Coedición de Editorial Universitaria y Editorial Lumen.
     
  • Morin, E. (2006). El método V. La humanidad de la humanidad. Madrid: Cátedra.
     
  • Nietzsche, F. (2001). La filosofía en la época trágica de los griegos. Madrid: Valdemar.
     
  • Novo, M. (2007). Mujer y medio ambiente. Madrid: Catarata.
     
  • Pacifistas sin fronteras. (Productor). (2009). Entrevista de Feliciano Valencia. Integrante del Consejo Regional Indígena del Cauca – Cric. Parte 1. Cumbre Mundial de la Paz – Bogotá, 2009, De https://www.youtube.com/watch?v=eOH94PuNdfk

     
  • Peat, D. (1995). Sincronicidad: puente entre mente y materia. Barcelona: Kairos.
     
  • Pontara, G. (2011). La antibarbarie. La concepción éticopolítica de Gandhi en el siglo XXI, [Manuscrito en preparación].
     
  • Prigogine, I. (1997). El fin de las certidumbres. Grupo Santillana. Madrid: Taurus.
     
  • Prigogine, I. (1998). El nacimiento del tiempo. Barcelona: Tusquets Editores.
     
  • Quijano, A. (2003). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En Lander, E. (Comp.) (Febrero de 1993). La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires. CLACSO.
     
  • Schmitt, C. (2009). Teología política. Madrid: Editorial Trotta.
     
  • Scott, J. (2003). Los dominados y el arte de la resistencia. Tafalla, España: Txalaparta.
     
  • Serres, M. (1995).Atlas. Madrid: Ediciones Cátedra.
     
  • The Doors. (1967). “When the Music's Over”. En Strange Days (álbum).
     
  • Useche, O. (2001). Repensar el desarrollo, repensar nuestra relación. Recuperado de http://revistas.lasalle.edu.co/index.php/ls/article/viewFile/992/899

     
  • Zibechi, R. y Hardt, M. (2013). Preservar y compartir. Bienes comunes y movimientos sociales. Buenos Aires: Mardulce.

Tema 1: Perspectiva genealógica de la resistencia. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La perspectiva genealógica es uno de los caminos para hacer aparecer los efectos de poder de la verdad institucionalizada, centralizadora y jerarquizante del discurso de la ciencia cartesiana, al tiempo que se repara en la potencia política de la insumisión y la resistencia de los saberes "menores" o "minoritarios" que escapan del discurso formalizado y hegemónico.
Genealogía y verdad
La genealogía es de alguna manera una teoría de las fuerzas y de sus relaciones. La puesta en acto de una fuerza parte de la afirmación de su propia existencia, uno de cuyos atributos es su capacidad para encarnar la multiplicidad. 
La facultad para volver acción y acto (actualizar) el proceso de transformación liberadora, se encuentra en el discurso de Gandhi (1975), asociado al poder que él le otorga a la búsqueda de la verdad1. La verdad, para Gandhi, no está condicionada; pero la manera de aproximarse a ella es relativa, pues cada uno cuenta con un lente en el que influye la cultura en que ha sido formado. Por eso, Gandhi consideraba que nadie podía estar seguro de conocer la verdad; es lo que Giuliano Pontara, uno de los estudiosos que con mayor rigor ha abordado el pensamiento de Gandhi, denomina una posición epistemológica "falibilista", según la cual y de acuerdo con Pontara, 2011 (manuscrito en preparación): el ser humano puede tener, en cierto momento, buenas razones para considerar verdadero uno u otro juicio o un conjunto de los mismos, pero estas razones nunca son conclusivas; de aquí la capacidad de Gandhi para modificar o abandonar una tesis, una convicción, donde esta se demostrara en conflicto con los hechos o viciada por contradicciones o basada en argumentos considerados no válidos.
Entonces, no se parte de negar las verdades de otros, sino de comprender las posibilidades que se tienen de ser falible. Es un ejercicio de valor y de humildad, "una aventura cordial" con "sentido de falibilidad", como dice Mario López:
Saber que nuestras verdades lo son dentro de una lógica, un sistema de pensamiento, un contexto, unos criterios; y, que, por tanto, tales verdades pueden cambiar, esto es, que podría estar equivocado o que mi conocimiento es parcial y limitado, que necesito conocer más y mejor, teniendo el derecho a rectificar, a cambiar (López, 2009, p. 48).
Desde esta perspectiva dejan de naturalizarse las instituciones, los conceptos, los valores, las regulaciones y se hace un esfuerzo por descifrar el espacio y el tiempo en el que emergen, marcados por las condiciones de existencia, por el clima cultural y por las relaciones axiológicas dominantes. Ello implica una actitud crítica frente a las interpretaciones, a los significados y valores que se erigen, inmutables y autónomos, frente al fluir de la vida. De ahí han de surgir nuevos valores, así como una nueva forma de concebir y hacer la política, que sean los valores y la política de la vida, fundados en la diversidad y alejados de certidumbres y lógicas unívocas.
Las prácticas micropolíticas de las resistencias y su impacto en la macropolítica de representación
La organización de las sociedades humanas proviene de la dinámica de los pequeños encuentros, de la constitución de vínculos, del entretejer de redes, del devenir de órdenes moleculares muy intensos que se manifiestan en la vida cotidiana más próxima. A esta forma de organización del discurrir humano, pleno de acontecimientos de sentido plural, y al método analítico-político con el que se aborda se les denomina en este texto "micropolítica".
La dimensión micropolítica está constituida por la expresión, a menudo silenciosa o que apenas se percibe como un rumor, de miles de voces sometidas que comienzan a rebelarse, que manifiestan de muchas maneras su disposición a recuperar su dignidad, a volver a ser ellos mismos y no los sujetos moldeados desde el poder.
Las resistencias son básicamente expresiones micropolíticas. Se fugan de los poderes de centro en donde reside la macropolítica, se desmarcan de los territorios de los poderes soberanos encarnados en los Estados o en las formas-Estado tales como los partidos políticos, la institución sindical o los ejércitos de cualquier condición.
Muchas veces las acciones micropolíticas de resistencia están muy lejos del heroísmo convencional; a veces son apenas gestos -por lo que generalmente tienen una poderosa connotación estética- que, sin embargo, entrañan desplazamientos telúricos de gran envergadura social. Por ejemplo, las enormes y combativas movilizaciones de la sociedad turca contra el despótico gobierno de Erdogan, en junio de 2013, fueron fieramente reprimidas por este.
La expansión de la indignación turca, que se encadenaba con las "primaveras árabes" del norte de África de 2011 y con el movimiento de los Indignados de España y del sur de Europa en el mismo año, parecía ser contenida por la violencia estatal. Las plazas habían sido desalojadas por la fuerza. Entonces apareció Erdem Gündüz, un ciudadano común y corriente, que decidió plantarse erguido en la Plaza Taksim de Estambul, solo, inmóvil y en silencio, aferrado a una bolsa de papel en que llevaba efectos personales, con los ojos fijos en el Centro Cultural Ataturk, que el gobierno planeaba demoler. Como relata el periódico madrileño "El País": "La policía evidentemente no supo qué hacer con este singular manifestante, que no decía nada y solo llevaba consigo una bolsa. En poco tiempo, se convirtió en tema recurrente en Twitter y cientos de personas se unieron a él" (junio 18 de 2013). Un signo de resistencia micropolítica dio nuevo aire a la protesta de la sociedad turca en movimiento.
En Brasil, un pequeño grupo de estudiantes en Sao Paulo, en junio de 2013, pidió el acceso libre al muy caro sistema de transporte masivo, contrastando la indolencia del gobierno socialista ante las urgencias cotidianas de la población con su grotesca multimillonaria inversión de recursos públicos en los preparativos para la Copa Mundial de Fútbol. La protesta, liderada por el Movimiento Pase Libre de estos jóvenes se propagó rápidamente por todo el país y congregó a millones de personas obligando al Gobierno a negociar nuevas condiciones para el transporte masivo.
Ya, antes, durante el corrupto gobierno de Collor de Mello, la población había respondido al arrogante llamado del presidente para que las gentes salieran a respaldarlo exhibiendo camisas con los colores nacionales, con la multiplicación en las calles de la gente vestida de negro (1992). Fue una rápida irrupción creativa, de naturaleza micropolítica. A los pocos días, Collor cayó.
La ahimsa (noviolencia) gandhiana puede leerse, en su surgimiento, como un proceso estrictamente micropolítico. Todo el trabajo adelantado por Gandhi con la comunidad india en Suráfrica puede interpretarse como la búsqueda del surgimiento de nuevos valores y formas de vida, desde los más básicos, como mantener limpias las casas y el entorno, hasta plantearse una reforma sanitaria y una ayuda a los hambrientos (Gandhi, 1975, pp. 216-218); desde la manera como se rodeaba y construía amistades, destacando aquellos cuyas prácticas contenían valores educativos sobre el bien público (Gandi, 1975, p. 230), hasta el abordaje de los problemas relacionados con la familia (Gandi, 1975, p. 259), con la dieta (Gandi, 1975, pp. 69 y 260) o con la crueldad contra los animales (Gandi, 1975, p. 234). Todo adquiría sentido al concebirse como una totalidad implicada que emergía como nuevas formas del hacer público y de la búsqueda de la verdad.
La micropolítica del resistir es como la vida, que existe antes de los ejercicios del poder que se establecen para intentar controlarla, y asume que todos poseemos un poder interior, una fuerza primaria y activa que son la vida misma desplegándose. Esa fuerza originaria no está determinada por la búsqueda del acceso y control de los centros de poder, ni se propone convertirse en organización burocrática de la potencia humana, ni dominar la sociedad desde un lugar jerárquico. 
Como se ha dicho, las resistencias transitan, de manera privilegiada, por las espirales de la acción micropolítica. No obstante, hay que tener en cuenta que los poderes de centro también han echado mano de dispositivos micropolíticos para su asentamiento y reproducción. Podría decirse que funciona lo que el psicoanalista marxista alemán Wilhelm Reich llamó una micropolítica del fascismo.
Sin la micropolítica de estirpe fascista (microfascismos) no podrían sobrevivir regímenes opresivos y dictatoriales que requieren de una franja social de complicidad, de condescendencia que los legitime. Son esas masas que se hacen las de la vista gorda ante los crímenes, que crean el espacio de impunidad o de indiferencia ante el oprobio. Esas subjetividades discurren por las redes de proximidad, habitan en los núcleos familiares que hacen eco al despotismo o implantan, a veces brutalmente, la autoridad patriarcal; se difunden en muchos discursos eclesiales que reclaman obediencia, se replican en los pequeños poderes opresivos que circulan en la escuela o en el lugar de trabajo, se incuban en las prácticas de discriminación social, se urden en los mecanismos de vigilancia y delación, en las lealtades ciegas al Estado o en la complacencia con los regímenes policiales. Sin esa micropolítica no hubiera podido existir el nazismo, no hubiera podido sobrevivir por décadas el franquismo ni los regímenes autoritarios latinoamericanos hubieran podido contar con algún respaldo social.
Por su parte, la macropolítica obedece a la concepción dominante en la política moderna que comporta un doble movimiento: en primer lugar, el de centralización alrededor de un poder que homogeniza, indiferencia, clasifica y ordena. En su forma extrema, la acción macropolítica de los poderes bélicos, que se hace sustancia en el ejercicio estatal, tiende a estructurar campos homogéneos que operan a la manera de grandes máquinas de dominación, que intentan regular, hasta el detalle, los desplazamientos de la vida, su variación permanente -como un biopoder (poder sobre la vida)- y que ejercen, sin contemplaciones, la soberanía de la muerte.
En segundo lugar, la macropolítica es el ejercicio contemporáneo de un poder representativo en el que se basó el discurso de la política moderna, mediado por el derecho y por la constitución de instituciones de delegación de la potencia humana, del tipo parlamentario, alrededor de las que se dio forma al sujeto moderno de la soberanía. 
Un estudio superficial de la historia inglesa nos ha hecho pensar que todo el poder llega al pueblo por los parlamentos. La verdad radica en que el poder está en la gente y es confiado momentáneamente a quienes ella pueda elegir como representantes propios" (Gandhi, 1948a, p. 306).
Es el mismo sentimiento que se expresó, más de 70 años después, en las acampadas del movimiento de los "Indignados", que se hizo visible el domingo 15 de mayo de 2011 en España ("15-M"), y que se extendió, desde la Puerta del Sol, en Madrid, por todo el país, impulsado por el lema "No nos representan". Así se sintetizaba el repudio de millones a la democracia bipartidista (Partido Popular- PSOE) que se ha alternado en el poder desde el tránsito de la dictadura de Franco al parlamentarismo y que el movimiento de indignación considera es la responsable de la profunda crisis que sacude a España. En pleno período preelectoral, la imaginación de la gente se expresaba en carteles colgados en la plaza con consignas como "Nuestros sueños no caben en vuestras urnas".
Para el caso de las acciones de resistencia social habría que decir entonces que no es que sobrevenga la independencia, es que practicamos y vivimos la independencia aún antes de que se formalice política y jurídicamente. No es que proveemos el mejor estar para los niños, es que "niñeamos" o devenimos niños(as). No es que acudimos a la convocatoria de los "indignados", es que experimentamos, conversamos y compartimos la indignación. Los indígenas del pueblo Nasa de Colombia no es que van a la minga, es que  "minguean", es decir, la comunidad deviene minga. Igualmente, no apoyamos la resistencia, resistimos; y el día que todos estos modos de vivir la resistencia dejen de ser trayectos vivenciales impregnados por la dinámica del compartir y se institucionalicen y se estructuren verticalmente, cambia su sentido y comienzan a desaparecer o a dejar de ser expresiones resistentes.
Hay que anotar también que la micropolítica y la macropolítica no son dos polos binarios de una relación excluyente. Estas dos dimensiones coexisten, conviven y se retroalimentan. Así, la acción resistente que se despliega en el campo micropolítico no puede dejar de tener en cuenta los movimientos que operan en el plano de la representación. Con mucha frecuencia, una acción micropolítica tiene repercusiones en las configuraciones del Estado o en las instituciones representativas. Muchas explosiones micropolíticas terminan repicando en reformas estatales o en la reconfiguración de los partidos. Los movimientos de resistencia asentados en lo micropolítico, nutriéndose de la fuerza vital de su autonomía y de su capacidad para rehacer las relaciones sociales de su entorno, pueden interpelar de nuevas maneras los espacios macropolíticos.
La necesidad de superar el paradigma dicotómico del pensar
Analizaremos aquí la dialéctica de la guerra como expresión máxima del paradigma dicotómico que cierra cualquier posibilidad a la diversidad e impregna el tratamiento de los conflictos.
  • La dialéctica de la guerra como macropolítica de las dicotomías

El poder de dominación se implanta mediante la exclusión de otros que se erigen como enemigos o se codifican como una rivalidad irreductible, en la medida en que no pueden ser contenidos en la identidad étnica, cultural, ideológica o religiosa que ha asumido el control. La sociedad se fragmenta entre los que comparten las mismas características y los que no forman parte de ellas.
Si se quieren ver en funcionamiento las redes complejas del poder, puede aparecer más claro en lo referido al poder de sujeción, es decir, de sumisión de las subjetividades y la permanente interrelación con los mecanismos de dominación y explotación. El propósito de las resistencias al poder de sujeción no es afrontar la muerte, sino afirmar la vida; más bien plantean nuevas preguntas  a las ideas sobre la política y lo público que habían sido canonizados por la modernidad y realizan una apertura hacia formas de lucha que no están regidas por la dialéctica de la confrontación binaria ni por el postulado de la representación, sino por movimientos que suscitan nuevas subjetividades.
Schmitt (1999) plantea claramente, en cambio, que la política es la guerra; es decir, que la capacidad de decisión política de un soberano radica justamente en su posibilidad de constituir los bandos y definir quién es el enemigo; la guerra se convierte en una relación social permanente, que permea el conjunto de la vida social y se traduce, una y otra vez, en la manera como las relaciones de poder se inscriben en las regulaciones cotidianas, en el edificio jurídico, en las instituciones, en los lenguajes y en las transacciones económicas.
Para esta concepción binaria de la política, la paz no pasa de ser un sinsentido que anuncia el fin de la política misma. El pacifismo sería el camino para la despolitización de la sociedad y solo readquiriría significado si asume el código dicotómico declarando "la guerra a la guerra"2.
Según la interpretación de Schmitt, las decisiones políticas están definidas por la fuerza, por la capacidad para imponer una visión unitaria, excluyente de la diversidad, que representa la predominancia de un sector de la sociedad sobre otro. Por eso desarrolla la proposición de Hobbes en el sentido de que el único pacto posible es el de la delegación del poder de los ciudadanos a un único soberano cuyo poder, constituido en la voluntad unitaria del pueblo, es de carácter absoluto y debe estar libre de cualquier obstáculo.
De estos planteamientos se desprenden dos consecuencias: la primera es la condición representativa del poder, de la soberanía y, por tanto, de la democracia que se propugna. En segundo lugar, la dialéctica amigo-enemigo se traslada entonces al par binario "protección (frente al enemigo)-obediencia (ante el soberano que garantiza la seguridad de los amigos y la del propio ciudadano)".
  • La lógica de la guerra como dialéctica de las oposiciones y cierre de la diversidad

La lógica amigo-enemigo que está en el centro del proyecto macropolítico de la guerra, llevado a su cúspide por Schmitt, ha contribuido a polarizar la sociedad y a impregnar los comportamientos humanos, dando cabida al imaginario social de que es inevitable que solo los grandes poderes tengan en sus manos, a través de sus juegos bélicos, la consecución de un mundo en equilibrio precario o la alternativa de ser arrojados a la destrucción total.
Se hizo predominante en el pensamiento moderno una epistemología que subvaloraba la diferencia, que intentaba hacer reductible todo movimiento a las líneas continuas de la relación de causalidad (que de una causa se derive necesariamente un efecto). Dicho razonamiento oscureció la comprensión de las relaciones dinámicas, discontinuas, habitadas por singularidades que pueden mutar sus propiedades ya no como una relación de piezas de una máquina, sino como movimientos propios de los órganos de seres vivos.
  • La lógica de la guerra impregna los conflictos

La lógica de la guerra se ha trasladado al amplio escenario de los conflictos humanos. Finalmente, se ha afianzado una teoría de conflictos que proyecta a la vida política y a las relaciones interpersonales el influjo bélico de los grandes centros de poder. De esta manera, los antagonismos cotidianos se naturalizaron como problemas por resolver en escenarios confrontacionales.
Hay mucho de este razonamiento en las teorías contemporáneas de conflictos que adoptan tal lógica de guerra, simplifican el concepto y lo remiten a proposiciones abstractas que únicamente toman forma en el perfilamiento de polos contrarios. El problema de este enfoque es que los conflictos van a ser leídos a través de un fundamento dicotómico que, en últimas, remite a una esencia universal del conflicto que se puede modelar (del tipo: "modelo de resolución de conflictos") y en la que desaparece la diferencia. En ausencia de la diferencia, se esfuma la capacidad de transformación que encarna lo nuevo y, en su lugar, se erigen los árboles de problemas explicativos que buscan la solución de las contradicciones por medio de las "síntesis totalizadoras" de la dialéctica guerrera.
La multiplicidad, la proliferación de las diferencias y las singularidades se codifican como una carga negativa, por lo que entonces se hace obligatorio encapsularlas y homogeneizarlas en polaridades provenientes de las necesidades y de los intereses de actores genéricos, en tanto las singularidades deben hacerse confluir hacia centralidades identificables, hacia bloques más o menos sólidos en los que se agrupan como parte de juegos de poder previsibles, siempre bajo la codificación binaria: amigo-enemigo. Esta mirada tiene entonces claros sesgos políticos y se agota  cuando se trata de abordar problemas más complejos de lo social, es decir, cuando hay que comprender procesos que no admiten ser reducidos al dualismo estructural.
La primacía de la diferencia y de la multiplicidad fundamenta otra lógica del conflicto
Una de las grandes anomalías del pensamiento dialéctico propio de la guerra es el que proceda por oposición o contradicción, captando solo la imagen invertida de las fuerzas y de las relaciones. Es, en cambio, la diferencia la que posee la potencia formadora, impulsora y productora de encuentros profundos
La desvalorización de la diferencia contribuye a opacar los significados más profundos del vínculo social; solo en medio de la multiplicidad es posible percibir el vital contenido ontológico de la fraternidad y la convivencia humanas, así como todos aquellos valores sobre los cuales está constituida la potencia de ser de las sociedades, que se reeditan a diario, no a pesar, sino impulsados por el motor de la eclosión de los modos de ser singulares que buscan conectividades que hagan posible afirmar la vida. Como lo proponen los zapatistas, que somos "nos-otros" quienes tenemos la ineludible obligación de construir un mundo en donde quepan todos los mundos (Calónico, 2001).
Este mundo de lo diverso produce formas de unidad que respetan y se proponen preservar la dinámica de lo singular; y aquí lo singular no se reduce a lo individual, tal como ha sido comprendido por la psicología convencional que habla de un "yo", que no encuentra otra manera de ser enunciado sino como un "yo" indivisible.  Para esta filosofía de la diferencia, en cambio, se trata de un "yo" liminal, dislocado, disipado, disuelto. Es decir, se reconoce que el sujeto no está hecho de una sola pieza, que también alberga la multiplicidad, que está en permanente tránsito y reconfiguración hacia un sujeto "en vías de diferenciación".
Así, emerge, no ya el sujeto, sino el mundo de las subjetividades. Que es el mundo de las asimetrías, de las energías diferenciales y las polifonías sociales.
 
1 La importancia de este concepto para Gandhi se expresa incluso en la manera como titula su relato autobiográfico: "Una Autobiografía. La historia de mis experiencias con la Verdad" (Gandhi, 1975).
2 "Un mundo en el que se hubiera eliminado por completo la posibilidad de una lucha de esa naturaleza, un planeta definitivamente pacificado, sería pues un mundo ajeno a la distinción de amigo y enemigo, y en consecuencia carente de política". (Schmitt, 1999, p.  65).


Presentación del módulo. Módulo 1. Problemas epistémicos. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La primera parte de este trabajo se enfoca en el desciframiento de las claves que han constituido los saberes y discursos sobre la cuestión de las resistencias sociales noviolentas.
 
Se introduce aquí una perspectiva genealógica cuyo propósito entraña ahondar en la noción de resistencia como fruto de procesos culturales y políticos de transformación profunda, caracterizados por su singularidad. Esto conduce a la búsqueda de los devenires de un pensamiento y unas modalidades de lucha locales de gran intensidad, invisibilizados e ilegitimados, puestos ahora en juego para afirmar la vida y para contener los efectos de poder del discurso y de las prácticas dominantes. 
 
Tratándose las resistencias de procesos culturales e históricos, se necesita abordar las preguntas sobre hasta dónde se mantiene su vigencia, sobre los lugares propios en los que habitan tales resistencias, sobre los sentidos que se van forjando en los modos de acción que eligen. Fueron también objeto de esta indagación la naturaleza específica de los procesos resistentes y los modos en que estos se diferencian de otro tipo de procesos de cambio, también averiguar por los poderes que esas resistencias dinamizan y con aquellos poderes con los que antagonizan.
 
Tomando en cuenta tal lógica, esta investigación puso en juego una teoría del acontecimiento en la cual no son determinantes los llamados “grandes acontecimientos” (los que han mantenido visibilidad por la vía de las nociones hegemónicas de la historia), sino los que nos convocan a reparar la aparición de estos signos en acontecimientos muchas veces imperceptibles, pero que están tocados por la magia de la creatividad.
 
Las grandes revoluciones han sido valoradas por la historia convencional, ante todo, por el impacto macropolítico que han generado; es decir, por sus transformaciones en la estructura de las instituciones o en las formas de gobierno. No obstante, fue el tremor micropolítico, la condensación de las pasiones y el libre discurrir de los deseos de liberación que se gestaron en la inconformidad cotidiana, en la repulsa a los modos de vida indignos a los que eran sometidas las multitudes, así como los intentos de pequeños cambios para forjar alternativas autónomas a la cotidianidad opresiva, lo que hizo posible la emergencia de nuevos órdenes.
 
Objetivo de aprendizaje
 
Demostrar cómo las resistencias sociales noviolentas, que son fruto de procesos culturales y políticos de transformación profunda, caracterizados por su singularidad, son las que han hecho posible la emergencia de nuevos órdenes.
 
Ideas fuerza
 
  • La micropolítica proviene de la dinámica de los pequeños encuentros, de la constitución de vínculos, del entretejer de redes, del devenir de órdenes moleculares muy intensos que se manifiestan en la vida cotidiana más próxima y se desmarcan de los territorios de los poderes soberanos encarnados en los Estados, en los partidos políticos, en la institución sindical o en los ejércitos de cualquier condición.
     
  • La micropolítica asume que todos poseemos un poder interior, una fuerza primaria y activa que son la vida misma desplegándose.
     
  • La macropolítica obedece a la concepción dominante en la política moderna que comporta un doble movimiento: en primer lugar, el de centralización alrededor de un poder que homogeniza, indiferencia, clasifica y ordena. En segundo lugar, la macropolítica es el ejercicio contemporáneo de un poder representativo en el que se basó el discurso de la política moderna, mediado por el derecho y por la constitución de instituciones de delegación de la potencia humana.
     
  • La micropolítica y la macropolítica no son dos polos binarios de una relación excluyente. Estas dos dimensiones coexisten, conviven y se retroalimentan.
     
  • La dialéctica de la guerra es la pretensión de explicar las intrincadas redes de la vida solo a través del código de una lucha perenne de unos contra otros, la simplificación de un mundo pleno de diversidad en un permanente cuadro constituido por dos opuestos que se repelen y de cuya lucha incesante habrá de surgir lo nuevo.
     
  • El acontecimiento es algo que excede límites, que desborda lo establecido, lo convencional, y que proyecta un esplendor cuya capacidad de afectación no tiene antecedentes. Tiene siempre una potencia propia de producción, de creación, que innova las prácticas cotidianas.
     
  • El acontecimiento de la resistencia y sus agenciamientos inauguran espacios para la diversidad, poniéndose más allá de cualquier dualismo y creando objetos y relaciones paradójicas, de esas que son inadmisibles por la lógica newtoniana o por las leyes causales de la resistencia de Descartes.
     
  • Las teorías del caos y la complejidad ayudan a ahondar en el desciframiento de los muy diferentes y prolíficos órdenes del universo que se autoorganizan a partir del caos, y que apenas sí conocemos en algunos de sus despliegues.
     
  • El feminismo recoge las enseñanzas que se derivan de los brotes de resistencia de las mujeres al poder patriarcal; es un campo de lucha por la humanización de nuestra humanidad, haciendo emerger nuevos sentidos de la solidaridad hombre-mujer.
     
  • Las “espistemologías emergentes” o “epistemologías del Sur” buscan revalorizar los conocimientos y saberes comunes, así como la urgencia de construir los espacios potenciales de intercambio de la diversidad de conocimientos puesto al servicio de nuevas formas del ser social, es decir, una verdadera ecología de saberes de resistencia que pueden dar cuenta de la extraordinaria riqueza y complejidad de los mundos de la vida.