Siguiendo el rastro de la tradición anarco-individualista de Henry David Thoreau. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La desobediencia civil cobra entidad pública y reconocimiento mundial a partir de la acción política y de la obra de Henry David Thoreau en Estados Unidos. Su ensayo "Del deber de la desobediencia civil" fue publicado en 1849, bajo el título original de "Resistance to civil Government"1 (Resistencia al gobierno civil). Este es un corto opúsculo que, por su fuerza y claridad, se emparenta con el "Tratado de la servidumbre voluntaria", recreando el dilema de la objeción moral a la obediencia exigida por gobiernos corruptos.

Thoreau se consideraba parte de la corriente de los "trascendentalistas", que  bebían del moralismo cristiano y creían en la primacía de la fuerza interior de los hombres; como Rousseau, consideraban que el hombre nacía bueno y que había que apostarle al camino de la persuasión y la educación; rechazaban la idea mecanicista del universo, que proponía el racionalismo cartesiano y adoptaban el concepto de la naturaleza como misterio vivo, tal como lo planteó la corriente romántica en Inglaterra y Alemania. Compartían, además, la idea optimista de que la humanidad participaba, con Dios y la naturaleza, de un alma universal.
Los  miembros de este club también tomaron partido por la igualdad, por el reconocimiento de los derechos civiles y por la abolición de la esclavitud en un momento crucial en que Estados Unidos estaba abiertamente dividido en torno de este problema hasta el punto de que quince estados habían prohibido la esclavitud, mientras que en otros quince esta práctica aberrante era protegida por la ley. Tampoco eran ajenos a ellos, y especialmente a Thoreau, las experiencias de anarquistas y cristianos que habían ensayado varias formas de rechazo al servicio militar o se habían negado a pagar impuestos municipales, lo que entrañaba una radical desconfianza del Estado. Al respecto, Emerson (2010) ya había señalado en una de sus citas célebres que:
Al tratar del Estado debemos recordar que sus instituciones no son aborígenes, aunque existieran antes de que nosotros naciéramos; que no son superiores al ciudadano; que cada una de ellas ha sido el acto de un solo hombre, pues cada ley y cada costumbre ha sido particular; que todas ellas son imitables y alterables, y que nosotros las podemos hacer igualmente buenas o mejores. (Colección de Ensayos)
Este es el clima que se está urdiendo cuando Thoreau se deslumbra con las ideas de Emerson y quiere poner en práctica sus convicciones. En adelante, su vida sería llevada con total plenitud e intensidad hasta que concluya, tempranamente, con su muerte causada por la tuberculosis, cuando apenas había cumplido 44 años de edad. En este periplo, la relación con Emerson y otros miembros del Club Trascendental no fue siempre de concordia y admiración mutua. Thoreau era un  hombre independiente y firme en sus convicciones y manifestaba sus desacuerdos sin ningún tipo de diplomacia.
Algunos investigadores, como Harding, creen que hacia el final de sus días Emerson participó de una corriente de aversión hacia Thoreau, en la que estuvieron presentes varios allegados. No obstante, su discurso en el sepelio de Thoreau fue un panegírico que concluyó con la sentida expresión "¡Era un alma bella!2 Otros, como el prestigioso escritor Hawthorne, se sentían cuestionados por el vertical estilo de vida del desobediente de Concorde, a quien se refiere en su diario en los siguientes términos:
Thoreau desprecia el mundo y todo cuanto ofrece y, como el caso de otros humoristas, es un pelmazo intolerable… No es persona agradable y en su presencia uno se siente como avergonzado de tener algo de dinero, o una casa en la que vivir, o tanto como dos abrigos que ponerse, o haber escrito un libro que sea leído por el público. Su propio modo de vivir constituye hasta tal punto una crítica constante de cualquier otro estilo de vida tal y como el mundo lo aprueba (Citado en Harding, 1967, p. 340).
Este desobediente fue un visionario que se adelantó en muchos aspectos a su tiempo. Prefiguró el ecologismo moderno, encontrando en su proximidad con la naturaleza y en la forma de vida de los indígenas otras disposiciones para la armonía y la preservación del medio ambiente; aportó elementos para refinar las luchas por los derechos de las minorías, tanto en su relación respetuosa con las comunidades indias originarias, como en su apoyo abierto a la lucha por la abolición de la esclavitud; señaló caminos para organizar la resistencia noviolenta y fue pionero del comunitarismo ácrata en América3.
La desobediencia como deber de civilidad
Al examinar la vida y obra de Thoreau nos encontramos con un revolucionario en plenitud; un anarco-pacifista que aunque despreció el arte de la política tal como se constituyó en la Norteamérica del siglo XIX- y en este sentido es considerado por algunos como "apolítico"- en realidad abrió la política cotidiana a otras posibilidades. Su tendencia anarquista se evidencia en la condena rotunda del Estado. Para él los gobiernos, en el mejor de los casos, son un mal recurso, y todos son, en alguna medida, un inconveniente. Lo dice, sin atenuantes en su breve tratado sobre la desobediencia:
El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto, y cuando los hombres estén preparados para él, éste será el tipo de gobierno que tendrán (…) En el mejor de los casos el gobierno no es más que una conveniencia, pero la mayoría de los gobiernos son inconvenientes por lo general, y todos lo han sido alguna vez. Las objeciones que se han alzado en contra de un ejército permanente- que son muchas y de peso y merecen prevalecer- pueden plantearse también contra un gobierno permanente (Thoreau, 2004, pp. 119-120).
Por eso su biógrafo, Henry Miller, al prologar una de sus ediciones, llegó a decir que era un tipo de persona que "de haber proliferado, hubiera provocado la no existencia de los gobiernos" (Thoreau, 1980,  p. 3).
Con "Del deber de la desobediencia civil", Thoreau escaló un peldaño en su creciente radicalidad frente al Estado y sus abusos. Con el transcurso del tiempo, y en la medida en que va corroborando la infamia de la guerra expansionista y el imposible moral de la esclavitud, su visión va profundizando la crítica sin concesiones al poder inaudito obtenido por quienes controlan el Estado y ofrecen la muerte y la esclavitud como el costo natural del "progreso".
En su denuncia de la institución esclavista, como veremos más adelante, será más inflexible su palabra consignada en textos como "La esclavitud en Massachusetts", que exhorta directamente a violar una ley monstruosa y en la "Apología del capitán John Brown" en donde ya convoca a una abierta rebelión contra el Estado.
El texto de la famosa conferencia de febrero de 1848 sobre la resistencia al gobierno civil, a propósito de los derechos y deberes de los individuos en su relación con el Estado, fue redactado a raíz de una breve detención por negarse a pagar impuestos que él consideraba fortalecerían los recursos para adelantar la guerra de agresión contra México.
El encendido discurso de Thoreau es provocado por la indignación ante la corrupción de un gobierno que no encarna el servicio a la sociedad, sino la pura arbitrariedad de un grupo de poder que da uso al Estado para alcanzar sus metas particulares: "(…) vean si no la presente guerra de México, obra de relativamente unos pocos individuos que usan el actual gobierno como instrumento a su servicio" (Thoreau, 2004, p. 120). Y de eso saca una consecuencia idéntica a la de La Boétie: esto no podría darse sin la servidumbre voluntaria de la población:
La existencia de gobiernos muestra así con cuanto éxito puede someterse a los hombres, que llegan hasta el punto de someterse a sí mismos para su propio beneficio (…) Todo lo realizado hasta el momento lo ha conseguido el carácter propio del pueblo americano, que hubiera hecho aún más si el gobierno no se hubiera interpuesto en su camino (…) ¿Debe el ciudadano siquiera por un momento, o en el menor grado, delegar su conciencia en el legislador? Entonces ¿para qué tiene cada hombre su conciencia? Creo que debiéramos ser hombres antes que súbditos (Thoreau, 2004, pp. 120, 121 y 122).
Para Thoreau, enfrentar este Leviatán intruso e improductivo socialmente requiere de una restauración y recomposición interior como la que predicaban los trascendentalistas. Y esa moralidad y esa justicia no está en la ley ("La ley nunca hizo a los hombres un ápice más justos")4. El sendero de los resistentes es, por supuesto, arduo, implica valor e integridad; renuncias y mucho de sabiduría, comprendiendo que el gobierno no es un sistema independiente, que su poder solo radica en la gente, que depende de ella, de su buena voluntad y que "la obediencia no es ya una virtud"5.
Así, si Thoreau reencarnara ahora, pediría cuentas por el resultado del itinerario elegido por  Estados Unidos y por qué gente como él pudo vivir plenamente en desobediencia y los demás apenas si pueden decir que respiran, que existen. Miller lo sintetiza así:
En estos últimos cien años el Estado se ha convertido en una especie de Frankestein. Nunca como hoy nos hizo menos falta el Estado, así como nunca nos ha tiranizado tanto. En todas partes el ciudadano ordinario tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el Estado existe para protegernos se ha desintegrado mil veces. Sin embargo mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo el Estado prosperará, él puede exigir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus miembros (Miller, en Thoreau, 2004, p. 113).
Esto es lo que el panfleto del "Deber de la desobediencia" patentiza al mencionar el inadmisible sometimiento de la sexta parte de la población norteamericana a la esclavitud, legalmente reconocida por el Estado, así como el infame episodio de la guerra de conquista contra México, país al que mantienen bajo la ley marcial. Ante esto, hay el "deber urgente" de que "los hombres honestos se rebelen y subleven". Esto es, la obligación de hacer justicia "cueste lo que cueste". Por tanto, "Este pueblo debe cesar de mantener esclavos y de hacer la guerra en México, aunque ello le cueste su existencia como pueblo" (Thoreau, 2004, pp. 125-126).
Thoreau no tiene dudas: obedecer es mantenerse en la peor condición servil en un asunto en que va de por medio la vida y la libertad. El autor percibe las profundas consecuencias de un acto de desobediencia ante la injusticia del Estado: "Cuando el súbdito ha rehusado ser leal, entonces la revolución se ha hecho realidad" (Thoreau, 2004, p. 138). Y lo hace en términos micropolíticos y pacifistas, con la lógica inversa que suelen usar los resistentes: "Una minoría es impotente mientras se conforma a la mayoría; ni siquiera es una minoría entonces; pero es irresistible cuando se interpone con todo su peso" (Thoreau, 2004, p. 137). No importa lo pequeña que pueda parecer una acción, lo importante es que convulsione el cuerpo social, que atasque la máquina estatal. Por eso su certeza:
Sé muy bien que si un millar, si un centenar, si una decena de hombres que pueda nombrar- si únicamente diez hombres honestos-, ¡ay! Si un hombre honesto, en este Estado de Massachusetts, dejando de tener esclavos, llegara a retractarse en este mismo momento de su complicidad y se le encerrase por ello en la cárcel del condado, eso sería la abolición de la esclavitud en América (Thoreau, 2004, p. 136).
Pero, también sabe que un acto de desobediencia no pasa impune para el Estado y que, por consiguiente, hay que prever y estar dispuestos a asumir las consecuencias. En todo caso, cualquier castigo es un costo menor al sinsentido de llegar a obedecer al Estado, de ser su cómplice en actos de brutal injusticia.
En adelante, la desobediencia civil se va a inscribir dentro de las coordenadas de las resistencias que producen nuevos comienzos y aperturas de otros mundos sociales. Thoreau descubre allí su verdadera fuerza, la de la gente común, que no es la fuerza física, sino la capacidad de atenerse a su propia ley moral, el empeño en vivir de acuerdo con su propia naturaleza. Todo movimiento de afirmación de la vida, toda conjugación de posibles maneras de asociarse, cooperar y resistir, dependen de esta fuerza inmanente. Lo que demuestra Thoreau es que el poder inmanente del desobediente es el poder de la multiplicidad, de las singularidades humanas que asumen su propia responsabilidad moral, ética y política de rebelarse. En ese sentido, su desobediencia es la continuidad del contra-Uno de La Boétie. Y todo esto es fundamento de la Noviolencia.
A Thoreau le corresponde lidiar con la democracia representativa estadounidense que se expande y comienza a mostrar su rostro más sombrío. En esas condiciones, es aún más meritoria la audacia y lucidez del "Deber de la desobediencia" en el que se declara que el pacto social no puede ser abstracto, sino que tiene que estar suscrito en cada caso por cada individuo, debe ser actualizado constantemente para que sea válido. Así lo coloca en un documento: "Sepan todos por la presente que yo, Henry Thoreau, no deseo que se me considere como miembro de ninguna sociedad a la cual no me haya unido" (Thoreau, 2004, pp. 141-142).
Su objeción y desobediencia fiscal se remite a lo que él no ha pactado previamente, como apoyar o financiar las guerras de expansión o respaldar con su obediencia la institución esclavista que admite su gobierno. Nada más, ni nada menos, porque esa reflexión le es suficiente para afirmar: "Deseo simplemente negarle mi lealtad al Estado, retirarme y vivir deliberadamente lejos de él (…) De hecho le declaro tranquilamente la guerra al Estado, a mi manera" (Thoreau, 2004, p. 149).
Esa es la clave: retirarse, fugarse del Estado; esa es su guerra: ignorarlo, hacerle el vacío, renunciar a la servidumbre. Entre el Estado y él "hay algo personal", como dice la canción de Serrat. Esa es su posición que la refrenda como un deber individual, pues al actuar de esa forma: "solo hace lo que uno debe y lo que corresponde al momento".
Por eso, lo más prudente para un hombre libre es tomar distancia del gobierno, "dedicarle la menor cantidad posible de pensamientos", ya que "no son muchos los momentos que vivo bajo un gobierno" (Thoreau, 2004, p. 152). Ese es el calado del pensamiento de Thoreau en este momento, lo que lo convierte en el referente de la desobediencia civil en el mundo, lo que hace que sea recogido por Tolstoi y Gandhi6, y también lo que hace que constituya otra faceta de la ciudadanía contemporánea, la del deber de civilidad, con toda su carga paradójica y su potencia micropolítica.
La resistencia como potencia interior de los desobedientes
Antes de continuar con la evaluación de la propuesta de desobediencia civil en otros aspectos de su influencia contemporánea, vamos a detenernos un momento en la dimensión espiritual de la experiencia desobediente, que es común a los principales exponentes mundiales de ella. Sea Tolstoi o Gandhi o King o Lanza del Vasto, hay una incesante búsqueda de conexión con la naturaleza y con los inconmensurables pliegues del alma, generalmente relacionados con un intenso vínculo religioso.
La formación de la fuerza interior de Thoreau pasa por su experiencia en Walden Pond. A sus 28 años, cuando Thoreau toma la decisión de internarse en los bosques a orillas del Lago Walden, en un terreno de su amigo Emerson, no muy distante de Concord, y construye su propia cabaña, iba en busca de la vida simple: se proponía "absorber toda la médula de la vida", despejarla de todo lo superfluo, eliminar todo lo que "no fuera vida" propiamente, aislarla hasta "reducirla a sus términos inferiores", o sea, hasta encontrar lo básico, lo nuclear. Quería experimentar lo que era la lucha por la sobrevivencia sin depender de la división del trabajo, reintegrar la vida productiva para que el hombre no fuera compuesto por fragmentos: una parte del sastre, otra del comerciante; había que intentar capacitarse para poder vivir sin esas prótesis7.
Para Thoreau, la vida puede transcurrir sin las bisuterías que ofrece el consumo; se puede vivir sin tal cantidad de cosas que nos saturan, que polucionan nuestro horizonte, pero que también nos atan a un sistema; no solo son inútiles sino que nos hacen menos libres.
¡Sencillez, sencillez, sencillez! Os digo que vuestros asuntos sean dos o tres y no cien o mil; en lugar de un millón, contad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar. (…)Estoy convencido de que si todos los hombres vivieran con tanta sencillez como yo lo hice, el hurto y el robo serían desconocidos. Estos sólo tienen lugar en comunidades en que unos tienen más de lo suficiente, mientras que otros no tienen bastante (Thoreau, 2005, p. 90).
Walden, ensayo de Henry Thoreau publicado en 1854, es una declaración llena de poesía y amor a la vida; destaca todo lo que hay de espiritual en cada uno de los actos en que la naturaleza se hace presente, y replantea el problema de las temporalidades, puesto que con su crítica a la aceleración de la sociedad industrial, hace aproximaciones a lo que serían otros ritmos para los seres humanos, conforme a los tiempos naturales. Es, por tanto, una crítica certera al modo de vida americano que convirtió en axioma el ahorro y el trabajo constante como ideal puritano laicizado. Es la crítica a la mentalidad cuya meta más elevada es el éxito a toda costa, que no puede dejar un solo minuto de tiempo que no sea útil porque el tiempo es oro.
Ahora bien, la vida simple de Thoreau en Walden Pond es toda una práctica de ascesis, tal como la concibieron los griegos clásicos, más cercana a la tradición de los estoicos, que de la práctica cristiana del ascetismo que promulgaba una cierta renuncia a sí mismo y a la realidad circundante. Entonces, a pesar de que su formación estuvo ligada a proyectos de origen cristiano, como la Iglesia Unitaria de Emerson, predominaron en él los principios del individualismo moderno y su decisión de adquirir el dominio de sí, no renunciando a la realidad ni a sí mismo, sino preparándose para acceder a la realidad y asimilando a ella el poder transformador de la verdad. Es lo que Foucault llama "un proceso de intensificación de la subjetividad"8.
Henry D. Thoreau fue fraguando su concepción en medio de pruebas muy exigentes. No se imaginó una utopía desde los laboratorios sociales del siglo XX, ni llegó a plantear una idea que no estuviera dispuesto a poner en práctica. No es el teórico de la desobediencia, es el desobediente, agenciador de acontecimientos creativos de la resistencia social.
 
1 Según el relato de María José Falcón  y Tella (2000), en febrero de 1848, Thoreau (1817-1862) fue invitado a hacer una conferencia en el Liceo Concord, una pequeña escuela del pueblo donde nació en el estado de Massachusetts. En ese momento, ya era conocido por su negativa a pagar un impuesto que contribuía a sostener la guerra de anexión territorial contra México, infracción por la que había pasado una corta estancia en la cárcel. Su conferencia la tituló "Los derechos y deberes del individuo en su relación con el Estado". Este texto fue publicado por la revista Aesthetic Papers con el nombre de "Resistencia al gobierno civil", y solamente después de su muerte se publica como "Del deber de la desobediencia civil" (1866) en un volumen que llevaba por nombre: "Yankee en Canadá, with antislavery and reform papers" (Falcon, 2000, pp. 19-20). Para esta investigación, se ha usado la edición colombiana de 2004, con traducción de Antonio Casado da Rocha y prologada por Henry Miller.
2 El servicio funerario en homenaje a Thoreau se llevó a cabo en la tarde del día 9 de mayo de 1862. "El país no sabe todavía -dijo Emerson-, ni en lo más mínimo, qué grande es el hijo que ha perdido" (Harding, 1967).
3 Según Harding (1967, p. 426), su mentor Emerson encontró tres grandes figuras de admiración para Thoreau: el capitán John Brown, prototipo de valor e idealismo en su lucha antiabolicionista; Joe Polis, el indio que le sirvió de guía a los bosques de Maine, en 1857, y el poeta Walt Withman.
4 Un desarrollo de la idea de la servidumbre frente al Estado se consigna en el siguiente pasaje del texto mencionado: "Un resultado común y natural del indebido respeto a la ley es que puedas ver una fila de soldados (…) marchando en admirable orden por colinas y valles hacia las guerras, en contra de su voluntad, ¡ay! En contra de su sentido común y de sus conciencias (…) están metidos en un asunto condenable; todos están inclinados a la paz. ¿Qué son entonces? ¿Hombres? ¿O pequeños fuertes y polvorines móviles, al servicio de algún tipo sin escrúpulos en el poder? (Thoreau, 2004, p. 123).
5 Mario López Martínez, en su "Política sin violencia", trae esta cita del sacerdote Lorenzo Millani: "la violencia no es ya una virtud" con la que deslegitima la guerra y la violencia, justificada por los capellanes católicos de la fuerzas armadas. López agrega a continuación, refiriéndose  la teoría ético-política de la noviolencia, que coincide con estos razonamientos de Thoreau: "(…) tanto el gobierno como el sistema dependen de la buena voluntad de los ciudadanos, de sus decisiones y de su apoyo. Es decir, el verdadero poder depende de la gente, de los ciudadanos, es pluralista, no está concentrado. De alguna manera, participa de las teorías contractualistas liberales que consideran que el poder cooperativo es el fundamento de las libertades civiles, y no aquel poder coercitivo que ofrece miedo a cambio de seguridad" (López, 2009, p. 218).
6 En una carta al presidente F. D. Roosevelt, el propio Gandhi le confesaba que dos de los pensadores que más influencia habían ejercido sobre su pensamiento habían sido Emerson y Thoreau.
7 La referencia precisa de Thoreau (2005) sobre estos problemas es: "¿A qué objetivo sirve al fin? Sin duda, otro podría también pensar por mí, pero no es deseable que lo haga hasta el punto de evitar que piense por mí mismo" (p. 54).
8 Al analizar las prácticas de los griegos clásicos y los elementos que sustentan "las técnicas de sí", Foucault establece esta diferencia: "En la práctica cristiana, el ascetismo va siempre acompañado de cierta forma de renuncia a sí mismo y a la realidad, de la que el sí mismo forma parte, y a la que hay que renunciar para acceder a otro nivel de realidad (…). En la tradición filosófica inaugurada por el estoicismo (…), el objetivo final de la áskesis no es preparar al individuo para otra realidad, sino permitirle acceder a la realidad de este mundo. La palabra que describe tal actitud es, en griego, paraskeuázo ("prepararse"). La áskesis es un conjunto de prácticas mediante las cuales el individuo puede adquirir, asimilar la verdad y transformarla en un principio de acción permanente (…), es un proceso de intensificación de la subjetividad" (Foucault, 1999, p. 460).

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