Las resistencias en el proyecto pacifista. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La relación entre poder y obediencia ha sido ampliamente documentada. La obediencia es vista como el par binario de la autoridad. Esta concepción ha sido inscrita en mitos y en discursos filosóficos y permea toda la teoría del poder y de la política en Occidente. En la tradición judeocristiana, es recurrente, pero también aparece con insistencia en la mitología griega, en las versiones originales de la narración histórica de los atenienses e igualmente en  mitos indios, egipcios o de los pueblos precolombinos en América. Los pueblos han estado conminados a buscar su propio camino en libertad o a ser destinados a que se les marque el camino y se les imponga la obediencia. De la dualidad autoridad-obediencia se desprende la contraposición dialéctica obediencia-desobediencia, que emerge, esta última, como un desafío a los poderes constituidos conllevando la responsabilidad de buscar activa y permanentemente la libertad.1
En este capítulo transitaremos por los discursos que constituyeron el proyecto del poder soberano fundado en la obediencia de los súbditos; iremos a sus raíces míticas en la cultura judeocristiana, intentando desentrañar algunos de sus vínculos con las violencias que establecieron el derecho y legitimaron la servidumbre, así como aquellas que impulsaron los imaginarios de la necesidad e inevitabilidad de violencias purificadoras. El chivo expiatorio aparecerá allí como el emblema del exilio con el que se castiga el pecado de la desobediencia y analizaremos su relación con la reflexión de Arednt sobre la banalidad del mal.
La segunda parte del capítulo tiene como permanente referencia el texto de Étienne de La Boétie  (2008) "Discurso sobre la servidumbre voluntaria", se hace un seguimiento a sus incisivos planteamientos acerca de un poder soberano construido sobre la incorporación de las potencias de los siervos. Este poder es capaz de reproducirse y ampliarse mediante procesos de subjetivación que permiten que el Uno (soberano) encarne en las mentes y los cuerpos dóciles de los dominados.
La tercera parte aborda el planteamiento del deber de la desobediencia civil como trayecto de fuga de la servidumbre voluntaria, asumido por Henry David Thoreau, sus aportes a la tradición anarco-individualista  y la resistencia como potencia ciudadana.
Por último revisaremos las contribuciones de León Tolstoi, su propuesta de no responder al mal con violencia, como resistencia no violenta, y la fuerza política del amor como motor de transformación.
Objetivo de aprendizaje
Abordar los conceptos y las formas prácticas de la desobediencia, la objeción de conciencia y la noviolencia activa, así como la crítica de la servidumbre voluntaria a partir del testimonio de La Boétie, Thoreau, Tolstoi y Gandhi
Ideas fuerza
La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, si seguimos el mito hebreo, se da por la desobediencia de la orden perentoria de no comer los frutos del árbol del bien y del mal. La consecuencia de haber transgredido el mandato deja claro que la obediencia es el principio de la satisfacción del soberano y que no hay pecado más grave que el de la insubordinación.
En la cultura judeo-cristiana, la obediencia opera desde el miedo, desde  los imperativos morales y de defensa de lo sacro, así para ejecutarse deba aniquilar, temporalmente, la vida. El Antiguo Testamento está lleno de ejemplos en los que Dios hace y deshace con la suerte de los humanos, en algunas ocasiones sometiéndolos a pruebas de subyugación a su todopoderosa voluntad, y en otras, castigándolos por no asumir los imperativos morales que se les dictaron, sin importar si el castigo recae sobre inocentes, dando origen al mito del chivo expiatorio. 
El chivo expiatorio es una manera de recomponer el ordenamiento social, mediante víctimas propiciatorias; de canalizar la violencia colectiva a través de la exclusión y la persecución. Se supone que este desfogue de odio colectivo contribuye a la restauración del orden.
El poder soberano del totalitarismo propone una obediencia total, solo homologable al imaginario de la obediencia a Dios; ante esta demanda terminante, solo se espera que sea asumida con resignación o con entusiasmo pero sin discusión. Sus decisiones son tan inapelables como la peste, los huracanes o los terremotos; lo que es inimaginable, ante fuerza tan abrumadora, es la desobediencia. Entonces, el sujeto sumiso delega su propia responsabilidad sobre el mal provocado como consecuencia de su obediencia, configurándose la “banalidad del mal”.
Cuando Étienne de La Boétie acuña el concepto de “servidumbre voluntaria”, a mediados del siglo XVI, está develando la existencia de un aspecto subjetivo determinante en la configuración del poder, sin el que este no puede existir. Sin la voluntad, sin el consentimiento de los individuos, el poder estaría vacío.
La potencia del soberano es derivada, de alguna manera es prestada, y su capacidad de apropiación del cuerpo del sometido depende de la complicidad y la colaboración que le preste el súbdito. Ahí radican su fortaleza y su debilidad; porque si logra mantenerse en la mente del dominado, si consigue limitar su autonomía, evitar su propio razonamiento, alimentar su cobardía y conseguir que nunca salga de su minoría de edad, tiene su reinado asegurado; pero depende de eso, estrictamente. Si los otros se disponen a desertar de su servidumbre, el poder que le habían transferido estará completamente amenazado y, así recurra a todo el aparato de leyes, a la policía secreta y al poder de muerte de sus ejércitos, su fin estará próximo.
Para Thoreau el sendero de los resistentes es, por supuesto, arduo, implica valor  e integridad, renuncias y mucho de sabiduría, comprendiendo que el gobierno no es un sistema independiente, que su poder solo radica en la gente, que depende de ella, de su buena voluntad y que “la obediencia no es ya una virtud”. Lo que demuestra es que el poder inmanente del desobediente es el poder de la multiplicidad, de las singularidades humanas que asumen su propia responsabilidad moral, ética y política de rebelarse. En ese sentido, su desobediencia es la continuidad del contra- Uno de La Boétie. Y todo esto es fundamento de la noviolencia.
Tolstoi convoca a un cristianismo contracultural, sedicioso, pero extirpado de la violencia castigadora y soberbia del Dios judaico del Antiguo Testamento. Escarba en la profundidad del amor de Jesús, para transformarlo en palabra y ejemplo de resistencia a un poder con el que no se puede ser complaciente. Para ello hace una interpretación no dogmática de la lectura del Evangelio de San Mateo sobre la no resistencia al mal, esto es, la convocatoria a no responder al mal con la violencia.

1 Castoriadis (2004) lo resume así, en sus implicaciones actuales: "¿Será el hombre moderno capaz de luchar contra su tendencia a ser pasivo, a permanecer en silencio? Tucídides decía que: Es la libertad o la tranquilidad. Tienes que elegir. Serás libre o estarás tranquilo. No puedes tener ambas cosas (…)" (p. 311).

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