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Resistencias sociales. Una alternativa no violenta a la guerra. Cuerpo, estética y resistencia. La “clave-joven”. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

Tema 6: Cuerpo, estética y resistencia. La “clave-joven”

Como queda visto, la dimensión constitutiva que define la primacía de la vida en las acciones del resistir es el cuerpo, que puede ser un lugar de dominación, donde se instalen las experiencias del dolor, del autoritarismo y de la muerte impulsadas por las fuerzas de la guerra, o un nicho en donde la plenitud del vivir esté expresada en la propensión al goce vital, permitiendo ser atravesado por el viento del deseo y movilizados por la alegría, el amor y la libertad.
Todas las experiencias analizadas le asignan al cuerpo un valor fundamental en el ejercicio de las resistencias. Un caso es el de la "Fundación Cultural Rayuela", un grupo de jóvenes artistas que forman parte del Movimiento Ciudadano por la Noviolencia. Ellos desarrollan su actuación política y estética con jóvenes de Bogotá y Soacha, mediante su irrupción en espacios públicos en donde ponen en escena sus cuerpos, acompañados de otros símbolos que les permiten representar mensajes que reivindican la vida y la dignidad humana, rechazan la impunidad, el olvido, el autoritarismo y el asesinato de cientos de víctimas en este país. El cuerpo es para ellos un territorio de paz donde habitan la memoria y la palabra y es el medio para poner en escena sus formas de resistencia. En principio fue una irrupción estética:
En la plaza de Bolívar, el diez de diciembre de 2005 durante la celebración del día internacional de los derechos humanos, una larga fila de jóvenes apareció de pronto, es curioso, estaban allí, y a la vez, de pronto, aparecieron filados y vestidos de negro, dando un fuerte grito ¡resistencia! (Rubio y Torres, 2007, 19-20).
Al año siguiente, en la misma fecha, coordinaron la movilización de 4.000 mujeres que llegaron al centro de Bogotá desde muchos lugares del país y poblaron, vestidas de negro, la principal calle del centro, con ladrillos que llevaban los nombres de personas asesinadas o víctimas de desaparición forzada a causa de la violencia y el conflicto armado en el país. 
Esta escena es replicada por los jóvenes de Rayuela en la Plaza de Bolívar los días 10 de cada mes; con este monumento por la dignidad, la memoria y la vida, presentado a manera de performance se sensibiliza a los ciudadanos frente al drama humanitario que sufre el país a causa de la guerra. Rubio y Torres (2007) describe la pasión de vivir que se alienta desde esta experiencia:
Vamos a tratar de decirles a quienes tienen la costumbre de andar matando muchachos en las esquinas y en los parques que no más, que estamos cansados de eso, que los jóvenes queremos hacer teatro, queremos bailar, queremos tocar una guitarra, jugar fútbol, queremos pintar un cuadro, abrazarnos, volver a parcharnos en las esquinas como antes, queremos que los barrios dejen de ser territorios de guerra, queremos que sean territorios para la paz y el aporte que tenemos es decir que nuestro cuerpo sea un territorio de paz, eso es lo que vamos a decir (p. 101).
Es a través de la experiencia corporal que la apuesta de Rayuela entrecruza la política de la resistencia, la experiencia subjetiva y la lucha por la vida. Rayuela resiste a través del arte. El arte es su lenguaje, expresado de distintas maneras: en sus talleres del recuerdo, sus acciones de teatro efímero y la puesta pública de los cuerpos que combinan la danza, el grito y el teatro.
Porque no hay mejor lenguaje que el arte para hablarle a la sensibilidad humana. Porque nos hemos decidido a poner en jaque a la muerte. Porque a las balas de los llamados justicieros queremos oponerle la magia creadora del teatro, la música, la danza (Rubio y Torres, 2007, p.30).
El arte se convierte en un fuerte dispositivo productor de subjetividades micropolíticas del resistir. Se implica en el desprendimiento del individualismo posesivo, critica constantemente el autoritarismo que subsiste en nosotros mismos, y propicia la emergencia de un nuevo cuerpo individual y comunitario, despertando otro tipo de inteligencia colectiva capaz de pensar cómo darse un mundo pacífico, a través de las prácticas de resistencia y libertad que atraviesan el cuerpo social entero. Los jóvenes de Rayuela se propusieron movilizar la subjetividad con prácticas que les hicieran posible:
(…) amarrar la historia personal con el acontecer colectivo, potenciar esa constitución de los y las jóvenes como sujetos actores de su propia vida. (…) nos dimos a la tarea de articular una fuerza colectiva, articular una gran voz y apostamos toda nuestra energía a la tarea de formar (…) un colectivo de hombres y mujeres que asumiera la defensa de la vida, armados tan solo con su capacidad creadora, con la fuerza demoledora de la solidaridad, y con la magia inusitada de los afectos (Rubio y Torres, 2006, p. 99).
Además, los jóvenes urbanos, como los que se mueven en Rayuela, se alejan rápidamente de las rígidas formas de los partidos de izquierda, incluso los más radicales, pero, más aún, de los dinosaurios que insisten en la oferta de los partidos representativos tradicionales. El discurso convencional tampoco es su forma privilegiada de expresión. Se agrupan y dispersan con mucha facilidad, repeliendo toda adscripción clasista, étnica o religiosa que los constriña a un solo espacio de actuación. Por eso sus manifestaciones son por principio plurales.
Ellos no se detienen tanto a pensar sobre el arte de la existencia, ellos viven la resistencia y la conciben como creación. Por eso su sensibilidad estética está a flor de piel y reclaman las calles y las paredes.
En el caso de Cali y otros municipios del Valle del Cauca en Colombia, que han sido golpeados brutalmente por la muerte asociada a la guerra, los jóvenes han logrado inventar una multiplicidad de prácticas que concatenan cuerpos, signos, "teatralidad y fuga de la representación". Ello está en función de una reapropiación íntegra del espacio de la ciudad. Esto va en contravía de la acción de los poderes bélicos que tiende a estructurar campos homogéneos que operan a la manera de grandes máquinas de dominación, que regulan, hasta el detalle, los desplazamientos de la vida, su variación permanente.
Fue un proceso largo en el que se expresaba el dolor de las pérdidas causadas por la guerra. Poco a poco la expresión estética se fue haciendo una herramienta poderosa. El despliegue de la capacidad expresiva del cuerpo de estos muchachos confluye en la creación de un grupo teatral ("Fantasía Campesina") que ponen en escena el cuadro teatral "Entre la vida y la muerte", asumido como un compromiso con la vida.
La lógica de la guerra actúa como subjetividad que sostiene a poderes que centralizan y ordenan los movimientos, que intentan copar los espacios de creación y bloquear las estrategias de fuga creativa que provienen de las fuerzas en resistencia, en este caso, de los jóvenes. El poder bélico es un poder central que se condensa, se organiza en estratos e identidades jerarquizadas, desecha modos de vida, uniforma. Un caso de una práctica que obstruye el funcionamiento de este poder es el de la objeción de conciencia al servicio militar que ejercita la Red Juvenil de Medellín, organización que hace parte del Movimiento Ciudadano por la Noviolencia.
La Red Juvenil de Medellín ha optado por resistir la guerra desde la adopción de los postulados de la Noviolencia y la objeción de conciencia; sus acciones rebasan el ámbito de lo individual y lo privado, para colocarse en la esfera de lo público como una obligación de pronunciarse colectivamente contra la guerra, poniendo en riesgo su propia libertad. Han aprendido de la larga tradición pacifista y noviolenta que encuentra en la objeción de conciencia una manifestación de desobediencia, al estilo de La Boétie, Thoreau, Tolstoi o Gandhi.
La Red ha definido desde 1990 una clara posición frente a la Noviolencia y entiende que ella permite imaginar una nueva forma de relaciones sociales, de construcción de vínculos y reglas de juego, donde la violencia no sea considerada un medio necesario para lograr la paz, la justicia o la equidad.1
Jóvenes artistas y objetores de conciencia resisten en Colombia a los dispositivos mortales de la guerra. Queda abierta la pregunta para ellos y para la sociedad de ¿cómo se van a recuperar para las fuerzas activas a esos más de 500.000 jóvenes, principalmente varones, que han sido enrolados en las fuerzas armadas oficiales, más por lo menos otros 100.000 que forman parte de las guerrillas, los grupos paramilitares y sus sucedáneos, más los innumerables que diariamente conforman bandas o pandillas que participan de la violencia molecular que sacude los centros urbanos, configurados como verdaderas empresas de la muerte?
En resumen: la presencia de las expresiones de resistencia social comunitaria noviolenta se va haciendo cada vez más visible en países como Colombia. Los poderosos movimientos minoritarios encarnados por los indígenas, con sus mingas de resistencia que se han establecido en amplios territorios y han "caminado la palabra" por la geografía del país; el despliegue creativo, pleno de expresiones culturales y estéticas, de las comunidades afrocolombianas, de los jóvenes, de las mujeres; el reconocimiento de la rica experiencia de afirmación vital que son las comunidades y territorios de paz, van marcando la irrupción de un nuevo y vasto espacio político pacifista, que deconstruye la lógica de la guerra, que la vacía de su mortífero contenido binario (amigo-enemigo) y abre la escena social a una multicolor gama de posibilidades de reconstrucción social.
 
1 Los objetores colombianos plantean que: "La noviolencia postula la coherencia entre los medios y los fines. En el campo de la política, tal coherencia conduce a afirmar que la convivencia pacífica es posible siempre y cuando los medios para lograrlo sean acordes con el fin. La presencia de la violencia en la vida política expresa, para esta concepción, un contra sentido, puesto que todo orden basado o mediado por la violencia asegura grados diferenciados de injusticia y no puede mantenerse una paz estable desde que exista una estructura militar". (Bonilla, et al, 2008).

Resistencias sociales. Una alternativa no violenta a la guerra. La “clave-mujer”. Reencontrar el propio ser para refundar las comunidades resistentes. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

Tema 5: La “clave-mujer”. Reencontrar el propio ser para refundar las comunidades resistentes

Las experiencias de resistencia, aunque son muy visibles en los territorios rurales de la guerra, no se remiten únicamente a estos espacios. Las ciudades colombianas han sido también escenarios de gestas muy importantes de resistencia. Barrancabermeja es una ciudad situada en el Magdalena Medio, en el nororiente de Colombia. Desde el surgimiento del paramilitarismo, Barrancabermeja se planteó como un objetivo estratégico para los armados y, tras una guerra sin cuartel, los paramilitares reclamaron el control de la ciudad e impusieron sus regulaciones de muerte.
Aparece entonces el papel de la Organización Femenina Popular –OFP-, con más de cuarenta años de experiencia, que a partir de 1996 cumplió un papel fundamental en la resistencia pacífica en esta ciudad. El trabajo de la OFP es definido en el blog "Mujeres salvando el mundo" como una postura inquebrantable, de resistencia activa no violenta inspirada en los principios de civilidad y autonomía legitima.
De particular importancia es la introducción de una mirada de género en las resistencias impulsadas desde la OFP, y cómo desde ella se asume el reto de transformar la muerte en vida, la violencia en amor, para multiplicar la esperanza y no declinar en la construcción de nuestros sueños, como una forma de resistir, a la que aúnan dos estrategias: "disputar el territorio para la civilidad" y "hacerle el amor al miedo".
Como la guerra se metió a sus territorios y se metió con ellas, con su dignidad de mujeres y de madres, con el espacio público que habían conquistado, su resistencia es la afirmación de la civilidad contra el militarismo, la recuperación de lo público contra la privatización de las calles por los guerreros. La forma concreta de este resistir es el conjuro del miedo. En una entrevista, Yolanda Becerra, la directora de la OFP, proporciona elementos para comprender la envergadura y el significado de esta resistencia asumida por las mujeres barranqueñas:
Las mujeres se convierten en víctimas de la guerra por partida doble. Por una parte ellas mismas son perseguidas, castigadas, asesinadas o desaparecidas, y por otra, buscan desaparecidos, entierran muertos, esconden y protegen a los amenazados y, además, sostienen la sociedad y mantienen el núcleo familiar. Las mujeres iban con sus hijos en chalupas (barcas) a buscar a los asesinados. "Yo no le dejo en el río", decían. Uno puede asumir el dolor de que le asesinen a alguien, el dolor de lo que le hacen a uno mismo, pero que alguien desaparezca  y no buscarle es aceptar que ese alguien no fue, que no pasó nada, que no dejó rastro, que nadie es culpable, que alguien quiere que él y lo que él representa deje de existir, eliminando, incluso,  la posibilidad de que los que le amaron y le conocieron sufran el dolor de su muerte (Karambolis, s. f., párr. 16 y 17).
Yolanda Becerra se refiere a las múltiples formas de persecución que han debido afrontar las mujeres, tendientes a crear un miedo incontenible. Formas de regulación de lo cotidiano, cuyo castigo es la muerte. Implementación de diferentes formas de intimidación y de control de los espacios sociales. Y, además, la siniestra pretensión de los asesinos de borrar las huellas de la memoria, de hacer desaparecer no solo al sujeto, sino su rastro subjetivo. Además, propiciaban la desaparición física de sus sedes y bienes colectivos, como en el insólito caso del desmonte pieza por pieza, en una noche de 2003, de las oficinas donde funcionaba la OFP.
Para la OFP, superar el miedo se convirtió en un objetivo político, una condición para poder resistir. "'Cuando desaparecieron la sede nos vestimos de negro, llevamos flores y agua bendita y lloramos. Se comprometieron a reconstruir la sede y organizaron la marcha del ladrillo. Inventaron la figura del testigo social. Un testigo por cada organización de Barrancabermeja acusó y denunció ante los jueces al responsable de la desaparición de la sede" (Karambolis, s. f., párr. 22 y 23). El edificio en sí mismo no era tan decisivo como su representación simbólica. Lo que había que rescatar era el hogar de todas, el espacio donde, como dice Carolina Alfonso: "(…) la subjetividad encuentra parte de sus rastros materiales" (Alfonso, 2012, p. 83 ).
Para conspirar contra el miedo decidieron hablar de él, conversar con él; al final tendría que ser un conviviente incómodo pero domesticable. Llamaron a esta campaña "hagámosle el amor al miedo". Las mujeres de la OFP trabajan mucho lo simbólico porque las cohesiona, las afianza y  les desbarata la lógica de la guerra.
La "clave-mujer" también se puede descifrar en dos redes de mujeres que forman parte del Movimiento Ciudadano por la Noviolencia: la Asociación de Mujeres del Oriente Antioqueño (AMOR) y la Fundación Mujer Arte y Vida (MAVI). La resistencia social de la Noviolencia pone su acento en las relaciones que se movilizan a través de la conjugación de subjetividades en constante cambio, que diseñan sus trayectos vitales y señalan los puntos de tránsito por donde las dinámicas de la vida atraviesan a los individuos y los recomponen.
Las mujeres de AMOR se han propuesto acompañar y acoger a otras mujeres y víctimas cuyo dolor se ha instalado en sus cuerpos. Para ellas, en el cuerpo reside la experiencia de relación con los otros y con el mundo. La memoria también es cuerpo, y todo proceso de reconocimiento propio y de los otros pasa por el cuerpo, al igual que toda acción de reconstrucción de vínculos y relaciones de confianza. Salir de la trampa de la violencia y de la guerra implica la creación de espacios de acogida, de contención y recomposición. Hay que reconstruir el yo más íntimo, pero también la posibilidad de aproximarse al otro sin miedo. Es una necesidad terapéutica, de la más honda dimensión subjetiva, tanto como una operación política que haga emerger la ética de la vida en nuestros actos.
Hemos dicho que la vida es el proceso de la diferencia. En este mundo de lo diverso hay que reconstituir lo común y para lograrlo es necesario, antes que nada, captar la densidad de la diferencia. Deleuze (2006) dice que: "En su esencia, la diferencia es objeto de afirmación, afirmación misma" (p.74).
La comunidad, vista desde este enfoque, resultaría como un agenciamiento de un conjunto de singularidades, más o menos conectadas, de donde va apareciendo una unidad plural en la que se despliegan variadas lógicas y prácticas de conjunto y cuya razón de ser y fortaleza es el grado de fertilidad para la multiplicación de lo diverso.
En los espacios indígenas o afros (o también los campesinos) es más fácil promover las subjetividades comunales inscritas en el ADN de la resistencia social. Para las situaciones urbanas, el asunto puede ser un poco más complejo de discernir en la maraña de redes y de procesos de subjetivación que se entrecruzan.
El devenir-comunidad está caracterizado por la indeterminación; lo indeterminado está dado por las múltiples combinaciones problemáticas que pueden surgir de la experimentación. No hay un resultado previsible. Lo común surge de la búsqueda que debe hacerse para liberar y reactivar el movimiento, para hacer valer las fuerzas y para producir colectivamente el acontecimiento del hallazgo de fisuras, de aberturas que potencien la fuerza colectiva.
El efecto será el desplazamiento de las formas rígidas que crea el orden de la guerra, para dar campo a nuevas significaciones, al descubrimiento de nuevas claves para la puesta en acto del resistir; para poblar la escena comunitaria de nuevas subjetividades grupales. Esto es sumamente complejo en contextos de guerra que presionan hacia alineamientos esenciales en los que se es amigo o se es enemigo; en los que no hay lugar para la diferencia.
Afectos como la solidaridad son capaces de crear un campo de fuerza distinto, que prepare a la gente para lo desconocido, pues desata vínculos comunes que no se tenían o de los cuales no se era consciente.
La comunidad resistente se asienta en el amplio espectro del tejido social; esta alegoría nombra el nexo de relaciones de calor, de abrigo social y de las más diversas afectaciones entre comunidades y subjetividades grupales e intergrupales. El tejido social ha sido el entramado de modos de ser colectivo que han resistido manteniendo los vasos comunicantes de la cultura y la productividad social, persistiendo, a pesar de la guerra, en la multiplicación de lazos afectivos y de confianza, en la incubación de comunitarismos, en la pervivencia de la memoria, en el renacimiento de solidaridades y en la práctica de la compasión con el dolor de los demás.
Otra experiencia de resistencia urbana es la de las mujeres de la Fundación Mujer, Arte y Vida -MAVI-, que se han planteado hacer un modelo político desde el propio modo de vivir; para ellas, todo está conectado; su vida cotidiana y su acción política se vinculan en una sola. Cuando impulsan formas de resistir al miedo de las amenazas de muerte, que han colmado los espacios de habitación y de la calle, convocan la risa, el canto y la alegría para espantarlo. Sus acciones han provocado que miles de personas desfilen por las calles con juegos, cantos, comparsas, disfraces, danzas contra los panfletos de los armados que anuncian la muerte y ponen plazos a las comunidades, especialmente a los jóvenes, para que abandonen un territorio.
Nuestras subjetividades se ven asoladas por pulsiones de pequeñez y mediocridad, agenciadas por el miedo, la belicosidad o la indiferencia, y muchos se disponen a aceptar una vida miserable, desdibujada, triste. Para enfrentar esto, las mujeres organizadas en MAVI persiguen una cotidianidad en la que no sientan que los afanes logran anular su subjetividad, su ser sujetos. Por eso, decidieron conformar este espacio en el que pudieran trabajar por la paz y los derechos de las mujeres desde su feminidad, sus apuestas y sus saberes.
Su apuesta gira en torno de la transformación de aquellos imaginarios que legitiman la violencia de la cultura patriarcal. También buscan despertar el poder de la gente para reconstituir afectos y comunidades. Estar en experimentación parece ser por ahora la salida más auténtica a esa sigla que nos cobija, MAVI, Mujer, Arte y Vida. La vida y la cotidianidad como obra de arte es ni más ni menos el aliento que empuja esta quimera, afirma Velasco, 2007. La casa del goce estético, el campo de fuerza de la belleza y la sonoridad del arte no nos preexisten; hay que crearlos. Es como hacer que emerjan del caos unos puntos de luz que sean las señales del nuevo orden implicado que reorganice el espacio sumido en una turbulencia de muerte.
Lo que hacen las mujeres de AMOR y de MAVI es desplegar las funciones humanas opacadas por la guerra y por la segmentación individualista que son inducidas por las subjetivaciones totalitarias. Servir de cuna o de nido, a lo que Deleuze y Guattari (1997) llamaban un "ritornelo" amoroso, terapéutico, litúrgico, cósmico, capaz de sanar el alma y el vínculo social y que "siempre conlleva, tiene como concomitante una tierra, incluso espiritual y mantiene una relación esencial con lo Natal, lo Originario" (Deleuze, Guattari, 1997, p. 319). Al nombrar lo femenino, se hace alusión a lo materno, a lo matricial,  a la tierra contenedora, a la tierra mapeada rítmicamente que expone preferentemente los contornos femeninos. La potencia del habitar, del plegar, reside fundamentalmente en la fuerza vital de las mujeres.

Resistencias sociales. Una alternativa no violenta a la guerra. Comunidades campesinas como poderes locales resistentes. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

Tema 4: Comunidades campesinas como poderes locales resistentes

La resistencia social pacífica no está circunscrita a estas poblaciones en donde la identidad cultural y los rasgos de autonomía territorial, al lado de una muy larga tradición de lucha por la paz, favorecen los desarrollos de manifestaciones del resistir noviolento. Comunidades campesinas asoladas por la violencia de uno u otro bando (o de todos a la vez) han emprendido también el largo camino de la resistencia.
Uno de los casos precursores en Colombia es el de Mogotes, un pequeño poblado campesino del oriente colombiano, recordado porque de allí surgió la primera rebelión contra la corona española en el antiguo Virreinato de la Nueva Granada, la que se conoció como la "Revolución de los Comuneros". En 1997, en dicha población, un asalto guerrillero que produjo 5 muertos (3 policías y 2 civiles) y dejó al alcalde secuestrado para ser sometido a un "juicio popular" por los insurgentes del ELN, fue respondido con la "peregrinación por la vida y la paz de Mogotes", como una forma de conjurar el miedo y una alternativa de participación ciudadana ante los graves hechos de corrupción que afectaban al municipio y que pretendían ser el motivo de la toma guerrillera.
A los pocos días, la población se declaró en desobediencia civil, exigió a la  guerrilla el cese de las acciones de terror y la liberación del alcalde para ser sometido al escrutinio de los ciudadanos que lo habían elegido. Convocó para ello a una "Asamblea Municipal Constituyente del pueblo Soberano de Mogotes", apelando al principio de la "soberanía popular" que proclama la carta constitucional de 1991.
Con esto, los habitantes de Mogotes encontraron una vía inédita de resistencia civil, la legitimaron en un proceso riquísimo de vinculación de la paz con la búsqueda un desarrollo justo y equitativo, recurriendo a una relectura constitucional y obteniendo dividendos concretos como la liberación del alcalde, el saneamiento de las costumbres políticas y un proceso de pedagogía ciudadana que redundó en el empoderamiento de la gente.
La iniciativa de las "constituyentes de paz" se expandió a numerosos municipios de Colombia y se ha convertido en una estrategia de confluencia de las más variadas formas de resistencia civil a la guerra. En 2006, se contabilizaron 82 procesos de constituyentes municipales que se coordinan e intercambian experiencias regularmente. La convocatoria al VII Encuentro Nacional de Procesos Constituyentes, que se realizó durante la Semana por la Paz 2006, resumió así la naturaleza de estos escenarios:
Las comunidades de paz: historias de vida de los combatientes de la Noviolencia
Se ha insistido en el hecho de que todas estas experiencias se desarrollan en medio de situaciones límite en donde la muerte es una compañera cotidiana y en donde el miedo hace flaquear con frecuencia a los protagonistas de la resistencia. Gandhi fue quien señaló que se requiere de mucho valor para asumir la Noviolencia y especialmente la decisión de no responder con violencia formas de agresión y barbarie tan crudas como las que se han vivido en el conflicto colombiano.
La resistencia civil noviolenta es todo lo contrario a la cobardía, y así lo han tenido que vivir las legendarias comunidades de paz de San José de Apartadó y otras vecinas que surgieron en medio de uno de los territorios estratégicos para el desenvolvimiento del conflicto armado colombiano.
Apartadó está ubicado en la esquina noroccidental del país, muy próxima al Golfo de Urabá, en el Atlántico, y es corredor de paso hacia el Chocó, que tiene costas en el océano Pacífico. Esta región es asiento de plantaciones bananeras industrializadas, territorio de megaproyectos de interconexión de rutas trasnacionales desde Venezuela, en busca de salida al mercado del Pacífico, zona de frontera con Panamá, lugar de tránsito para la exportación de drogas ilícitas y de entrada y trasiego de armas. Su naturaleza estratégica ha hecho que este territorio sea objeto de feroz disputa entre todos los actores armados y de ataques desproporcionados a la población civil, pues sus tierras son coto de caza para los proyectos de la guerra o para apropiarse de la renta que allí se produce.
En marzo de 1997, en uno de los momentos más álgidos de la confrontación, se produce la declaratoria de los habitantes de San José de Apartadó como Comunidad de Paz, definiendo una forma de resistencia tendiente a la protección de la población civil asolada por la guerra. En ella, se pide el cumplimiento de las normas del Derecho Internacional Humanitario y que cesen las violaciones a los derechos humanos de la población. Se proclama que: "(…) no realizará actividad alguna que tenga relación directa o indirecta con las operaciones militares de ninguno de los actores en conflicto, o con el apoyo táctico o estratégico de los mismos" (Cdpsanjose.org, 21 de diciembre de 2016, Artículo 3).
La Comunidad de Paz fue atacada desde el mismo día en que nació. Los actores armados no aceptaban que pudiese existir un grupo humano en su territorio que no pudiera estar alineado con ellos o con el enemigo. En el siguiente párrafo se trae la historia de vida colectiva que los comuneros han construido para transmitir su relato de las vicisitudes del proceso:
"Nos declaramos como Comunidad de Paz de San José de Apartadó el 23 de marzo de 1997; el casco urbano de nuestro corregimiento estaba vacío ya que la mayoría de familias se habían marchado a raíz de las dos masacres perpetradas por los militares en septiembre de 1996 y en febrero de 1997 y en las que habían arrasado con los líderes con que contaba el corregimiento. Todavía vivíamos en las veredas y con la declaratoria de Comunidad de Paz esperábamos ser respetados y poder seguir en nuestras tierras, pero estábamos equivocados; tropas del ejército en conjunto con los paramilitares realizaron operativos en las veredas, asesinaron gente de nuestra comunidad y a muchos de ellos les colocaron camuflados para decir que habían sido asesinados en combate. A las veredas nos dieron plazo de tres días para abandonar nuestras tierras y el que no cumpliera la orden sería asesinado. Esta amenaza era real ya que a los tres días entraron y asesinaron a quienes se encontraron en los caminos; entretanto, los helicópteros y aviones bombardeaban y ametrallaban. Los que pudimos salir nos ubicamos en el caserío de San José y desde allí comenzamos a resistir. (Cdpsanjose.org, diciembre 12 de 2006, párr. 1).
La capacidad de resistencia de los habitantes de San José de Apartadó ha sido puesta a prueba. La Comunidad reportó 560 violaciones graves a los derechos humanos de la población durante los primeros 8 años de su existencia. Entre ellas, hubo más de 160 asesinatos y cuatro masacres. Con ocasión de la masacre ocurrida en febrero del 2005, el Presidente de la República (A. Uribe) ordenó el ingreso y asentamiento de la fuerza pública en el caserío. Como esto violaba los principios de la comunidad en donde no se había permitido la circulación de armamento, esta prefirió abandonar el caserío y construir uno nuevo, comenzando de cero una vez más.
La forma principal como han enfrentado el miedo es el trabajo conjunto; todas las actividades se hacen en grupos de trabajo, que son la forma organizativa principal; siempre se desplazan acompañados por las carreteras y veredas. Cuando este mecanismo dejó de ser efectivo y fueron también atacados en grupo, recurrieron a la solidaridad internacional. Las brigadas internacionales de paz, el Comité Internacional de la Cruz Roja y numerosas formas de voluntariado nacional e internacional han estado del lado de la decisión de permanecer, de resistir al desplazamiento, de volver a empezar una y otra vez.
Se trataba de romper la lógica amigo-enemigo, y para ello fueron diseñando las estrategias del resistir. Ellas estaban basadas en movimientos de éxodo y retorno temporal, así como de decidirse a enfrentar colectivamente la amenaza y superar el miedo de enfrentar desarmados a los actores bélicos. Esto requería de una valentía muy especial. En Colombia, las amenazas hay que tomarlas en serio. Uno de los comuneros de San José relata estos trances, para la historia de vida colectiva que ha aportado esta comunidad:
Íbamos a las veredas, sacábamos nuestras cosas, lo poco que quedaba de las cosechas, y volvíamos. Varias veces nos tocó enfrentarnos todos en grupo a los actores armados; la guerrilla nos decía que estábamos con los paras y los paras y el ejército nos acusaban de guerrilleros. Al estar todos juntos tuvimos la fortaleza de enfrentarles para decirles que tenían que matarnos a todos porque no dejábamos que se llevaran a nadie; esta fue una de las primeras formas de resistencia. Por las noches nos reuníamos a evaluar con cada vereda el trabajo realizado y la situación para aprender de ella y pensar en las alternativas que debíamos construir. Esta experiencia de salir y trabajar juntos en grupos de 100 o 200 personas nos hizo pensar en que aún era posible volver a empezar, volver a sostenernos nosotros mismos, autónomamente (Cdpsanjose.org, diciembre 12 de 2006, párr. 24).
Al igual que los indígenas, uno de los elementos decisivos para poder persistir en la actitud de resistencia de estas comunidades es la íntima relación que los campesinos establecen con la tierra, muy próxima a la de la cosmovisión indígena, aunque anclada más directamente en las formas de trabajo y en la productividad de la tierra. La fuerza vital que les da la tierra a quienes establecen una relación profunda con ella, genera un vínculo que no es territorial sino terrígeno. Este alude no a la mera relación mercantil con la tierra o al ansia de su posesión, sino a la intensa influencia del suelo sobre el ánimo de la gente, de donde también fluye el conjuro contra el miedo.
Por supuesto, una vez asentada de nuevo, así fuera temporalmente, la comunidad organizaba su defensa y protección, basada en la respuesta masiva y colectivizada, a la incursión de los actores armados. Ejercitaban así un repertorio de modos civiles noviolentos de reacción inmediata a una agresión en curso. Combinaban formas micropolíticas de autoprotección como un minucioso y, muchas veces probado, sistema de alarmas y de alertas, o la permanente movilización de los líderes amenazados, incluyendo una red de casas de refugio para la desterritorialización de la intimidación.
La dimensión simbólica adquirió mucha importancia dentro de los modos micropolíticos de la resistencia de la Comunidad de Paz. Desplegaron un conjunto de acciones simbólicas como las vigilias, las celebraciones o la creación de "Parques de la Memoria". El repudio a la presencia de los actores armados ha pasado por formas de resistencia como el no proporcionar alimentos ni nada que signifique apoyo a ellos, en el entendido de que su sola presencia es una violación del principio de neutralidad activa que ha proclamado la Comunidad de Paz. Igual trato se aplica a miembros del colectivo que violen su propio estatuto; por ejemplo, ha habido boicots a la venta de alcohol, en una acción similar a la impulsada por Gandhi en la India.
La no colaboración con los armados, la comunidad ha dado forma a su propia "potencia de no", dando tratamiento de fuerza ocupante a todo aquel grupo o formación militar que intente violar su territorio de paz. Por eso, no admite ningún tipo de relación comercial o de avituallamiento a cualquiera de los armados; también prohíbe que circulen mensajes de ellos en la comunidad o que alguno de sus miembros se preste para transmitirlos. En este territorio, no se permite que haya depósitos de armas, de municiones, de elementos de campaña, de medicinas o alimentos que vayan a ser usados por las fuerzas de la guerra.
Con la misma convicción y echando mano de este mismo tipo de métodos, ha roto los bloqueos y el confinamiento impuesto episódicamente por los paramilitares (tal el caso de lo ocurrido en el año 2004). Entonces, toda la comunidad ha marchado a poblaciones vecinas para abastecerse de productos atravesando unidos los retenes de los guerreros en un desafío de la fuerza masiva desarmada ante el poder de los fusiles.
Igualmente, han hecho uso estratégico de formas de resistencia en la esfera macropolítica. Han mantenido una permanente presión jurídica ante organismos nacionales e internacionales, ganando medidas cautelares ante organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para la defensa de la vida de los comuneros. Han logrado mucha experiencia y apoyo con sus gestiones de diplomacia resistente de base, consiguiendo acompañamiento de brigadistas y voluntarios internacionales (Brigadas Internacionales de Paz e IFOR), lo que ha operado como una fuerza de disuasión ante la repercusión internacional de cualquier acto de violencia contra la comunidad.
Para los comuneros de San José, la resistencia no tiene otra fuente que la capacidad de creación. De su ingenio para sortear los bloqueos depende poder afirmarse en su territorio. Pero también hay que estar permanentemente buscando nuevos sentidos, y en ello la memoria se concibe como un proceso que llena de significados a las resistencias. La memoria, como conexión entre el pasado doloroso, el presente de resistencia y un porvenir en construcción, que se convierte en un dispositivo de autodefensa contra la impunidad, contra el silencio mediático y la mentira.
La Comunidad de Paz de San José de Apartadó es también un ejemplo viviente de democracia directa y de deslinde de las peores formas de la democracia de representación. Ellos muestran que el campesino, el pobre, el ciudadano no tienen por qué verse reflejados y representados por sus ejércitos, por sus guerrillas, por las fuerzas soberanas que dicen concentrar el poder. Así se da un mentís a aquellos que proclaman que sin ellos no se es nadie, pues ellos son, supuestamente, la única posibilidad de gobierno social.
Lo que entonces define su naturaleza es la autolegislación a partir de ciudadanos que hacen una libre opción, con el compromiso ético y político de que están escogiendo una alternativa de vida, renunciando a hacer parte de cualquier iniciativa armada para dedicarse, en cambio, a ejercer su derecho de buscar una vida pacífica y gozosa.
Los comuneros de San José han aprendido que el territorio es ellos, y cuando la fuerza armada del Estado ocupa el espacio con argumentos de soberanía, con todo y el dolor que ello implica, prefieren retirarse del territorio copado militarmente, dejar el espacio vacío y seguir expandiéndose a la manera de colonizaciones territoriales de tipo rizoma, desconcentrados, sin aceptar la jerarquía ni la centralidad del Estado o de cualquiera de sus formas. La clave era conservar la capacidad para seguir resistiendo, allí residía su opción de vida; desde ahí pudieron seguir como un territorio de resistencia local de gran poder expansivo.
Las prácticas productivas campesinas como actos de resistencia creativa
Los indígenas de los Andes americanos han experimentado otras economías, revalorizando tradiciones como las de las comunidades Aymaras, de donde ha surgido la propuesta del "buen vivir" que se practica, con otras denominaciones, en las comunidades indígenas del continente. En el ámbito urbano, los argentinos, brasileños y uruguayos han dado ricas lecciones al dar otro tratamiento al dinero, despojándolo de su forma fetichista mercantil y asumiéndolo como moneda social. A este tipo de expresiones las he denominado economía en resistencia.
Es sabido que para el pensamiento dominante, la felicidad se hará posible para el sujeto que logre adquirir los atributos ofrecidos por la sociedad de consumo; la identidad del sujeto feliz puede ser adquirida por quien se someta a las reglas del mercado y se ponga en condiciones de comprar su goce. La lógica del resistir noviolento es otra; pone su acento en las relaciones, en las acciones que movilizan los trazos de la vida que avanzan a través de agenciamientos micropolíticos que repelen las categorías identitarias esclerosadas. De ahí que, en esta lógica del resistir, el modo de producción capitalista no sea el único posible. Hay otros modos que, hasta ahora, han sido sometidos y que pugnan por establecer nuevos órdenes económicos.
Para las subjetivaciones dominantes y su gran máquina de comunicación esto no es más que una ensoñación ingenua. ¿Cómo opacar la eficacia contundente del capital para ordenar la vida? Pero es que el capital, como el soberano estatal, viven del excedente del trabajo, del saber y del esfuerzo humanos. Su milagro económico reside en la capacidad de capturar la inmensa energía social y codificarla en clave de competencia, de plusvalía, de lucro y de segmentaciones binarias. El sistema productivo organizado por el capital se convirtió en una auténtica máquina de guerra que pone en la condición de enemigo cualquier intento disidente por dar otro formato a la economía, por intentar otras posibilidades.
Se hace obligatorio en este marco averiguar si en la dimensión de la producción económica es también plausible expandir e interconectar sus estrategias micropolíticas, que contribuyan a reconstituir el tejido social, el entramado de la producción y el de la cultura,  dando lugar a una libre convivencia de diferencias y singularidades múltiples. Las economías en resistencia podrían así sintonizarse con la espiral de procesos de paz, entendidos aquí como acontecimientos que deshacen el orden y el tiempo de la guerra. Las  fuerzas de la vida podrían hacerse más poderosas que el espacio de la guerra y promover su disolución, mediante acciones que acrecienten los lugares del goce existencial y que opaquen los lugares de la muerte y del empobrecimiento.
Como el signo del capital ha sido hasta ahora el control de los tiempos productivos, las economías en resistencia requieren vivir otra dimensión del tiempo, signada ahora por la intensidad. Los resistentes pacifistas deben aprender a esperar, a modular el tiempo a su manera; deben alterar los tiempos angustiosos e instantáneos del mercado y del consumo. Sus tiempos y ritmos son otros y, a la manera de los nómadas, deben tener una paciencia infinita, viviendo intensamente sus acontecimientos creativos mientras potencian la vida activa.
En principio, en el recambio del modo de producción capitalista ha surgido una nueva situación para el trabajo. La fuerza de las relaciones de solidaridad y reciprocidad, que se había diluido en la competencia del mercado, ahora se actualiza en los viejos vínculos de proximidad, de amistad, de vecindad, que retoman su importancia ensayando nuevas maneras de ser de lo común, restableciendo y transformando lo comunitario.
Surgen mil senderos para vincularse al torrente productivo de la sociedad y para que esa sociedad, que todos los días parece disolverse, se reconstituya una y otra vez. Y su punto de inflexión es suscitar inéditas construcciones de lo común que acentúen la potencia de ser de los humanos e impulsen espacios políticos democráticos, para que todos aprendan a ocuparse de los asuntos comunales y convertirlos en lugares comunes para la emancipación.
Esto tiene que ver con la relación existente entre saberes locales, resistencia y nuevas prácticas sociales para la reinvención del tejido social productivo. Los problemas que deben abordarse desde esta perspectiva no son de poca monta, pues están vinculados primeramente con la conservación de la biodiversidad, entendida esta como la relación construida históricamente entre comunidades locales y el entorno y la ecología política de las organizaciones sociales y comunitarias. Esto hace referencia a las opciones de vida en comunidad que tienen que ver con la relación naturaleza/cultura, y por ende con el lugar y el territorio.
  • La experiencia de Asproinca
Tal es la lógica en que puede leerse la rica experiencia de la Asociación de Productores Indígenas y Campesinos –Asproinca- que desarrolla novedosas prácticas productivas en el norte del departamento de Caldas, en los municipios de Riosucio y Salamina, en Colombia. Allí nos encontramos con manifestaciones de economías en resistencia que basan su fuerza en la cooperación, en la expansión de procesos asociativos y en la creatividad con que sostienen su autonomía frente a los agentes de la guerra.
Uno de los puntos neurálgicos de la experiencia fue la exploración de alternativas tecnológicas adecuadas al contexto cultural y ambiental propio. Eso implicaba la evaluación de los sistemas tradicionales de los productores indígenas y campesinos, lo mismo que el contacto con otros grupos dedicados a la labor del campo. El primer esfuerzo fue entonces construir una visión nueva y propia de la agricultura en la que la dimensión ambiental adquiriese importancia decisiva.
La "revolución verde" fue la respuesta del capitalismo, apoyado en las ciencias positivistas, para llevar a niveles espectaculares de elevación de la productividad en el agro: paquetes tecnológicos que incluían semillas "mejoradas" que imponían normas en la siembra que atentaban contra la variedad de las especies; despliegue de fertilizantes y pesticidas químicos aplicados generalmente por aspersión indiferenciada, contaminando fuentes de agua, animales y poblaciones humanas; sustitución masiva de los abonos naturales (que eran más próximos a los cultivos orgánicos) y mecanización agrícola que introducía maquinaria movida por combustibles fósiles, relegando drásticamente la energía humana y animal con la que había subsistido la agricultura por siglos.
Hacia el año de 1996, Asproinca orientó precisamente su trabajo hacia la formación de capacidades productivas de tipo agroecológico, y para ello decidió adecuar la estructura organizativa y la visión programática de la asociación. Buscaba las unidades microproductivas más flexibles y oportunas para sostener el recambio y corregir el rumbo de los años anteriores en que estuvo inmersa en la onda productivista de la "revolución verde". Del modelo que asumía el grupo comunitario como unidad de trabajo pasó a proponer a la familia y a  la finca como el espacio por excelencia, sin que ello significara el abandono de los grupos de trabajo en el nivel de la vereda o como espacios de intercambio y construcción de solidaridad.
Asproinca fue delimitando y haciendo gradual el tránsito hacia una agricultura ecológica, situándola en un primer momento como el impulso a diversas formas de producción agrícola que no utilizaran productos químicos de síntesis. Progresivamente, los asociados fueron suprimiendo el uso de insumos con mayor potencial de perjuicio al medio ambiente y la salud de los agricultores y los consumidores. Se preocuparon entonces por incrementar el uso del potencial biológico y genético de las especies de plantas y animales y por asegurar la sustentabilidad de los niveles de producción. Fueron entendiendo las limitaciones físicas de las tierras de cultivo y plantearon la eficiencia de la producción como un problema de mejores métodos para el manejo y la conservación del suelo, del agua, de la energía y de los recursos biológicos.
Los sistemas de cultivo de Asproinca descansan en principios como el manejo y la conservación del suelo, la preferencia por el policultivo donde las condiciones lo permiten; la adopción de prácticas de producción limpia y la integración de tipos de distribución cuya base es la producción para el abastecimiento familiar y para el intercambio con los asociados y subsidiariamente la realización de excedentes en el mercado. Cumplen así con un fundamento de autosostenimiento, como base material para la autonomía; pero también despliegan una estrategia blanda para mantenerse al margen del conflicto armado. Esto por cuanto los combatientes usan indiscriminadamente formas de extorsión y chantaje sobre la población, priorizando el allegar recursos monetarios. Al sustraerse al máximo del mercado, los campesinos lanzan el mensaje de que carecen de efectivo para satisfacer las demandas armadas. Lo que hacen es resistir protegiendo la economía de pequeña propiedad basada en el autoconsumo y minimizando su presencia en los circuitos mercantiles.
Se ha conformado una red de intercambio de conocimientos y experiencias, en la que un conjunto de familias aprende con otras, teniendo como apoyo y seguimiento a un grupo base de promotores, surgidos de los mismos campesinos, quienes están encargados de acompañar, capacitar y hacer el seguimiento a los diferentes proyectos. Para Asproinca, la participación de la mujer ha sido decisiva, develándose el antagonismo generado por el patriarcado en una de las regiones más conservadoras y machistas de Colombia2. De manera particular se echó a andar el programa "Mujer y agroecología", en el que, desde una visión de género, se busca construir espacios de equidad y promover la participación de ellas en los distintos niveles de toma de decisiones en la vida de la organización.
En el dominio de la metodología para la planeación de finca, se asume que tal ejercicio debe expresar las expectativas de las mujeres y el desarrollo de sus propios proyectos. Su presencia es fundamental en proyectos de gran creatividad que ellas han liderado, como el de la reapropiación del saber indígena en el uso de yerbas medicinales y aromatizantes. A partir de eso, han impulsado los huertos caseros con el que rememoran saberes medicinales ancestrales y prácticas para la fabricación propia de jabones, champús y esencias aromáticas.
Al mismo tiempo que se desarrollan los diferentes programas, han revivido iniciativas de trabajo asociativo como el "convite" o acuerdo de encuentro de trabajo de un grupo de personas o familias para adelantar una labor de beneficio común o de alguno de sus integrantes. También se practica la modalidad de "mano prestada", por la cual un pequeño grupo organizativo realiza en conjunto su jornada usual de trabajo en la parcela de otro de los asociados. Esta forma de trabajo se va rotando durante los días de la semana por los predios o fincas de cada uno de los participantes. Así se da el mejor aprovechamiento del tiempo y se logran niveles de mayor productividad.
Otra  modalidad de trabajo asociativo es el tener un cultivo o la cría de animales "comunitarios", en el cual cada uno de los participantes o familias del colectivo se turnan con el fin de realizar las labores de cuidado de los mismos. Aquí, además de ganar en la productividad de las pequeñas parcelas, se fortalecen las relaciones de solidaridad, cooperación y reciprocidad que están implicadas en estas prácticas.
Un acontecimiento que cabe destacar de esta experiencia comunitaria es la práctica del "trueque" o intercambio de productos que los campesinos consideren equivalentes. Esto representa otra forma de ruptura con el mercado ya que no media allí la intermediación del dinero o la atribución de un valor monetario al producto de la tierra y del trabajo de las personas. Esto es una manifestación de  la resistencia como un proceso colectivo de autovaloración, de construcción de otros circuitos de valor y significación que le dan sentido concreto a la autonomía.
Dadas las dinámicas en torno a la producción, se plantean cambios en el funcionamiento y en los modos  de relación en la pareja, en la familia, en la vecindad. Hay nuevos lugares para la reconstrucción de relaciones en donde se había naturalizado el patriarcado, sean ellas las de género, o las generacionales (niños-jóvenes-adultos-ancianos) o la de los seres humanos con otras especies y con la tierra.
Los relatos de resistencia de estos experimentados campesinos se articulan con nuevas formas de imaginar lo común, de crear y recrear encuentros novedosos que tienen su punto de partida en otras formas de abordar lo concerniente a la producción material y simbólica de bienes, ideando un espacio-tiempo propio que conjuga signos, significados y subjetividades que fracturan la inercia y el acomodamiento. Aquí, claramente, la resistencia es una exploración atinente a la reexistencia, y de ello forma parte la resignificación del don, expresado en el intercambio generoso de todo tipo de bienes, materiales e inmateriales, que cambia de lugar el gesto sencillo de dar y el recibir.
La vida, como lo demuestran las experiencias de los asociados de Asproinca, es una sucesión de acciones creativas y de producción de novedades. En esa dirección hay que aproximarse a un concepto de la memoria que se deslinde de la idea peregrina de que su objeto es migrar en busca de los recuerdos enterrados en un territorio estático, como verdades preconcebidas. La memoria es la capacidad de actualización de lo que hay de profundo en nuestra sensibilidad, en nuestros orígenes sociales e individuales; la fuerza que nos hace posible traer virtualmente la herencia de nuestros vínculos ancestrales y transformarlos en materia, información y energía de los actos creativos de hoy.
Los problemas que nos plantean experiencias como esta, al lado de muchas otras micro-experiencias productivas de las comunidades resistentes y otras muy consolidadas como las de los indígenas Nasa, se dirigen hacia cómo vislumbrar, conectar y sistematizar este campo nuevo del resistir. Una teoría ecológica, poscapitalista y noviolenta de la producción comienza a anunciarse; en ella es imperativo considerar, de manera integrada, aspectos ecológicos, culturales y productivos-tecnológicos.
Las comunidades locales necesitan hoy en día experimentar con formas productivas y organizativas alternas y, al mismo tiempo, practicar una resistencia cultural frente a la reestructuración de la naturaleza que está siendo efectuada por la ciencia y el capital en su fase cognitiva y depredadora de todo el sistema ecológico de la biosfera. Se trata de resistencias afirmativas que hacen posibles líneas de fuga creativas de los diagramas de la guerra.

Resistencias sociales. Una alternativa no violenta a la guerra. Los Nasa y el zapatismo: un ejercicio analógico. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

Tema 3. Los Nasa y el zapatismo: un ejercicio analógico

Tema 3. Los Nasa y el zapatismo: un ejercicio analógico
Intentemos hacer algunas analogías de las prácticas de vida y resistencia de los Nasa con la experiencia de los neozapatistas de Chiapas. En ese caso, habría que partir del momento en que mutan su estructura político-militar hacia formas completamente civiles y noviolentas de la resistencia.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional -EZLN- nunca ha proclamado la renuncia a la lucha armada. Pero desde esta declaración de junio del 2005, era claro que el Comité Clandestino Revolucionario Indígena -CCRI- y las bases zapatistas decidieron explorar nuevas vías para "construir otra cosa". El viraje del EZLN se da al proclamar la necesidad de afianzar las autonomías rebeldes zapatistas, encarnarlas en las Juntas de Buen Gobierno y luchar por la unidad con otros sectores sociales y políticos de todo México. Esto porque, según la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, lo zapatistas: "(…) están aprendiendo que hay muchos mundos y que todos tienen su lugar, su tiempo y su modo, y así hay que respetarse mutuamente entre todos" (CCRI-CG del EZLN, enero de 1995, II. De dónde estamos ahora… párr. 7). Pero, además, el cambio se expresa en señalar que "(…) lo que vamos  hacer en México y el mundo lo vamos a hacer sin armas, con un movimiento civil y pacífico, y sin descuidar ni dejar de apoyar a nuestras comunidades" (enlacezapatista.org.mex, VI. De cómo lo vamos a hacer, párr. 5).
Es de mucho interés hacer el seguimiento de la evolución de las políticas del zapatismo. Una forma de seguir la huella de los casi 20 años de acción pública del EZLN es la prosa profunda y poética de uno de su personajes emblemáticos, el Subcomandante Marcos, a quien los indígenas chiapanecos llaman abreviadamente "el Sup". Este intelectual que hizo parte de la guerrilla foquista marxista que arribó en 1984 a las selvas del suroeste mexicano y luego se reconvirtió en el neozapatismo que ahora se conoce, consiguió el prodigio de generar uno de los fenómenos de novedosa conducción de procesos sociales y de su exitosa comunicación mediática.
Marcos señala que durante los diez años de instauración en la zona, los guerrilleros necesitaron de un ejercicio de traducción y adaptación de sus discursos para ser entendidos por los indígenas. El "viejo Antonio", un indígena sabio y desconfiado que se toparon en sus correrías, fue el personaje que les sirvió para ello. A través de símbolos como éste consiguieron entender las lógicas propias de la cultura indígena y renunciar a la pretensión de que las comunidades asumieran el discurso guerrillero y se incorporaran a él y resultaron, en cambio, poniéndose al servicio de las dinámicas propias de la insurgencia indígena.
Luego de la incursión zapatista en San Cristóbal de las Casas en el amanecer de 1994, Marcos se convirtió en el traductor del movimiento hacia México y el mundo. Y una de las cosas decisivas que ha tenido que hacer es propiciar la apertura hacia el conjunto de las sociedades en México, Latinoamérica y otras partes del planeta. Tal vez el punto crucial en esta deriva ha sido el difícil reconocimiento por parte de los zapatistas de que, como sugiere Le Bot (1997), la insurrección armada debía abrir paso cuanto antes a la acción política desarmada. El devenir del zapatismo de finales de los noventas fue entonces que: "El proyecto político-militar había cedido el lugar a un movimiento comunitario armado que busca, a su vez, transformarse en un movimiento civil" (p. 68). Y en efecto, el EZLN dejó muy pronto de actuar como una guerrilla para centrarse en trabajar por acontecimientos micropolíticos de transformación de las comunidades.
El proyecto político zapatista muta con frecuencia en sus modalidades porque está abierto a la incertidumbre ("Bienvenidos a la indefinición" proclama Marcos), pero se abre a una constante búsqueda en lo más concreto y en lo más sencillo que propicie los cambios profundos en la vida de las comunidades. En adelante, su preocupación será potenciar su fuerza y permitirse a sí mismas descubrir el mundo de la "otra" política, hacer emerger sus prácticas, reinventar la democracia, cuestionar los poderes opresores.
También era necesario deslindarse definitivamente de la vieja izquierda y, sobre todo, de las viejas guerrillas, esas que acusaron a los zapatistas de ser poco serios porque la política, según ellos: "no puede ser la continuación de la poesía por otros medios" (Le Bot, 1997, p, 79-81). Sin embargo, las guerrillas tradicionales, esas mismas que por tantos años han subsistido en Colombia, tienen poco que decir, al lado de la enorme producción de sentido de la política innovadora que han dado los zapatistas. Seguramente porque, como bien lo interpretaba Régis Debray (1996), el neozapatismo es un retorno a lo esencial: la resistencia.
Han habido seis declaraciones de la selva Lacandona: la primera (enero de 1994) es la que acompaña la toma militar de San Cristóbal. Allí se constata que hay un desgarramiento irreversible de la sociedad mexicana y la necesidad de que los indígenas actúen para garantizar la propia vida.
La segunda (junio de 1994) fue la convocatoria a la sociedad civil con el fin de realizar "un esfuerzo civil y pacífico, a través de la Convención Nacional Democrática, para lograr los cambios profundos que la Nación demanda". Esto se hacía reconociendo principalmente que fue ella, la sociedad de "los de afuera", la fuerza que detuvo la guerra y presionó al Gobierno a declarar el cese unilateral del fuego y la oferta de amnistía.
La tercera (enero de 1995) reclama la autonomía indígena, recalcando que es necesario reconocer "(…) las características propias en su organización social, cultural y política. Las autonomías no son separación, son integración de las minorías (…) (CCRI-CG del EZLN, enero de 1995, párr. 13)". Además, proponen crear un Movimiento para la Liberación Nacional.
La cuarta declaración (enero de 1996) denuncia el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés y plantea tres grandes iniciativas: la convocatoria de un encuentro intercontinental en contra del neoliberalismo, la constitución de comités cívicos de diálogo social y "(…) la construcción de nuevos Aguascalientes como lugares de encuentro entre la sociedad civil y el zapatismo". Todo ello confluye en la construcción de una nueva fuerza política nacional: "(…) el Frente Zapatista de Liberación Nacional organización civil y pacífica, independiente y democrática, mexicana y nacional, que lucha por la democracia, la libertad y la justicia en México" (CCRI-CG del EZLN, enero de 1996, II párr. 1).
La quinta declaración (julio de 1998) es la explicación de su silencio resistente con el lema de "Contra la guerra, no otra guerra sino la misma resistencia digna y silenciosa". Aquí ya se va consumando el viraje hacia la priorización de las formas de resistencia pacíficas, hacia la propugnación de estrategias para evitar el choque directo con el aparato militar del Estado y, más bien, de propender por generar el gran vacío hacia los poderes centrales.
En cada momento se pueden identificar los cambios que van apareciendo y que no son producto de una estrategia definida desde el principio del levantamiento, sino que se van implementando con creatividad y no pocos errores y tropiezos. De todas maneras sí se puede identificar un hilo conductor: un paulatino abandono de la estructura militar y una concentración en la producción de la "nueva política" enfocada en los procesos comunitarios, en su traducción en acción social y política desarmada, hacia lo que Marcos llama "el zapatismo civil" y el "zapatismo social", un zapatismo que ya no es el EZLN o no se reduce al EZLN (Marcos en Le Bot, 1997, p. 223).
Esto es especialmente evidente desde la Cuarta Declaración cuando se llama a la constitución de más y más "Aguascalientes". La inserción comunitaria, la transformación de una política y una economía de guerra hacia formas de vida dignas y desmilitarizadas, decididas y controladas no por una estructura de mando, sino por una democracia comunitaria. Y esto exige que el EZLN desaparezca más pronto que tarde como fuerza armada. Los primeros en aceptar esto son los dirigentes zapatistas y por ello ponen en juego todas sus fuerzas en la apuesta por las comunidades autónomas zapatistas.
En el año 2003, los "Aguascalientes" (creados en 1996) se transforman en "Caracoles", que se establecen como territorios organizativos de las comunidades zapatistas y que agrupan varios municipios rebeldes. Este es quizás el acontecimiento micropolítico más impactante y potente del proceso zapatista, pues es lo intempestivo, indicativo del paso hacia comunidades liberadas, hacia experiencias de "pueblos-gobiernos" fundados en la creatividad y cada vez más emancipados del aparato propiamente militar del EZLN, con total consentimiento de este.
En la tradición maya, el caracol expresa la relación entre la luna y el agua y simboliza el renacimiento, la gestación (recuérdese la idea de los Nasa de la resistencia como un nuevo nacimiento). Es una manifestación de lo que ya se engendró pero aún está en proceso de parto; aunque no se ve en toda su dimensión, ya existe, comienza a tomar cuerpo y: "(…) precisamente lo que imaginaron se descubre en un arroyo, donde el agua se hace remolino y en su centro la luna titula su danza deforme. Un remolino… o un caracol". (Michel, 2004, Resistencia como… párr. 3). La forma del caracol es además rizomática, avanza superficial y lentamente con movimientos hacia adentro y hacia afuera, como una cinta de Moebius y permite la comunicación a distancia, pues con solo escuchar su interior se pueden ver mundos lejanos. Esta asociación es pensada en clave de consolidación de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ). Los caracoles serán regidos por Juntas de Buen Gobierno.
Los municipios no responden a la división administrativa estatal; son agrupaciones de comunidades que se van integrando alrededor de prácticas comunes que se expresan en instancias regionales, que conforman los municipios autónomos. En este nivel, cada comunidad tiene su delegado. Por encima existe una instancia más, la zonal, que integra grupos y regiones. En cada uno de los municipios autónomos rebeldes hay un lema que preside las sesiones de las juntas: "Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece". El que falla en sus responsabilidades es removido de su cargo.
En todo caso, todos los comuneros tendrán que pasar en algún momento por esas posiciones, por cuanto son rotativas y sin remuneración. A esto es a lo que los zapatistas llaman "mandar obedeciendo". Los MAREZ se agrupan entonces en cinco grandes caracoles que ofician también como sedes de los autogobiernos y centros de encuentro cultural y político. Ya se cumplieron 10 años de funcionamiento de estas experiencias de ejercicio del poder micropolítico de las comunidades que asumen la gestión de la salud y la educación, que construyen y administran hospitales, que despliegan campañas de saneamiento básico y de salud preventiva en estos territorios asolados por la pobreza.
Los consejos de los MAREZ organizan la construcción de escuelas y las campañas contra el analfabetismo, además, supervisan los contenidos curriculares. Asimismo, intervienen en problemas de tierras, dirimen los conflictos que surgen en el trabajo, definen asuntos relacionados con el comercio, la nutrición, la siembra de alimentos, la construcción de viviendas, la cultura y la justicia, y velan por el cumplimiento de la ley de las mujeres. Por su parte, las Juntas de Buen Gobierno –integradas por uno o dos delegados de cada uno de los Consejos Autónomos de la zona– asumen todas estas labores derivadas de su condición autonómica y las tareas de comunicación y relacionamiento con las organizaciones y personas solidarias de México y el mundo.
Estos son los instrumentos zapatistas para ir al encuentro de su propio camino que ha puesto su mayor atención en la educación de los niños y de los más jóvenes, instaurando un Sistema Educativo Rebelde Autónomo Zapatista de Liberación Nacional. Su lema: "educación en resistencia, esa es nuestra ciencia".1 La decisiva importancia de la resistencia en el terreno educativo en la perspectiva de la construcción de nuevos modos de vida es realzada en aquellas comunidades que centran parte de su lucha en el rescate de la identidad.
Al igual que los Nasa, los zapatistas de Chiapas trabajan por la autonomía cultural volviendo a sembrar las diferentes lenguas, esas que nunca existieron para los colonizadores, tanto como se hicieron invisibles sus rostros del color de la tierra. Entonces el proceso de emancipación pasa por el renacer del orgullo por lo propio, como aspecto sustantivo de la creación de capacidades para ejercer la democracia. Otras dimensiones son las relativas a una plena participación en los procesos productivos, en la mejora de los suelos y la comprensión de la dimensión agroecológica de su relación con la tierra.
Los autogobiernos además ganan cada vez mayor influencia en los procesos de intercambio mercantil usando como método de resistencia, ante las relaciones asimétricas del mercado, la reivindicación de un "comercio justo" y la creación de redes de productores y de mercados locales. Pero, sin duda, las comunidades caucanas y las chiapanecas han decidido hacer de la educación el principal campo micropolítico de lucha.
El alzamiento educativo, como lo llamaron los zapatistas, ha sido una marcha constante por la apropiación crítica del sistema de formación de las nuevas generaciones y por la instauración de una educación permanente de las comunidades. Ello implica establecer la autonomía frente al sistema escolar estatal y eclesial que dominaron la esfera educativa por centurias. Para el caso de los Nasa,  conseguir que sean las organizaciones indígenas (CRIC y ACIN) las gestoras directas de su sistema educativo y que desde allí pudieran ejercer la dirección política y pedagógica de manera original y calificada, conduce a una ruptura con la lógica de las relaciones establecidas por el campo educativo nacional hegemónico. Por eso, Christian Gros ya avistaba que la experiencia del CRIC en este terreno había cumplido un "papel relevante en el proceso de movilización cultural (de politización de las identidades)" (Gros, 2000, p. 195).
Al producir una grieta en el sistema educativo hegemónico, se replantean las relaciones de poder y se da una emergencia de un espacio por fuera del dominio estatal, apropiándose del diseño de los contenidos curriculares, imponiendo la educación en lengua materna, sin renunciar del bilingüismo, recomponiendo el modelo de selección y subordinación del cuerpo docente a la comunidad y pugnando por una educación al servicio de las necesidades populares en clave de resistencia y dignidad.
El triunfo de los dominados no es la derrota física de los opresores, sino la demostración de que, pese al yugo colonial, están en condiciones de salir de la abyección en la que quisieron ser mantenidos. La educación autónoma lleva a la superficie todas las potencialidades latentes en el alma indígena.
 Allí se formulan y reproducen los patrones básicos de la resistencia cultural. La educación emancipada permite la apropiación social del arte del resistir por parte de los, antes, subordinados, y relacionarlas con su matriz cultural, permitiendo hacer visibles las relaciones de poder que están en juego. A un nivel más elevado se constata la idea de James Scott (2003) de que "(…) una subcultura de la resistencia o una contra-costumbre es forzosamente un producto de la solidaridad entre subordinados" (p. 175).
En 2013, los zapatistas dan un paso adelante en la perspectiva de la educación como aprendizaje colectivo, no solo de las comunidades indígenas, sino de la apertura generosa de sus saberes a los pueblos solidarios del mundo. Organizan el proyecto de "Escuelita zapatista", como un espacio para que los grupos de todo el territorio mexicano y los simpatizantes de diversos países compartan con las comunidades sus propuestas para "aprender a aprender", particularmente de las formas como se construye la autonomía. Esta vez los zapatistas recibieron a más de 1.700 personas provenientes de muchos rincones para compartir con ellos su sabiduría en la lucha contra el neoliberalismo y, ante todo, para mostrarles como han desplegado su fuerza micropolítica en la creación de formas cooperativas de producción y distribución, así como sus avances en la revolución educativa y sanitaria.
Igualmente, se dialoga sobre el papel de las mujeres, la Ley Revolucionaria de las Mujeres, su participación proporcional en las Juntas de Buen Gobierno, su rol como promotoras de salud, educación y agentes de justicia. "Cada uno de los alumnos tuvo un votán (guardián en tzeltal) que lo acompañaba y cuidada en todo momento, y a los alumnos, además de escuchar a los maestros de la zona, les tocó sembrar maíz y frijol, y recoger caracoles de los ríos", informa uno de los asistentes a los medios de comunicación alternativos presentes. Los "Votán-Zapata" son figuras equivalentes a la "guardia indígena" nasa. Justamente una asistente nasa a esta experiencia, Vilma Almendra del Tejido de Comunicación ACIN, afirma que: "la Escuelita zapatista (…fue…) el territorio que nos recibió y la comunidad que nos acogió".
Como cuenta Vilma, el mayor aprendizaje se dio en torno a la comensalidad, al trabajo colectivo, a la compañía solidaria y a las lecturas. Fue una evasión del sistema educativo escolarizado dominante. Aquí nadie enseña, es una comunidad de aprendientes en una escuela mundial de formación política.
Para los resistentes de otras partes del mundo la lección aprendida es sin igual. Las gigantescas movilizaciones en Europa del Sur en 2011 contra el modelo de ajuste estructural no han podido ser repetidas: la sociedad de esos países sigue resintiendo la intensidad de la gobernanza neoliberal. Está la indignación como forma de resistencia, pero no han aparecido claves de sustentabilidad de los espacios de resistencia.
Algo similar ha ocurrido con las primaveras árabes de África del Norte, donde las explosiones micropolíticas fueron rápidamente copadas por estructuras partidistas, codificadas en clave de representación, o en otros casos, aún peor, fueron derrotadas por golpes de Estado sangrientos. En cambio, el zapatismo vive y se consolida mutando permanentemente. Ahora en la forma de "Escuelitas zapatistas" en donde se aprende a transformar desde lo pequeño y cotidiano, y no en lo que pueda pedirse o esperarse del Estado.
La potencia micropolítica de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno, así como de los Municipios Autónomos, se agiganta con el reconocimiento que el EZLN hace del conflicto entre la estructura político-militar del zapatismo y la decisión de autonomía de las formas comunitarias. Lo importante es la rectificación que implica la política de Caracoles para la organización territorial rebelde. El mando del EZLN renuncia a ejercer la vocería del proceso; esta debe ser llevada directamente por los responsables de los gobiernos autónomos
 
También se puede intentar "otra" política de representación. La experiencia zapatista de la "otra Campaña"
Las mingas de los Nasa y otros pueblos indígenas han sido el enlace entre la micropolítica de los planes de vida y de la autoafirmación cultural y sus expresiones macropolíticas, en el Cauca colombiano. Aunque los indígenas han hecho diversas incursiones electorales y han conseguido cargos de representación, no ha sido ese el escenario principal de su acción macro hacia la sociedad mayoritaria.
Sus propuestas de alianzas con otros sectores y su vocación de mediación pacífica del conflicto armado han estado apoyadas en su fuerza telúrica, constituida en los escenarios micropolíticos y dinamizada por la desterritorialización implicada en la potencia misma de sus mingas. Su arte de gobierno está relacionado con los cabildos y con el nombramiento y la rotación de sus autoridades territoriales, antes que en las instituciones estatales de representación.
En la coyuntura electoral de 2013, el Movimiento Alternativo Indígena y Social (Mais), con el apoyo de organizaciones sociales indígenas, decidió postular al curtido líder Feliciano Valencia como candidato presidencial y está metido en el juego de alianzas de la izquierda electoral. Este gesto junto al intento fallido de Aída Quilcué en las elecciones parlamentarias de 2010 para intentar llegar a la Cámara de Representantes son un síntoma de las búsquedas de sectores asociados a la resistencia indígena de ensayar espacios macropolíticos. Hasta ahora esto no ha producido escisiones la interior del movimiento, pero sí hay sectores muy críticos que ven en esto un gran riesgo de cooptación.
La experiencia zapatista, sin duda aporta otras perspectivas a las búsquedas sobre cómo aprender a usar los espacios macropolíticos de representación. Como los Nasa, los zapatistas han probado modalidades desterritorializadas de acción política, buscando ampliar los horizontes de sus logros micropolíticos en novedosas formas de contacto con la sociedad mayor. Dos grandes acciones están en esa dirección: la "Marcha de los 1.111", en 1997, y la "Marcha del Color de la Tierra", en 2001.
El 22 de agosto de 1997, el Comité Clandestino Revolucionario Indígena - Comandancia General señaló en un comunicado que: "El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en demanda del cumplimiento de los acuerdos de San Andrés y en contra de la militarización de las zonas indígenas, marchará a la ciudad de México con 1.111 pueblos zapatistas". En efecto, este número de delegados indígenas sale con sus emblemáticas capuchas en septiembre, desde Chiapas, pasan por Oaxaca, Puebla, Morelos y llegan al Zócalo del Distrito Federal. Allí son recibidos por una multitud de simpatizantes. Quieren dar testimonio de resistencia y de no rendición. Es la primera vez que unos guerreros pacíficos encapuchados atraviesan medio México para hacer caminar la palabra.
El 1 de diciembre de 2000, la comandancia zapatista informó que realizaría la Marcha del Color de la Tierra hacia Ciudad de México para exigir el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés. Fue una irrupción colorida, encabezada por Marcos, que por primera vez dejaba el territorio zapatista. La caravana que los conducía a la capital pasó por innumerables poblados durante las dos semanas de recorrido. En todas partes una muchedumbre los acogía. El 11 de marzo del 2001, un millón de personas les dio la bienvenida en el Zócalo. El EZLN había conseguido un triunfo mediático y usaba de nuevo toda su capacidad de innovación para, esta vez, abrir la compuerta de la macropolítica usando todo su poder para el desconcierto.
Parecían decirnos que "Las cosas nunca pasan allí donde se cree que van a pasar, ni por los caminos que se espera". (Deleuze, 1980, p. 76). Su inesperada maniobra cambiaba la escena y conseguía activar imaginarios de lucha en todas las capas de la población. El 24 de febrero de 2001, las palabras del comunicado del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del EZLN, que convocaban a la Marcha de la Dignidad, alentaron estas esperanzas de cambio:
(…) el día de hoy la dignidad es quien toma, con nuestras manos, esta bandera. Hasta ahora no hay un lugar en ella para nosotros, los que somos el color de la tierra. La nuestra es la marcha de la dignidad indígena (…) la marcha de quienes somos el color de la tierra y la marcha de los todos que son todos los colores del corazón de la tierra". (Palabra.ezln.or, 2001).
La Campaña por la Dignidad había sido preparada minuciosamente. Habían sido previamente invitados contingentes de muchos países del mundo. Solo de Italia arribaron unos 250 simpatizantes. Varios intelectuales europeos estaban dentro de los concurrentes: José Saramago, Danielle Miterrand, José Bové, Manuel Vázquez Montalbán, Alain Touraine, Noam Chomsky y Eduardo Galeano también manifestaron su apoyo y compromiso con los zapatistas. Esta fue la última acción en gran formato que el EZLN hizo para aprestar a la sociedad civil mexicana e internacional para acciones conjuntas de gran envergadura. Apenas unos días después (28 de abril) el EZLN declaró rotos los diálogos con el Gobierno ante la aprobación de una "Ley indígena" que desconocía los Acuerdos de San Andrés.
Durante los cinco años posteriores, el EZLN se dedicó a perfilar su autotransformación, a consolidar su paso de la insurrección armada a la resistencia social pacífica, a profundizar la ruptura con la vieja izquierda, sin abandonar las posturas revolucionarias, anticapitalistas, en contra del neoliberalismo y por la fundación de una sociedad basada en la diferencia cultural y en la potencia de base. Su énfasis en trabajar por acontecimientos micropolíticos los acabó de persuadir de la necesidad de abandonar cualquier lógica afín a los partidos políticos tradicionales, la urgencia de renunciar completamente a algo que pudiera parecerse al juego electoral hegemónico, en el que se reproducían todos los vicios y vacuidades de la política de representación.
El 1 de enero de 2006 se inicia la "Otra campaña", concebida en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y caracterizada como de construcción de relaciones de lucha con otros, por abajo y a la izquierda", abriendo espacios de encuentro de los diferentes sectores sociales. Era una campaña de escucha para aprender y valorar la situación del país. Como era la instauración de una nueva manera de hacer la "gran política", lo primero fue purgarla de cualquier pretensión electoral. Y la nueva forma de hacer política era renunciar a las promesas y dedicarse a escuchar sin esperar nada a cambio.
Se llamaba la "Otra campaña" porque era paralela a las campañas de los partidos hacia las elecciones de julio de ese año. El Subcomandante Marcos es designado el "Delegado Zero". "En México, vamos a caminar por todo el país, por las ruinas que ha dejado la guerra neoliberal y por las resistencias que, atrincheradas, en él florecen", dijo entonces el EZLN (E.Z.L.N., junio de 2005, p. 37). Ahora van a actuar por los caminos de México como un colectivo de indignados.
El "Delegado Zero" y su equipo escucharon a la gente de 31 Estados y del Distrito Federal; se reunieron con las más variadas comunidades, incluyendo algunas de migrantes en los Estados Unidos. Se calcula que establecieron diálogo directo con 1.036 organizaciones políticas, indígenas, sociales, no gubernamentales, grupos y colectivos adherentes, todos de "abajo y a la izquierda". El mensaje, que se situaba al margen de todo partido existente, incluido el izquierdista PRD de López Obrador, era sencillo: "El proceso electoral ya empezó y alguien les va a venir a decir que si lo apoyan les va a resolver todo. Nosotros les venimos a decir que no les vamos a resolver absolutamente nada ni les venimos a traer soluciones, sino problemas", y a renovarles la invitación a la unidad de todos "los que se están alzando en otras partes del país para construir el nuevo México" (lapoderosa.org.ar, 6 de noviembre de 2009, párr. 3).
La "Otra campaña" realizó una Segunda Plenaria Nacional de adherentes, en la víspera de las elecciones presidenciales (30 de junio de 2006) en Ciudad de México. Allí, el Subcomandante Insurgente Marcos informó que hasta ese momento 72 organizaciones políticas de izquierda, 136 pueblos indios, 263 organizaciones sociales, 724 grupos y colectivos y 3 mil 695 personas de todo el país habían suscrito la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Se había creado un gran movimiento político nacional con un vasto apoyo internacional (La Jornada, junio de 2006).
Ya para entonces las encuestas señalaban a Marcos con un 20% de popularidad si decidiera lanzarse a la presidencia. Por supuesto, esa no era su intención, pues lo que habían conseguido con la "Otra campaña" era crear un frente de fuerzas que se planteaban con seriedad renovar la macropolítica mexicana, partiendo de la recomposición micropolítica que habían suscitado. Se trataría de una política fundada en la solidaridad que apuesta por abrir espacios "a los de abajo" pero también a los de en medio; que se propuso airear la corrupta política partidista de México.
Que dos movimientos de origen indígena se hayan logrado abrir paso en el terreno minado de la macropolítica de representación es un síntoma de gran fortaleza política, ética y de la existencia de fuerzas que podrían renovar estos campos que han sido copados por la hegemonía tradicional. La estrategia de paz de los indígenas Nasa construyó a fondo el dispositivo de la autonomía de los territorios ancestrales. Desde allí hizo renacer formas de democracia comunitaria con suficiente fuerza para resistir el dictado de la guerra que ordena abandonar los territorios, consiguió la cohesión que provee la autonomía y la politización transformadora de las formas de existencia.
Los zapatistas son un ejemplo muy avanzado de creatividad y resistencia multimodal. También para ellos el territorio es la plataforma que agrupa todas las fuerzas del resistir al convocar la potencia vital que da la tierra a quienes establecen una relación profunda con ella. Les va la vida en ello. Unos y otros han aprovechado la energía que han desatado para aportar el aire fresco de sus nuevas prácticas a la renovación de todas las formas de hacer política. Las mingas de los Nasa, la "Campaña del color de la tierra" o la "Otra campaña" de los zapatistas son una sinfonía que armoniza la emergencia de la multiplicidad política. Forman parte de su repertorio para no perecer ante las amenazas de una fuerza aplastante. Son resistencias sociales que han descubierto la Noviolencia y que han hecho aperturas trascendentales para la configuración del nuevo campo del pacifismo en el mundo.
1. Así lo enuncia el SERAZ de los Altos de Chiapas. Ver: http://www.serazln-altos.org

Resistencias sociales. Una alternativa no violenta a la guerra. Los indígenas Nasa y la primacía de la vida como acto de creación. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

Tema 2. Los indígenas Nasa y la primacía de la vida como acto de creación

La perspectiva de la resistencia noviolenta se basa en la primacía de la vida y en la afirmación de que "la vida misma es resistencia". Como señalé en otro texto: "La resistencia es un impulso vital y, como tal, está ligada profundamente a todos los procesos productores de vida. En este sentido, la resistencia es siempre anterior a la dominación, siempre es primera, es seminal" (Useche, 2008, p. 260).
Es decir, se resiste acogiendo la multiplicidad de la vida, retomando la memoria de la lucha; por eso las mujeres nasas convocan sus mitos para deslindar campos con los relatos impuestos por la dominación religiosa que enseñaba la existencia de un solo dios patriarcal. Para los Nasa, la cacica María Mandiguagua, en la dura época de la conquista: "(…) recordó a las comunidades de ese entonces que desde la creación del mundo Nasa, nuestro mundo espiritual no es solo masculino es Thai y Huma, es femenino y masculino" (Tróchez, 2005, p.3).
La resistencia es entonces un mandato de la vida que fluye, es tan natural y decisiva como el tremor de la tierra ante los embates de fuerzas que intentan cambiar su curso e impedir que se afiance en su naturaleza de ser.
La tierra es la primera piedra de toque para poder comprender la lucha indígena, así definida por Aida Quilque, la mujer nasa que asumió la vocería de la inmensa movilización del 2008 que se denominó la "Minga de los pueblos por la vida": "Los pueblos indígenas (…) nos identificamos con la madre tierra porque es el legado o el principio de la vida para nosotros, en donde se desarrolla la armonía, el equilibrio, la autonomía, la autoridad, el proceso de organización (...)" (Pacifistas sin fronteras [productor], 2009).
La autonomía de los territorios indígenas es amenazada a diario por todos los actores armados que infligen numerosos atentados contra la vida y la dignidad de estos pueblos. La resistencia se ha hecho, por tanto, una indispensable forma de vida de las comunidades indígenas de estos territorios. El resistir se ha expresado en ese conjunto de acciones con las que han canalizado sus demandas, afirmado sus fuerzas comunitarias y conseguido cambiar el escenario macropolítico en torno a los problemas de la tierra y el territorio.  En ella, acumulan toda la experiencia de la lucha contra la dominación española y contra los gobiernos republicanos que los mantuvieron en situación de servidumbre y continuaron arrinconándolos en las breñas de las montañas, mientras los sometían al despojo. De ahí que no dejen de evocar a Juan Tama y a Manuel Quintín Lame.
Por eso, los indígenas se han levantado en resistencia contra la guerra que ha alterado significativamente su noción de autonomía en el uso y propiedad de la tierra. El conflicto armado ha buscado impedir su movilización -usando contra ellos estrategias como el confinamiento- o ha asesinado a sus líderes y desplazado a sus comunidades, amenazando directamente su relación ancestral con el territorio que no es otra cosa que lo que hace posible su vida, en el que se desarrolla su memoria y aprendizaje colectivos, el que permite la cohesión de sus pueblos y el equilibrio con la naturaleza.
La minga como forma del poder de resistencia reactualizada por los indígenas
La creatividad de las comunidades nasa se ha manifestado en reactualizar formas tradicionales de trabajo colectivo como la minga  y convertirlas en prácticas de obstrucción de las estrategias de la guerra. La minga (derivada del vocablo minka en quechua) es una antigua tradición de trabajo comunitario que busca el bien colectivo a través de la confluencia de brazos, actividad común que aún es frecuente en toda la zona andina americana. Se trata de una práctica solidaria que implica niveles básicos y eficientes de organización para desarrollar una tarea cuyo esfuerzo se ve compensado por el rápido avance en una obra u objetivo y que se transforma en una fiesta a la vida, al amor y al compañerismo.
Los indígenas nasa la han resignificado como una de sus principales formas de resistencia en la que ningún miembro de la comunidad se exime de participar. Cuando se expresa como confluencia de movilizaciones y se despliega en marchas que unen pueblos y concluyen en enormes asambleas en centros urbanos o en lugares sagrados, se ve desfilar a jóvenes, mujeres, niños, mayores, líderes, en un desplazamiento de gran organización y sincronía en el que se retorna fugazmente al nomadismo que despliega la estrategia del caracol, pues cada quien se moviliza con su casa a cuestas. La seguridad y los ritmos de la organización le son encomendados a un  cuerpo pacífico de jóvenes que actúan como "guardia indígena", según se les conoce públicamente, pero que ellos prefieren denominar Kiwe Thëgu -el que mira la tierra-, a quienes la comunidad inviste de autoridad transitoria.
El centro de la lucha es la recuperación de sus territorios existenciales. Uno de los objetivos principales es evitar el desplazamiento forzado, o sea, resistirse a ser conducidos por los actores armados a la condición de refugiados internos. La defensa del Resguardo es vital para la comunidad, por eso intentan preservarlo y hacerlo visible como un espacio intocable por las fuerzas de la guerra, conminando a los actores armados para que no lo utilicen como escenario de combates.
La autonomía surge y se va configurando del conglomerado de acciones autoafirmativas alrededor de las cuales no se pretende solo ensamblar una serie de demandas reivindicativas, generalmente dirigidas al Estado, sino que se plantea abiertamente la institución de formas de autogobierno. Es decir, al calor de las subjetividades que circulan en las luchas concretas, en el intercambio de saberes comunitarios y de apertura a otros mundos se van autoconstituyendo los nuevos sujetos de las autonomías.
A modo de ejemplo de cómo se desarrollan las mingas, el 12 de octubre de 2008 los indígenas del Cauca bajaron de sus montañas para tomarse otra vez la carretera Panamericana (entre Cali y Popayán), en un despliegue de organización y solidaridad que buscaba hacer cumplir los acuerdos de la minga del 2004. La carretera fue ocupada por 12.000 indígenas "mingueros" que "caminaban la palabra", inspirados en sus propias regulaciones culturales y en su política de autocuidado pacífico gestionada por los Kiwe Thëgu (Guardia Indígena).
La minga que comenzó ese octubre tuvo varias etapas: la marcha hacia Cali, la defensa del Resguardo La María, la obligada concurrencia del Presidente al territorio de convivencia, diálogo y negociación y la marcha a Bogotá. En esta inmensa movilización de todo un pueblo (recuérdese que marchan las comunidades enteras) se denunciaba el incumplimiento (o cumplimiento parcial y en tiempos muy por encima de los pactados)  de la casi totalidad de los más de 2.000 compromisos suscritos por diferentes gobiernos desde 1988.
También se indicaba la agudización de las violaciones a los derechos humanos de las poblaciones y se reclamaba un punto de dignidad: el Gobierno y los grandes medios de comunicación no podían continuar asociando la lucha indígena con hechos de delincuencia o terrorismo. Era necesaria una declaración formal del Estado en que se los desligaba de estas acusaciones; era una reparación mínima. Para eso era indispensable la comparecencia del Presidente.
La presión de la minga en las carreteras, la represión que había dejado 120 heridos y un indígena muerto, la ocupación militar de La María y el rechazo de un creciente sector de la opinión pública, dejó al Gobierno sin argumentos para evadir el citatorio. El manejo en el campo macropolítico de los indígenas en esta aspecto había sido impecable. Uribe intentó maniobrar llegando varias horas tarde al sitio inicialmente acordado en Cali, a su arribo ya los indígenas habían decidido retirarse. Finalmente, el 2 de noviembre de 2008 se dio el encuentro ante una audiencia multitudinaria. El forcejeo del Presidente -que quiso convertir el encuentro en uno de sus "Consejos comunitarios"- con los indígenas, que querían un debate abierto al que llamaron "Encuentro por la verdad", lo ganaron los indígenas.
Fue el encuentro de dos Colombias que debatieron "cara a cara", como quería Aida Quilcué, la Consejera Mayor del CRIC. En este país desgarrado "hemos sido gente de paz que hemos luchado por los derechos y confrontado un modelo de sociedad y de desarrollo", dijo Luis Evelis Andrade, Presidente de la Onic. Pero la paz no puede funcionar bajo el concepto dominante que se ejerce en nombre de mayorías, porque uno de los problemas que ha generado el conflicto es la exclusión de las minorías, así como se ha hecho con los pueblos indígenas, concluyó.
Las comunidades son reacias a los sistemas de representación, a las comisiones, a los delegados para concertar pactos. Los acuerdos deben darse ante la gente que es quien la legitima en ese mecanismo de democracia asamblearia. Uribe resintió la derrota política que significó aceptar el escenario definido por los indígenas, que impusieron su territorio como lugar de discusión y negociación, pero no se replegó en sus posiciones negándose a otorgar concesiones importantes.
La minga entonces continuó en su marcha a Bogotá. Feliciano Valencia le había dicho en La María al Presidente: "Los procesos de resistencia pacífica no se detienen hasta no ver nuestra tierra libre y en paz; hasta entonces los pueblos indígenas no vamos a dejar de declararnos en resistencia". Otro "pecado" del gobierno de Uribe era que se había negado a ratificar sin reservas la "Declaración Universal de los Pueblos" de la ONU, tal como se lo exigía la Minga. Para justificar este desmán, había mantenido dos objeciones que eran inaceptables para los indígenas: el retiro de la fuerza pública de los territorios ancestrales, para él era un problema de soberanía). Tampoco aceptaba que la propiedad del subsuelo en sus territorios pertenezca a los Resguardos. Entonces, como dice el himno Nasa, que resonó al lado del himno nacional durante la comparecencia de Uribe: "Seguiremos peleando mientras no se apague el sol".
El concepto de "caminar la palabra" fue acuñado por la minga indígena para significar el movimiento que implica tejer este tipo de acción, en donde se asume la resistencia como un devenir que se va constituyendo, que se va ejerciendo en el acto mismo del resistir. Esto quiere decir volver una y otra vez sobre la Minga, que cada vez adopta una denominación y una forma distintas, que muta, que se desplaza, que se entrelaza con otras resistencias.
Así, en el Cauca, como respuesta a la intensificación de la guerra en sus territorios en donde, según las organizaciones indígenas, se preparaba una "enorme batalla de incalculables consecuencias para la población" (Servindi org., 22 de julio de 2011, párr. 5), el Cric convoca en Toribío (uno de los municipios más afectados por el la militarización y el uso de bombardeos indiscriminados) la "Minga de resistencia por la autonomía y la armonía territorial y por el cese de la guerra"  (Servindi org., 22 de julio de 2011, Pronunciamiento, párr. 2), en el 2011.
Los objetivos en este caso eran ambiciosos: exigir el desmonte de bases y campamentos militares en territorio nasa y si esto no se hacía por la propia voluntad de los armados, entonces iniciar "(…) acciones hacia el desmonte de las trincheras  y bases de la Policía y el Ejército, y simultáneamente  de los campamentos de las Farc que se encuentren en medio de la población civil" (Autoridades Tradicionales de los Cabildos Indígenas de Toribío, Tacueyó y San Francisco,7 de mayo de 2013, párr. 9).
Además, esta minga de resistencia exigía el cese inmediato de prácticas prohibidas por el Derecho Internacional Humanitario como el reclutamiento de niños o su uso en tareas de inteligencia e información, el uso de las minas antipersonales y otras municiones que causan daños indiscriminados a la población, así como la sanción a los armados involucrados en violencia sexual.
A las Farc se les llamaba a cuentas sobre el incumplimiento del compromiso de sus más altos comandantes de no reclutar indígenas ni activar milicias en sus territorios, mucho menos con la participación de jóvenes indígenas. Al Estado se le conminaba a cesar sus planes de instalación de nuevas bases militares y a desmantelar las que estaban en medio de población civil, cerca de escuelas o en territorios sagrados.
Una vez más, el Cric ofrecía el territorio de La María para que se desarrollasen diálogos humanitarios entre los combatientes con la mediación de los indígenas y otros actores sociales y políticos nacionales y planteaba reactivar la discusión, iniciada con Uribe, sobre los proyectos estratégicos territoriales y las economías ilegales en zonas indígenas. Igualmente, reiteraban el llamado a la sociedad colombiana a asumir su protagonismo en los esfuerzos por poner fin a la guerra, presionando con su acción a los armados a retomar negociaciones políticas para poner fin al conflicto armado interno.
Así, pues, se hacen relevantes las cada vez más importantes modalidades de resistencia social de las comunidades que consiguen afirmar la vida, minimizar los impactos de la agresión, sobreponerse al terror y reconstruir redes sociales, territorios de sentido y perspectivas de reordenamiento de la convivencia y la reconciliación.
En síntesis, en el curso de los últimos 10 años, las mingas, como expresión política y social de resistencia, adoptaron diferentes formas y denominaciones: desde la "Minga por la Vida, la Justicia, la Libertad, la Alegría y la Autonomía", de 2004, hasta la "Minga Social Indígena y Popular  por la Vida, el Territorio, la Autonomía y la Soberanía", definida por la Asamblea Extraordinaria de Autoridades de la Onic, a partir del 14 de octubre de 2013.
Las mingas siempre han estado acompañadas de movilizaciones conjuntas con un amplio repertorio de actores del movimiento social colombiano, que nacieron con la Cumbre Nacional de Organizaciones Sociales realizada en 2004.  Se sucedieron la consulta popular sobre el TLC, en el 2005, cuyo resultado fue una oposición del 98 % a la implementación del tratado; el proceso de liberación de la madre tierra, especialmente las tomas de las haciendas La Emperatriz y Japio y la liberación por la Guardia Indígena del alcalde de Toribío en el año 2005; la Cumbre Nacional de Organizaciones Sociales en 2006, la propuesta de Parlamento Indígena en 2007, el Congreso de tierras, territorios y soberanías, en Cali, en 2011, y un largo etcétera.
Las sociedades nasa e indígenas de Colombia son pues sociedades en movimiento. La minga solo puede funcionar si se ha formado suficiente fuerza comunitaria a través del despliegue de la micropolítica de los acontecimientos cotidianos, aquellos que constituyen el tejido social y la unidad de voluntades. La minga es solo la expresión conjugada de esas fuerzas micropolíticas en movimiento, es su extensión, su aparición en escena, su prolongación para incidir en la reconfiguración del espacio macropolítico. Es también un puente, una mediación.
Las Mingas, como los procesos impulsados por los zapatistas y materializados en experiencias como los Caracoles, las juntas de Buen Gobierno y la "Otra Campaña", han ayudado a aprender a nuestras sociedades que la memoria indígena y la dignidad de los pueblos existen, están más vivas que nunca y que la gente sencilla no ha olvidado luchar por el derecho a ser ellos mismos. También que siendo la lucha necesaria y posible hay que aprender a recrearla todos los días, incluso en el lenguaje, en la palabra que circula, que camina. Como dice el subcomandante insurgente Marcos, movimientos como el EZLN aportan: "(…) una nueva forma de decir las cosas y vuelven a darle sentido a las palabras, las resemantizan, les vuelve a dar otro sentido" (Marcos, en Calónico, 2001, p. 79).
Las mingas y la acción social que ellas articulan- son un ejercicio de democracia profunda; su noviolencia es una expresión de fuerza; no es la noviolencia del débil que criticara Gandhi. Comportan una actitud desobediente que hace que cada acción de los guerreros solo amplifique su propia impotencia, que se estrelle contra el vacío de la respuesta no agresiva, que la altisonancia de sus ruidos de guerra se pierda en el silencio resistente del que hablaran los zapatistas. Es una forma de resistencia de gran creatividad, difícil de ser capturada para ponerse al servicio de intereses partidistas, militares o estatales. Con amargura, para ellos, han tenido que comprobarlo los soberbios jefes guerrilleros o el mismo arrogante Presidente de la República.
La potencia de este tipo de sociedad movilizada radica también en que impone sus propios espacios y tiempos en los que fluye con naturalidad y elegancia estética, en los que se mueve como los nómadas, deviniendo fuerza más poderosa y desatando nuevos procesos de subjetivación tanto entre participantes activos como en observadores. Su espíritu se propaga, se contagia y rompe la aparente resignación general. Altera el horizonte estancado y frío de la impotencia ante la supuesta imbatible superioridad de la opresión neoliberal.
La minga porta la semilla del nuevo mundo que está emergiendo en la entraña de las comunidades, ese que está liberando a la madre tierra, el que está construyendo nuevos modos de producir y de convivir. La minga no obedece a un libreto o a un programa preestablecido; se va configurando, va cambiando de piel, se va nombrando distinto a cada paso.
Su movimiento general no opaca ni subsume las formas singulares y concretas del funcionamiento de sus colectivos de base, de sus Resguardos, de sus Cabildos, de sus grupos de  Kiwe Thëgu. Con ellos ha aprendido, no sin costos, la danza que les permite evadir los cercos militares, los cantos de sirena que los atraen hacia la respuesta armada, las emboscadas mediáticas, las capturas diseñadas desde los escenarios de la representación electoral, las ofertas para venderse por un puñado de dólares. Han ido aprendiendo a salir de las trincheras de lo local, de las madrigueras del topo, para fluir en su conocido y ancestral movimiento inesperado de las serpientes. Han desarrollado la facultad de ser guerreros sin hacer la guerra.
Los Nasa han tenido que enfrentar la guerra más cruda en sus territorios, sin aceptar convivir con ella, ni con sus discursos, ni con su lógica. La resistencia también se aprende y se aprende a vivir en emergencia. De su largo camino han surgido formas sistemáticas de enfrentar los desastres de la guerra, sin que ellos se proclamen como un modelo. Cada comunidad tiene sus sitios seguros donde replegarse en caso de ataque, cuentan con los protocolos para afrontar la emergencia, en clave de resistencia civil y articulados a los planes de vida de los pueblos.
Al igual que los zapatistas, los Nasa no se preocupan de imponer códigos, sino de hacer aperturas para que se produzcan nuevas codificaciones que hagan posible diseminar las resistencias, preservando las relaciones esenciales que garantizan la vida y, a la vez, comunicando toda la potencia que está implicada en las prácticas del resistir.
Su disposición a la búsqueda de acuerdos parciales es una demostración de que quieren copar con sus propuestas los espacios macropolíticos, sin abandonarlos al puro manejo parlamentario o burocrático. Y si el contradictor no concurre, como en el caso de Uribe, se hace acudir con la presión social. Y si ni siquiera está dispuesto, porque solo tiene para mostrar el argumento de la violencia armada, como en el caso de las Farc, pues se le busca y se le obliga a negociar. En todos los casos, se está ganando legitimidad comunitaria a través de la verdad ética de la Noviolencia, mientras los guerreros se deslegitiman con su tenaz recurrencia a la fría e inmoral razón de la violencia.