Tema 5: La “clave-mujer”. Reencontrar el propio ser para refundar las comunidades resistentes
Las experiencias de resistencia, aunque son muy visibles en los territorios rurales de la guerra, no se remiten únicamente a estos espacios. Las ciudades colombianas han sido también escenarios de gestas muy importantes de resistencia. Barrancabermeja es una ciudad situada en el Magdalena Medio, en el nororiente de Colombia. Desde el surgimiento del paramilitarismo, Barrancabermeja se planteó como un objetivo estratégico para los armados y, tras una guerra sin cuartel, los paramilitares reclamaron el control de la ciudad e impusieron sus regulaciones de muerte.
Aparece entonces el papel de la Organización Femenina Popular –OFP-, con más de cuarenta años de experiencia, que a partir de 1996 cumplió un papel fundamental en la resistencia pacífica en esta ciudad. El trabajo de la OFP es definido en el blog "Mujeres salvando el mundo" como una postura inquebrantable, de resistencia activa no violenta inspirada en los principios de civilidad y autonomía legitima.
De particular importancia es la introducción de una mirada de género en las resistencias impulsadas desde la OFP, y cómo desde ella se asume el reto de transformar la muerte en vida, la violencia en amor, para multiplicar la esperanza y no declinar en la construcción de nuestros sueños, como una forma de resistir, a la que aúnan dos estrategias: "disputar el territorio para la civilidad" y "hacerle el amor al miedo".
Como la guerra se metió a sus territorios y se metió con ellas, con su dignidad de mujeres y de madres, con el espacio público que habían conquistado, su resistencia es la afirmación de la civilidad contra el militarismo, la recuperación de lo público contra la privatización de las calles por los guerreros. La forma concreta de este resistir es el conjuro del miedo. En una entrevista, Yolanda Becerra, la directora de la OFP, proporciona elementos para comprender la envergadura y el significado de esta resistencia asumida por las mujeres barranqueñas:
Las mujeres se convierten en víctimas de la guerra por partida doble. Por una parte ellas mismas son perseguidas, castigadas, asesinadas o desaparecidas, y por otra, buscan desaparecidos, entierran muertos, esconden y protegen a los amenazados y, además, sostienen la sociedad y mantienen el núcleo familiar. Las mujeres iban con sus hijos en chalupas (barcas) a buscar a los asesinados. "Yo no le dejo en el río", decían. Uno puede asumir el dolor de que le asesinen a alguien, el dolor de lo que le hacen a uno mismo, pero que alguien desaparezca y no buscarle es aceptar que ese alguien no fue, que no pasó nada, que no dejó rastro, que nadie es culpable, que alguien quiere que él y lo que él representa deje de existir, eliminando, incluso, la posibilidad de que los que le amaron y le conocieron sufran el dolor de su muerte (Karambolis, s. f., párr. 16 y 17).
Yolanda Becerra se refiere a las múltiples formas de persecución que han debido afrontar las mujeres, tendientes a crear un miedo incontenible. Formas de regulación de lo cotidiano, cuyo castigo es la muerte. Implementación de diferentes formas de intimidación y de control de los espacios sociales. Y, además, la siniestra pretensión de los asesinos de borrar las huellas de la memoria, de hacer desaparecer no solo al sujeto, sino su rastro subjetivo. Además, propiciaban la desaparición física de sus sedes y bienes colectivos, como en el insólito caso del desmonte pieza por pieza, en una noche de 2003, de las oficinas donde funcionaba la OFP.
Para la OFP, superar el miedo se convirtió en un objetivo político, una condición para poder resistir. "'Cuando desaparecieron la sede nos vestimos de negro, llevamos flores y agua bendita y lloramos. Se comprometieron a reconstruir la sede y organizaron la marcha del ladrillo. Inventaron la figura del testigo social. Un testigo por cada organización de Barrancabermeja acusó y denunció ante los jueces al responsable de la desaparición de la sede" (Karambolis, s. f., párr. 22 y 23). El edificio en sí mismo no era tan decisivo como su representación simbólica. Lo que había que rescatar era el hogar de todas, el espacio donde, como dice Carolina Alfonso: "(…) la subjetividad encuentra parte de sus rastros materiales" (Alfonso, 2012, p. 83 ).
Para conspirar contra el miedo decidieron hablar de él, conversar con él; al final tendría que ser un conviviente incómodo pero domesticable. Llamaron a esta campaña "hagámosle el amor al miedo". Las mujeres de la OFP trabajan mucho lo simbólico porque las cohesiona, las afianza y les desbarata la lógica de la guerra.
La "clave-mujer" también se puede descifrar en dos redes de mujeres que forman parte del Movimiento Ciudadano por la Noviolencia: la Asociación de Mujeres del Oriente Antioqueño (AMOR) y la Fundación Mujer Arte y Vida (MAVI). La resistencia social de la Noviolencia pone su acento en las relaciones que se movilizan a través de la conjugación de subjetividades en constante cambio, que diseñan sus trayectos vitales y señalan los puntos de tránsito por donde las dinámicas de la vida atraviesan a los individuos y los recomponen.
Las mujeres de AMOR se han propuesto acompañar y acoger a otras mujeres y víctimas cuyo dolor se ha instalado en sus cuerpos. Para ellas, en el cuerpo reside la experiencia de relación con los otros y con el mundo. La memoria también es cuerpo, y todo proceso de reconocimiento propio y de los otros pasa por el cuerpo, al igual que toda acción de reconstrucción de vínculos y relaciones de confianza. Salir de la trampa de la violencia y de la guerra implica la creación de espacios de acogida, de contención y recomposición. Hay que reconstruir el yo más íntimo, pero también la posibilidad de aproximarse al otro sin miedo. Es una necesidad terapéutica, de la más honda dimensión subjetiva, tanto como una operación política que haga emerger la ética de la vida en nuestros actos.
Hemos dicho que la vida es el proceso de la diferencia. En este mundo de lo diverso hay que reconstituir lo común y para lograrlo es necesario, antes que nada, captar la densidad de la diferencia. Deleuze (2006) dice que: "En su esencia, la diferencia es objeto de afirmación, afirmación misma" (p.74).
La comunidad, vista desde este enfoque, resultaría como un agenciamiento de un conjunto de singularidades, más o menos conectadas, de donde va apareciendo una unidad plural en la que se despliegan variadas lógicas y prácticas de conjunto y cuya razón de ser y fortaleza es el grado de fertilidad para la multiplicación de lo diverso.
En los espacios indígenas o afros (o también los campesinos) es más fácil promover las subjetividades comunales inscritas en el ADN de la resistencia social. Para las situaciones urbanas, el asunto puede ser un poco más complejo de discernir en la maraña de redes y de procesos de subjetivación que se entrecruzan.
El devenir-comunidad está caracterizado por la indeterminación; lo indeterminado está dado por las múltiples combinaciones problemáticas que pueden surgir de la experimentación. No hay un resultado previsible. Lo común surge de la búsqueda que debe hacerse para liberar y reactivar el movimiento, para hacer valer las fuerzas y para producir colectivamente el acontecimiento del hallazgo de fisuras, de aberturas que potencien la fuerza colectiva.
El efecto será el desplazamiento de las formas rígidas que crea el orden de la guerra, para dar campo a nuevas significaciones, al descubrimiento de nuevas claves para la puesta en acto del resistir; para poblar la escena comunitaria de nuevas subjetividades grupales. Esto es sumamente complejo en contextos de guerra que presionan hacia alineamientos esenciales en los que se es amigo o se es enemigo; en los que no hay lugar para la diferencia.
Afectos como la solidaridad son capaces de crear un campo de fuerza distinto, que prepare a la gente para lo desconocido, pues desata vínculos comunes que no se tenían o de los cuales no se era consciente.
La comunidad resistente se asienta en el amplio espectro del tejido social; esta alegoría nombra el nexo de relaciones de calor, de abrigo social y de las más diversas afectaciones entre comunidades y subjetividades grupales e intergrupales. El tejido social ha sido el entramado de modos de ser colectivo que han resistido manteniendo los vasos comunicantes de la cultura y la productividad social, persistiendo, a pesar de la guerra, en la multiplicación de lazos afectivos y de confianza, en la incubación de comunitarismos, en la pervivencia de la memoria, en el renacimiento de solidaridades y en la práctica de la compasión con el dolor de los demás.
Otra experiencia de resistencia urbana es la de las mujeres de la Fundación Mujer, Arte y Vida -MAVI-, que se han planteado hacer un modelo político desde el propio modo de vivir; para ellas, todo está conectado; su vida cotidiana y su acción política se vinculan en una sola. Cuando impulsan formas de resistir al miedo de las amenazas de muerte, que han colmado los espacios de habitación y de la calle, convocan la risa, el canto y la alegría para espantarlo. Sus acciones han provocado que miles de personas desfilen por las calles con juegos, cantos, comparsas, disfraces, danzas contra los panfletos de los armados que anuncian la muerte y ponen plazos a las comunidades, especialmente a los jóvenes, para que abandonen un territorio.
Nuestras subjetividades se ven asoladas por pulsiones de pequeñez y mediocridad, agenciadas por el miedo, la belicosidad o la indiferencia, y muchos se disponen a aceptar una vida miserable, desdibujada, triste. Para enfrentar esto, las mujeres organizadas en MAVI persiguen una cotidianidad en la que no sientan que los afanes logran anular su subjetividad, su ser sujetos. Por eso, decidieron conformar este espacio en el que pudieran trabajar por la paz y los derechos de las mujeres desde su feminidad, sus apuestas y sus saberes.
Su apuesta gira en torno de la transformación de aquellos imaginarios que legitiman la violencia de la cultura patriarcal. También buscan despertar el poder de la gente para reconstituir afectos y comunidades. Estar en experimentación parece ser por ahora la salida más auténtica a esa sigla que nos cobija, MAVI, Mujer, Arte y Vida. La vida y la cotidianidad como obra de arte es ni más ni menos el aliento que empuja esta quimera, afirma Velasco, 2007. La casa del goce estético, el campo de fuerza de la belleza y la sonoridad del arte no nos preexisten; hay que crearlos. Es como hacer que emerjan del caos unos puntos de luz que sean las señales del nuevo orden implicado que reorganice el espacio sumido en una turbulencia de muerte.
Lo que hacen las mujeres de AMOR y de MAVI es desplegar las funciones humanas opacadas por la guerra y por la segmentación individualista que son inducidas por las subjetivaciones totalitarias. Servir de cuna o de nido, a lo que Deleuze y Guattari (1997) llamaban un "ritornelo" amoroso, terapéutico, litúrgico, cósmico, capaz de sanar el alma y el vínculo social y que "siempre conlleva, tiene como concomitante una tierra, incluso espiritual y mantiene una relación esencial con lo Natal, lo Originario" (Deleuze, Guattari, 1997, p. 319). Al nombrar lo femenino, se hace alusión a lo materno, a lo matricial, a la tierra contenedora, a la tierra mapeada rítmicamente que expone preferentemente los contornos femeninos. La potencia del habitar, del plegar, reside fundamentalmente en la fuerza vital de las mujeres.
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