Tema 6: Cuerpo, estética y resistencia. La “clave-joven”
Como queda visto, la dimensión constitutiva que define la primacía de la vida en las acciones del resistir es el cuerpo, que puede ser un lugar de dominación, donde se instalen las experiencias del dolor, del autoritarismo y de la muerte impulsadas por las fuerzas de la guerra, o un nicho en donde la plenitud del vivir esté expresada en la propensión al goce vital, permitiendo ser atravesado por el viento del deseo y movilizados por la alegría, el amor y la libertad.
Todas las experiencias analizadas le asignan al cuerpo un valor fundamental en el ejercicio de las resistencias. Un caso es el de la "Fundación Cultural Rayuela", un grupo de jóvenes artistas que forman parte del Movimiento Ciudadano por la Noviolencia. Ellos desarrollan su actuación política y estética con jóvenes de Bogotá y Soacha, mediante su irrupción en espacios públicos en donde ponen en escena sus cuerpos, acompañados de otros símbolos que les permiten representar mensajes que reivindican la vida y la dignidad humana, rechazan la impunidad, el olvido, el autoritarismo y el asesinato de cientos de víctimas en este país. El cuerpo es para ellos un territorio de paz donde habitan la memoria y la palabra y es el medio para poner en escena sus formas de resistencia. En principio fue una irrupción estética:
En la plaza de Bolívar, el diez de diciembre de 2005 durante la celebración del día internacional de los derechos humanos, una larga fila de jóvenes apareció de pronto, es curioso, estaban allí, y a la vez, de pronto, aparecieron filados y vestidos de negro, dando un fuerte grito ¡resistencia! (Rubio y Torres, 2007, 19-20).
Al año siguiente, en la misma fecha, coordinaron la movilización de 4.000 mujeres que llegaron al centro de Bogotá desde muchos lugares del país y poblaron, vestidas de negro, la principal calle del centro, con ladrillos que llevaban los nombres de personas asesinadas o víctimas de desaparición forzada a causa de la violencia y el conflicto armado en el país.
Esta escena es replicada por los jóvenes de Rayuela en la Plaza de Bolívar los días 10 de cada mes; con este monumento por la dignidad, la memoria y la vida, presentado a manera de performance se sensibiliza a los ciudadanos frente al drama humanitario que sufre el país a causa de la guerra. Rubio y Torres (2007) describe la pasión de vivir que se alienta desde esta experiencia:
Vamos a tratar de decirles a quienes tienen la costumbre de andar matando muchachos en las esquinas y en los parques que no más, que estamos cansados de eso, que los jóvenes queremos hacer teatro, queremos bailar, queremos tocar una guitarra, jugar fútbol, queremos pintar un cuadro, abrazarnos, volver a parcharnos en las esquinas como antes, queremos que los barrios dejen de ser territorios de guerra, queremos que sean territorios para la paz y el aporte que tenemos es decir que nuestro cuerpo sea un territorio de paz, eso es lo que vamos a decir (p. 101).
Es a través de la experiencia corporal que la apuesta de Rayuela entrecruza la política de la resistencia, la experiencia subjetiva y la lucha por la vida. Rayuela resiste a través del arte. El arte es su lenguaje, expresado de distintas maneras: en sus talleres del recuerdo, sus acciones de teatro efímero y la puesta pública de los cuerpos que combinan la danza, el grito y el teatro.
Porque no hay mejor lenguaje que el arte para hablarle a la sensibilidad humana. Porque nos hemos decidido a poner en jaque a la muerte. Porque a las balas de los llamados justicieros queremos oponerle la magia creadora del teatro, la música, la danza (Rubio y Torres, 2007, p.30).
El arte se convierte en un fuerte dispositivo productor de subjetividades micropolíticas del resistir. Se implica en el desprendimiento del individualismo posesivo, critica constantemente el autoritarismo que subsiste en nosotros mismos, y propicia la emergencia de un nuevo cuerpo individual y comunitario, despertando otro tipo de inteligencia colectiva capaz de pensar cómo darse un mundo pacífico, a través de las prácticas de resistencia y libertad que atraviesan el cuerpo social entero. Los jóvenes de Rayuela se propusieron movilizar la subjetividad con prácticas que les hicieran posible:
(…) amarrar la historia personal con el acontecer colectivo, potenciar esa constitución de los y las jóvenes como sujetos actores de su propia vida. (…) nos dimos a la tarea de articular una fuerza colectiva, articular una gran voz y apostamos toda nuestra energía a la tarea de formar (…) un colectivo de hombres y mujeres que asumiera la defensa de la vida, armados tan solo con su capacidad creadora, con la fuerza demoledora de la solidaridad, y con la magia inusitada de los afectos (Rubio y Torres, 2006, p. 99).
Además, los jóvenes urbanos, como los que se mueven en Rayuela, se alejan rápidamente de las rígidas formas de los partidos de izquierda, incluso los más radicales, pero, más aún, de los dinosaurios que insisten en la oferta de los partidos representativos tradicionales. El discurso convencional tampoco es su forma privilegiada de expresión. Se agrupan y dispersan con mucha facilidad, repeliendo toda adscripción clasista, étnica o religiosa que los constriña a un solo espacio de actuación. Por eso sus manifestaciones son por principio plurales.
Ellos no se detienen tanto a pensar sobre el arte de la existencia, ellos viven la resistencia y la conciben como creación. Por eso su sensibilidad estética está a flor de piel y reclaman las calles y las paredes.
En el caso de Cali y otros municipios del Valle del Cauca en Colombia, que han sido golpeados brutalmente por la muerte asociada a la guerra, los jóvenes han logrado inventar una multiplicidad de prácticas que concatenan cuerpos, signos, "teatralidad y fuga de la representación". Ello está en función de una reapropiación íntegra del espacio de la ciudad. Esto va en contravía de la acción de los poderes bélicos que tiende a estructurar campos homogéneos que operan a la manera de grandes máquinas de dominación, que regulan, hasta el detalle, los desplazamientos de la vida, su variación permanente.
Fue un proceso largo en el que se expresaba el dolor de las pérdidas causadas por la guerra. Poco a poco la expresión estética se fue haciendo una herramienta poderosa. El despliegue de la capacidad expresiva del cuerpo de estos muchachos confluye en la creación de un grupo teatral ("Fantasía Campesina") que ponen en escena el cuadro teatral "Entre la vida y la muerte", asumido como un compromiso con la vida.
La lógica de la guerra actúa como subjetividad que sostiene a poderes que centralizan y ordenan los movimientos, que intentan copar los espacios de creación y bloquear las estrategias de fuga creativa que provienen de las fuerzas en resistencia, en este caso, de los jóvenes. El poder bélico es un poder central que se condensa, se organiza en estratos e identidades jerarquizadas, desecha modos de vida, uniforma. Un caso de una práctica que obstruye el funcionamiento de este poder es el de la objeción de conciencia al servicio militar que ejercita la Red Juvenil de Medellín, organización que hace parte del Movimiento Ciudadano por la Noviolencia.
La Red Juvenil de Medellín ha optado por resistir la guerra desde la adopción de los postulados de la Noviolencia y la objeción de conciencia; sus acciones rebasan el ámbito de lo individual y lo privado, para colocarse en la esfera de lo público como una obligación de pronunciarse colectivamente contra la guerra, poniendo en riesgo su propia libertad. Han aprendido de la larga tradición pacifista y noviolenta que encuentra en la objeción de conciencia una manifestación de desobediencia, al estilo de La Boétie, Thoreau, Tolstoi o Gandhi.
La Red ha definido desde 1990 una clara posición frente a la Noviolencia y entiende que ella permite imaginar una nueva forma de relaciones sociales, de construcción de vínculos y reglas de juego, donde la violencia no sea considerada un medio necesario para lograr la paz, la justicia o la equidad.1
Jóvenes artistas y objetores de conciencia resisten en Colombia a los dispositivos mortales de la guerra. Queda abierta la pregunta para ellos y para la sociedad de ¿cómo se van a recuperar para las fuerzas activas a esos más de 500.000 jóvenes, principalmente varones, que han sido enrolados en las fuerzas armadas oficiales, más por lo menos otros 100.000 que forman parte de las guerrillas, los grupos paramilitares y sus sucedáneos, más los innumerables que diariamente conforman bandas o pandillas que participan de la violencia molecular que sacude los centros urbanos, configurados como verdaderas empresas de la muerte?
En resumen: la presencia de las expresiones de resistencia social comunitaria noviolenta se va haciendo cada vez más visible en países como Colombia. Los poderosos movimientos minoritarios encarnados por los indígenas, con sus mingas de resistencia que se han establecido en amplios territorios y han "caminado la palabra" por la geografía del país; el despliegue creativo, pleno de expresiones culturales y estéticas, de las comunidades afrocolombianas, de los jóvenes, de las mujeres; el reconocimiento de la rica experiencia de afirmación vital que son las comunidades y territorios de paz, van marcando la irrupción de un nuevo y vasto espacio político pacifista, que deconstruye la lógica de la guerra, que la vacía de su mortífero contenido binario (amigo-enemigo) y abre la escena social a una multicolor gama de posibilidades de reconstrucción social.
1 Los objetores colombianos plantean que: "La noviolencia postula la coherencia entre los medios y los fines. En el campo de la política, tal coherencia conduce a afirmar que la convivencia pacífica es posible siempre y cuando los medios para lograrlo sean acordes con el fin. La presencia de la violencia en la vida política expresa, para esta concepción, un contra sentido, puesto que todo orden basado o mediado por la violencia asegura grados diferenciados de injusticia y no puede mantenerse una paz estable desde que exista una estructura militar". (Bonilla, et al, 2008).
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