Tema 1: Una mirada a las resistencias sociales noviolentas ante regímenes autoritarios y totalitarios
El pacifismo y la Noviolencia guiaron muchas de las transiciones desde regímenes autoritarios o totalitarios hacia democracias representativas y gobiernos que se desmarcaron, en un principio, de las formas más violentas y tiránicas de soberanía.
En muchos casos, las estructuras gubernamentales retornaron, despojadas de sus manifestaciones dictatoriales, a formas más sofisticadas de despotismo cubiertas por el respeto de las formalidades de la democracia electoral y parlamentaria y por un estado de pacificación que normalizaba la calidad de súbdito con derechos de un Estado-nación instituido. Pronto, los nuevos ciudadanos descubrirían lo precario de su nuevo estatuto de sujetos modernos ante la intangibilidad de las nuevas formas del refugio interno.
Tal es el caso de lo ocurrido en muchos países de Asia (Irán, Indonesia, Filipinas), de la Europa ex soviética (Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria Hungría, Bielorrusia, Ucrania, Georgia, Yugoslavia, Albania), del mismo régimen ruso o de algunos países de América Latina (México, Chile, Perú, Paraguay), en los cuales la persistente movilización ciudadana puso fin a largas dictaduras o Estados autoritarios y, luego, las élites se reacomodaron sin mayores cambios profundos en las sociedades mayoritarias.
Esto solo demuestra los límites del conservadurismo en que ha devenido la forma-Estado de Occidente dedicada, cada vez con mayor vigor, a protegerse "… del pathos, es decir, de la turbulencia y de las variaciones de las micro-sociedades humanas" (Virilio, 1999, p. 96). Pero también demuestra la debilidad de estos Estados, que se atascan buscando ocupar un lugar vacío, rigiendo instituciones agónicas y en situación de disolución. Partidos y gobiernos se suceden en rituales electorales y mediáticos de renovación de una hegemonía que ya radica en otros lugares como el mercado y las empresas trasnacionales. Por eso, parafraseando lo dicho por Thiers al enterrar la monarquía constitucional francesa: "estos Estados reinan pero no gobiernan".
En todos los territorios a los que aludimos, a pesar de las capturas hegemónicas posteriores, se sembró la semilla de la rebelión noviolenta, se acariciaron los caminos de una democracia de calle, asamblearia y se experimentaron formas de acceder a los derechos por la acción directa. Se constató entonces que no basta con propiciar algunas reformas al Estado, sino que hay que producir una conmoción de las estructuras sociales, con énfasis en los cambios operados por la micropolítica de los espacios más hondos del entramado social. El aprendizaje es que las resistencias necesitan pasar de concebirse como mera oposición a los totalitarismos y al autoritarismo de los gobiernos, para entenderse principalmente como reconstrucción, como acción afirmativa que emerge como una revolución de las relaciones sociales.
La intensa Primavera de Praga fue el proceso de reformas políticas y económicas impulsadas a partir de abril de 1968 por una fracción joven de la dirigencia del Partido Comunista de Checoslovaquia, encabezada por Alexander Dubcek, que fue elegido como Secretario General y propugnó la construcción de "un socialismo con rostro humano". Estas pretensiones fueron contestadas por la dirigencia del Kremlin y el Pacto de Varsovia con una invasión en agosto del mismo año. La población se levantó en desobediencia civil y los dirigentes reformistas llamaron a los funcionarios públicos a permanecer en sus cargos y puestos de trabajo a no ofrecer resistencia armada a los invasores, tomando medidas para ilegitimar cualquier intento de establecer un gobierno títere.
La población se lanzó a las calles a interponer sus cuerpos al avance de los tanques y a procurar establecer conversación con los soldados soviéticos1. Fueron siete días de abierta resistencia civil a la ocupación en los que se combinaron plantones y huelgas localizadas, así como multitud de formas de resistencia simbólica para hacer saber a los soviéticos que no eran bienvenidos y que estaban aislados y carentes de legitimidad.
Sin embargo, la fuerza armada y las amenazas de un baño de sangre doblegaron a la dirigencia comunista rebelde que aceptó un "pacto" que reconocía la mayoría de las imposiciones del Kremlin, que mantenía la ocupación, generando división y confusión en el pueblo resistente. La rendición de los dirigentes checos, rehenes de Moscú, aplazó 20 años el éxito de la resistencia noviolenta hasta 1989. La Internacional de Resistencia Contra la Guerra creó en 1968 el "Comité de Apoyo a Checoslovaquia" que, tal como lo documenta Randle: "(…) implicó a grupos internacionales que se manifestaron simultáneamente en Moscú, Varsovia, Budapest y Sofía" contra la invasión soviética, en lo que este autor denomina una "acción no violenta trasnacional" (Randle, 1998, pp. 93, 97).
De otra parte, la anomalía autogestionaria que intentó el gobierno de Tito en Yugoslavia, en los confines del régimen soviético, siempre estuvo limitada por la exigencia de mantener las formas autoritarias y por no poder escapar del diagrama binario dictado por la guerra fría. El desmoronamiento del sovietismo y la muerte de Tito conducirían a la disolución de Yugoslavia y al laberinto de la Guerra de los Balcanes (1991-1995), una de las más infames contiendas, supervisada por las Naciones Unidas. Allí se condensaron los enconos de viejos racismos y sectarismos religiosos y de toda miseria humana, que con el genocidio y todo tipo de crímenes de lesa humanidad a gran escala significó también el último naufragio del humanitarismo occidental.
Las resistencias en los territorios soviéticos alcanzaron grados de profundidad y lucidez enormes. Václav Havel, el dramaturgo, último presidente de Checoslovaquia y primero de la República Checa, líder de la revolución noviolenta de estos países, respecto al balance de la Primavera del 68 indicaba que "(…) la tentativa de reforma política no fue la causa del despertar de la sociedad sino su consecuencia final" y concluía: "Yo no creo en ese destino fatal, creo que nosotros somos los artífices de nuestro destino y no podemos sustraernos de él, ni pretextando el egoísmo de las grandes potencias"2.
Para Havel, lo que había que adoptar era una modalidad de acción por la verdad. Esto es una especie secular y europea de satyagraha que pone todo su acento en la fuerza del amor y que deshabita e ilegitima el poder dominante (que es el poder de vivir en la mentira). "Vivir en la verdad", como resistencia noviolenta, es hacer la revolución cotidianamente, en perspectiva micropolítica, es "(…) luchar por causas concretas"; es descubrir que: "Bajo la superficie ordenada de la vida de mentiras (…) yace la esfera oculta de la vida con sus verdaderos objetivos, con su franco y silencioso deseo de la verdad" (Havel, citado por Schell, 2005, pp. 242-243). El drama checo se cerró en los finales del siglo XX con el triunfo del pacifismo y la posición constructiva de la "revolución de terciopelo" (en checo: Sametová revoluce), denominada así por las magníficas modalidades que alcanzaron las estrategias noviolentas, comprendidas como movimientos de construcción y afirmación, antes que como disidencias o procesos de oposición al poder. De esta manera, se resiste a ser definido por el juego binario impuesto por el Estado que coloca a "los otros" en una relación de negatividad con el poder, cuando los resistentes no solo "están contra algo", sino que simplemente desean pensar por sí mismos, disponerse a vivir en su verdad, como Gandhi, actuar creativamente para afirmar su propio ser y su naturaleza social.
Las minorías de los olvidados y los dominados, encabezados por la élite intelectual (escritores, cantantes, poetas, comediantes, filósofos), que por décadas había sido la conciencia de checos y eslovacos y que habían sido temidos por el régimen como una especie de contrapoder, emergió como "el poder de los sin poder" con su consigna de "la verdad prevalecerá" en una revolución pacífica que también podría llamarse una "revolución de la palabra".
La fuerza de la verdad y el poder de la palabra fueron las herramientas éticas con las que se enfrentó el poder inmoral y corrupto de la mentira. Pero también había que transformar las mentalidades y realizar un autoexamen de la propia responsabilidad de la población en el mantenimiento por tantos años de un régimen de estas características. Más de 40 años de aceptación de un sistema que silenciaba cualquier pensamiento disidente y que medía a sus ciudadanos por su aporte al modo de producción (héroes del trabajo) no podía haber existido sin el respaldo expreso o tácito de buena parte de la gente; en ella había mucho de servidumbre voluntaria.
Por su parte, Berlín vio el desintegro de la infame pared que se construyó en 1961 como símbolo de la ignominia y de la pretensión de mantener viva en la mente la guerra perpetua, la noción de que al otro lado habitaba el enemigo y que había que evitar a toda costa el reencuentro de la gente ahora agrupada en bandos irreconciliables. Ahora, ese muro desbaratado ladrillo a ladrillo por la multitud simbolizaba la unidad, la búsqueda de fraternidad, el encuentro, el fin de la era del miedo. Cuando la gente de Berlín Oriental pudo franquear el punto de control de la Puerta de Brandenburgo, cuando los guardias depusieron su disposición a disparar y confraternizaron o se sumaron a la multitud, cuando del otro lado los recibieron como hermanos y les ofrecieron regalos, se produjo el acontecimiento de la emergencia de una subjetividad que no admitía ser segregada por razones ideológicas. La guerra fría de las superpotencias había terminado.
El 8 de diciembre de 1991 se disolvió formalmente la Unión Soviética, luego de un proceso de independencia de sus 15 repúblicas que se había iniciado en marzo de 1990. Ello había sido posible no por la tan temida guerra nuclear que se suponía podía estallar contra Estados Unidos y Europa; tampoco había ocurrido una revolución violenta animada por sus archienemigos. Se había dado por un proceso silencioso de millones de personas que habían decidido no seguir cooperando voluntariamente con el régimen, que lo habían ido minando con innumerables gestos de desobediencia cotidiana, reduciéndolo a un cascarón armado y prepotente, pero hueco, vacío de legitimidad. La policía y los servicios secretos de espionaje de los dos bandos vinieron a percatarse de eso tan solo cuando los acontecimientos se efectuaron.
1 Un dirigente cercano a Dubcek escribe sobre el clima que se vivió por esos días: "Por todas partes las paredes de los edificios estaban cubiertas con eslóganes y posters pintados a mano. La gente leía los periódicos y octavillas que salían por todas partes de las impresoras a pesar de los esfuerzos de las fuerzas ocupantes por impedirlo. Era el cuadro de una ciudad cuyos habitantes estaban totalmente unidos en una resistencia pasiva desarmada contra aquellos extranjeros entrometidos (…) Dondequiera que había caído alguien abatido por las balas soviéticas, había monumentos improvisados con cantidad de flores y banderas del Estado. Había retirado o bien cambiado de nombre las placas de las calles (rebautizadas en su mayoría como "calle de Dubcek") (…)" (Mylnar, 1980. citado por Randle, 1998, pp. 108-109).
2 El pensamiento político y social de Havel está contenido en una amplia bibliografía que incluye estudios sobre su vida, numerosas entrevistas, sus escritos y ensayos, su producción literaria, sus artículos académicos y colaboraciones periodísticas. En español se destaca la compilación: "La responsabilidad como destino" (1990). También "El poder de los sin poder" (1990). Con ocasión del balance de la Primavera de Praga se produjo una polémica entre Havel y Milan Kundera, en "El destino checo", Kundera acusó a Havel de representar "el espíritu crítico de los débiles" y de caer en un vulgar pesimismo. Este le respondió con un artículo titulado "¿El destino checo?" de donde proviene esta cita. Al respecto, ver: Pablo de Vita: "El testamento de Havel", diario La Nación, Argentina (13 de abril de 2012).
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