Tema 4: Las asombrosas conexiones y sincronicidades de las resistencias de base cultural. Mayo del 68 y la lucha contra el apartheid en Sudáfrica
Los acontecimientos vividos en el primer semestre de 1968 en Estados Unidos, que tuvieron como centro el movimiento por los derechos civiles de los negros, no eran más que una importante expresión del hervidero de contradicciones que salían a la luz y que tenían su mayor crisol en la resistencia a la participación imperialista en la guerra de Vietnam. Los gobiernos de Johnson y Nixon habían escalado a niveles de genocidio la guerra en el sudeste asiático1. Este baño de sangre, junto al asesinato de King y de Kennedy, a las consecuencias para América Latina de la muerte en combate de Ernesto "Che" Guevara en octubre del año anterior y al aplastamiento de la "Primavera de Praga" por los tanques soviéticos, no parecían un panorama promisorio para la resistencia noviolenta en el mundo.
Estos eran los efectos de superficie de una política hegemónica que intentaba establecer su control sobre las líneas de fuga de resistencia que eclosionaban por los más distintos territorios y en las más variadas formas. A los jóvenes norteamericanos se les antojaba que la matanza propiciada por las tropas de su gobierno en Vietnam desnudaba la mentira de la democracia de su país, en la misma proporción que la segregación racial contra los negros y otras minorías. Lo que estaba en cuestión eran los valores y el conjunto del orden social sobre la que se sostenía la soberanía bélica de la potencia imperial. Habían visto la magnífica resistencia del movimiento por los derechos civiles y cómo esta era sometida a medidas de represión y al abuso policial y militar, así como al asesinato de sus líderes, como si se trataran de subciudadanos o enemigos en un país ocupado.
Cohn-Bendit (1998) diría luego que: "A partir de esa fecha y en adelante, la juventud se convierte en el motor de una revolución de las costumbres, de las mentalidades y de las relaciones entre los individuos" (p. 23). En medio de la radicalización de la lucha, los jóvenes aprendieron a apostarle al goce vital, al amor, a la recuperación de sus cuerpos, a la liberación de los prejuicios tan caros a la doble moral norteamericana. Fueron creando circuitos para prácticas colectivas de libertad. Se desplegó de mil formas creativas la resistencia cultural, cuyo núcleo era el cambio radical de modos de vida, para escapar del "camino de vida americano" (american way of life).
En octubre de 1967, los universitarios se sumaron a los más de 200.000 participantes que repudiaron la guerra de Vietnam, frente al edificio del Pentágono, en Washington. Los días previos de julio y agosto, el verano estadounidense se estremeció con los disturbios de la ciudad de Newark, en los que fueron muertos 26 manifestantes por la policía, muchos de ellos afroamericanos. Esto provocó una reacción en cadena en las barriadas pobres en las que se unieron negros, hispanos y marginados de todo tipo, que solo pudo ser controlada después de dos semanas. El movimiento estudiantil entró entonces en sinergia con el movimiento por los derechos civiles, el movimiento antiguerra y con las resistencias urbanas y de contracultura que incursionaban por doquier.
Por primera vez en una potencia guerrerista, una parte sustancial de su población, los jóvenes, se levantaba contra su Estado en medio de una guerra. La era de la popularidad de las guerras, de los desfiles patrióticos y de la aglomeración de muchachos para inscribirse voluntariamente en la lista de los que pedían ser reclutados para "pelear por su país" había pasado definitivamente. La guerra dejó de ser popular, muy pocos querías ser "héroes", se resistían al reclutamiento, hacían objeción de conciencia, se manifestaban por miles contra la guerra y el servicio militar. En cambio, engrosaron las filas de los "enemigos internos", ese tratamiento que los regímenes totalitarios reservaban a sus opositores y que en Estados Unidos se había expandido en la época del macartismo.
Uno de los momentos estelares de esta contestación al sistema fue la realización del "Festival de Woodstock"; tres intensos días de rock and roll (15 al 18 de agosto de 1969) que concentraron a cerca de 500.000 personas para escuchar a los más creativos músicos de la época, proclamar la felicidad, dedicarse al goce amoroso y tenderse en la grama a fumar marihuana y consumir drogas más duras. Que esa enorme marea humana conviviera muchas horas sin que se presentasen incidentes violentos ya era una lección de lo que se podía lograr con una voluntad de convivencia pacífica.
El milagro de la primavera se volvió sociedad
Por su parte, y casi simultáneamente, como si se diera un mecanismo de sincronización inexplicable, los jóvenes alemanes se levantaban. Los estudiantes pusieron en juego toda su imaginación. Se creó la "Kommune I" (Comuna I), un grupo que se hizo muy conocido por su capacidad para tomar las calles y que estuvo vigente hasta la década de los setenta. Este grupo se transformó en un experimento social de mayor envergadura en donde se inició el debate sobre los códigos del patriarcado, la autonomía y los nuevos enfoques de la sexualidad, sobre cómo desmontar el militarismo y el autoritarismo en las relaciones comunes y cómo superar el divorcio del humano y la naturaleza, etc.2 Desde Alemania se irradió el movimiento estudiantil revolucionario hacia toda Europa.
Aunque menos mediático que el Mayo francés, los alemanes fueron pioneros en esas jornadas de construcción de los lineamientos y del impulso concreto y masivo de los feminismos contemporáneos, del ecologismo y de la resignificación del pacifismo. Todos esos elementos serían retomados y reinventados por el Mayo parisino y por la contracultura norteamericana, pero estaban ya presentes con mucha claridad en este amanecer del movimiento estudiantil alemán.
Este ensayo del Mayo francés no consistió en derribar el gobierno. En realidad, tomar el poder no fue un propósito de la revuelta, aunque pululaban las consignas al respecto. Lo realmente transformador fue la emergencia de los jóvenes, su ímpetu para plantear e intentar provocar cambios concretos en las formas de organización de los movimientos, pugnando por la toma colectiva de decisiones, intentando relevar los métodos jerárquicos y de mando unipersonal. Algunos dirigentes consideran que de allí surgió una profunda dimensión antitotalitaria de las luchas, incluyendo el repudio por los micrototalitarismos presentes en las organizaciones políticas izquierdistas, en los sindicatos y otras agrupaciones del movimiento social conocidas en esa etapa.
Pero además se plantearon los nuevos problemas de la sociedad que no se circunscribían a las relaciones entre el capital y los trabajadores, sino a las relaciones entre la gente, entre los hombres y las mujeres, entre los adultos, los niños y los jóvenes. Serge July, fundador con Sartre del diario Liberation y director durante varias décadas de él, ha hecho un balance al respecto:
Ahí radica la importancia de Mayo del 68, en la rebelión de una parte de la sociedad, la reivindicación de nuevas relaciones sociales, la exigencia de cambios radicales -tanto en la condición de los OS (obreros), como en la de los homosexuales-, en las reivindicaciones de las mujeres y las demandas de los inmigrados para formar comunidades culturales específicas… Una comunidad cultural se construye. Hace falta tiempo para formarla y para que los demás la acepten" (en Cohn-Bendit, 1998, p. 116).
La resistencia de Mayo del 68 se pronunció sobre todo en los asuntos vertebrales del poder y la política, sopesando las trampas de la representación, dándole nuevo sentido a la democracia como los espacios para que cada cual, cada grupo humano, cada sector social, pudiera elegir sus formas de existencia. En ese sentido, Mayo del 68 fue un acontecimiento cultural de hondo calado, desató la fuerza de lo intempestivo y tuvo la fuerza impulsora de lo inesperado.
Ese espíritu de las pasiones revolucionarias, que expresaba el deseo colectivo, haría un paréntesis de las muy serias y aburridas teorías de la revolución que se habían debatido por años entre los distintos grupos marxistas y anarquistas. Ahora estaba pintado sobre los muros como un llamado anónimo: "Cuando pienso en la revolución me entran ganas de hacer el amor".
Esta era una revolución distinta: desbordaba afectividad por todos los poros; la lucha era dura, pero "París era una fiesta". La fraternidad se bajaba de los lemas de la revolución del siglo XVIII y se volvía solidaridad en la calle, mano tendida, cooperación efectiva. Era la micropolítica de la revolución de los asuntos corrientes; el afecto y la atención colectiva suplían al mercado y al circulante para solucionar lo atinente al sustento, a la movilización, a la defensa, en esa, la "más larga huelga de masas de la historia mundial", al decir de Althusser.
Fue un intenso deseo de vivir, un mar de vibraciones impresionantes que reconectaron a los jóvenes con la vida, que abrieron lo binario para dar paso al estallido de lo múltiple, que pusieron a circular nuevos lenguajes, siendo el estético el más apreciado. Las minorías reconquistaron para sí la política como acontecimiento vital no representable, como devenir revolucionario de personas comunes capaces de crear la novedad, de apartarse, así sea por un momento, de la miseria espiritual de un sistema intolerable.
Ahora parecía posible lo que estaba vedado; Mayo prefiguraba futuros de liberación, pronto reencarnaría en la autonomías obreras italianas de los setenta, en la renovación del movimiento ecologista que daría un gran salto con las acciones fundadoras de Greenpeace, en 1971, en Vancouver, Canadá; en los acontecimientos antitotalitarios del mundo soviético, en 1989. Estaría presente en el amanecer de Chiapas, en 1994; recorrería el espíritu de los levantamientos de 2001, en Argentina; de 2003, en Bolivia y Ecuador; tocaría con sus aires juveniles las primaveras árabes que se sacudieron de décadas de satrapías; se escucharían sus ecos en las acampadas de los "indignados" de España y de la Europa mediterránea en el también asombroso año 2011.
Con Mayo del 68, aprendimos que las revoluciones de este tipo no son eternas, vienen más bien por oleadas y sus efectos visibles desaparecen al poco tiempo quedando solo como transformaciones en la mente de la gente, que van a incubar nuevos momentos, con nuevos actores y en otros escenarios.3
Los enigmáticos senderos por donde se encadenan estas revoluciones se hicieron también evidentes en los vínculos invisibles entre la lucha que había ganado tanta experiencia en los Estados Unidos y su movimiento por los derechos civiles y la larga lucha sudafricana contra el oprobioso sistema de segregación racial del "apartheid". Innumerables hilos se tejieron de manera subterránea y dan cuenta de que, a pesar de las particularidades y las distancias, la resistencia social consigue una armonizaciones, casi musicales, de sus formas políticas, pero también de su belleza estética.
En el lejano Detroit, un músico prodigioso y desconocido, con nombre latino, Sixto Rodríguez (1942), escribía las letras de canciones que se harían famosas y que se cantarían como himnos contra el apartheid en Suráfrica. Rodríguez tardó varias décadas en enterarse de que su álbum "Cold Fact" (1970) (Hecho Frío) se entonaba en las gargantas de los luchadores que repelían no solo la separación racial, sino los valores impuestos en ese régimen conservador y despótico. En 2012, se estrenó un documental sobre el cantante, titulado "Searching for Sugar Man", ganador del Premio Óscar. Este es un hermoso ejemplo de cómo opera el efecto mariposa en estas revoluciones. El cadencioso aleteo de esa mariposa musical, salido del corazón de un obrero de Detroit, había contribuido a mover las fibras más sensibles de los luchadores surafricanos y a animar el huracán del movimiento antiapartheid.
Mandela lo había entendido hacía mucho tiempo y, una vez libre, se empeño en promover escenarios, como el famoso partido de rugby de 1995, donde las pasiones gozosas y los sentimientos de unidad convocaran las fuerzas necesarias para construir la nación del arco iris, el país de la diversidad. La revolución noviolenta es una revolución cultural, es en esta dimensión donde se han renovado por completo las formas de lucha y resistencia y en donde se ha encontrado la cuerda articuladora de los nuevos poderes desobedientes, inspirando nuevas concepciones y formas de acción para los movimientos sociales del planeta.
1 En 1968, Estados Unidos tenía más 530.000 soldados combatiendo en Vietnam. Se consideraba que la superioridad tecnológica y el poderío aéreo y naval le darían una rápida victoria sobre un Vietnam dividido y pobre. Pero en enero de 1969, coincidiendo con la celebración del Tet, las guerrillas comunistas lanzaron una dura ofensiva, apoyadas por las maniobras militares del ejército regular de Vietnam del Norte que sitiaron Khe Sanh, en lo que llegaría a ser la batalla más prolongada de la guerra. En febrero, 2.259 cadáveres de muchachos estadounidenses fueron repatriados, enlutando familias de clase media y llevando a una imagen de derrota y rechazo masivo de la juventud y muchos sectores sociales del país. El impacto mediático fue devastador para el Gobierno, que al mismo tiempo se enfrentaba a fotografías y videos que evidenciaban los actos de inhumanidad contra la población civil y los crímenes de guerra. Al respecto, consultar en Hobsbawm, 2000 (bibliografía recomendada).
2 Al cumplirse 40 años de Mayo del 68, varios escritores se refirieron a sus antecedentes alemanes: "La Kommune I hay que entenderla en este contexto. Fue fundada el 12 de enero de 1967. Y fue una acción muy revolucionaria, ya que en aquella época, en Alemania, hombres y mujeres que no estuvieran casados no podían siquiera alojarse en un hostal, ya que de permitirlo el dueño podría tener problemas con la ley. Que de repente un grupo de hombres y mujeres convivieran, pasaran gran parte del tiempo desnudos, practicasen el amor libre, y encima lo hicieran sin ningún tipo de intimidad, sin puertas, sin paredes, etc., suponía algo revolucionario en aquella época (...). Con Rainer Langhans y Uschi Obermaier el mundo conoció las teorías de la politización de lo privado (…)" (Hillebrand, 2008, parr. 2 y 5). Por su parte, Ulrich Enzensberger, uno de los fundadores de la "Kommune I" indica algunas de las políticas que profesaban: "En la Comuna, de la que todavía hoy se habla en Alemania, rechazábamos toda autoridad, queríamos mostrar nuestro desprecio a las fuerzas políticas gobernantes, a los fascistas, a los comunistas, a la Guerra Fría, a los anticomunistas, a aquellos que defendían que la mitad de Polonia era alemana" (Pilato, 14 de febrero de 2021, párr. 3).
3 Podemos concluir con la aproximación de Deleuze (1984): "Hubo mucha agitación, gesticulación, palabrería, tonterías e ilusiones en el 68, pero eso no es lo que cuenta. Lo que cuenta es que fue un fenómeno de videncia, como si una sociedad viera de golpe lo que contenía de intolerable y viera también la posibilidad de otra cosa" (Gilles Deleuze, 1984, "Mai 68 n'a pas eu lieu", citado por Dosse, 2009).
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