Tema 3. Los Nasa y el zapatismo: un ejercicio analógico
Tema 3. Los Nasa y el zapatismo: un ejercicio analógico
Intentemos hacer algunas analogías de las prácticas de vida y resistencia de los Nasa con la experiencia de los neozapatistas de Chiapas. En ese caso, habría que partir del momento en que mutan su estructura político-militar hacia formas completamente civiles y noviolentas de la resistencia.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional -EZLN- nunca ha proclamado la renuncia a la lucha armada. Pero desde esta declaración de junio del 2005, era claro que el Comité Clandestino Revolucionario Indígena -CCRI- y las bases zapatistas decidieron explorar nuevas vías para "construir otra cosa". El viraje del EZLN se da al proclamar la necesidad de afianzar las autonomías rebeldes zapatistas, encarnarlas en las Juntas de Buen Gobierno y luchar por la unidad con otros sectores sociales y políticos de todo México. Esto porque, según la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, lo zapatistas: "(…) están aprendiendo que hay muchos mundos y que todos tienen su lugar, su tiempo y su modo, y así hay que respetarse mutuamente entre todos" (CCRI-CG del EZLN, enero de 1995, II. De dónde estamos ahora… párr. 7). Pero, además, el cambio se expresa en señalar que "(…) lo que vamos hacer en México y el mundo lo vamos a hacer sin armas, con un movimiento civil y pacífico, y sin descuidar ni dejar de apoyar a nuestras comunidades" (enlacezapatista.org.mex, VI. De cómo lo vamos a hacer, párr. 5).
Es de mucho interés hacer el seguimiento de la evolución de las políticas del zapatismo. Una forma de seguir la huella de los casi 20 años de acción pública del EZLN es la prosa profunda y poética de uno de su personajes emblemáticos, el Subcomandante Marcos, a quien los indígenas chiapanecos llaman abreviadamente "el Sup". Este intelectual que hizo parte de la guerrilla foquista marxista que arribó en 1984 a las selvas del suroeste mexicano y luego se reconvirtió en el neozapatismo que ahora se conoce, consiguió el prodigio de generar uno de los fenómenos de novedosa conducción de procesos sociales y de su exitosa comunicación mediática.
Marcos señala que durante los diez años de instauración en la zona, los guerrilleros necesitaron de un ejercicio de traducción y adaptación de sus discursos para ser entendidos por los indígenas. El "viejo Antonio", un indígena sabio y desconfiado que se toparon en sus correrías, fue el personaje que les sirvió para ello. A través de símbolos como éste consiguieron entender las lógicas propias de la cultura indígena y renunciar a la pretensión de que las comunidades asumieran el discurso guerrillero y se incorporaran a él y resultaron, en cambio, poniéndose al servicio de las dinámicas propias de la insurgencia indígena.
Luego de la incursión zapatista en San Cristóbal de las Casas en el amanecer de 1994, Marcos se convirtió en el traductor del movimiento hacia México y el mundo. Y una de las cosas decisivas que ha tenido que hacer es propiciar la apertura hacia el conjunto de las sociedades en México, Latinoamérica y otras partes del planeta. Tal vez el punto crucial en esta deriva ha sido el difícil reconocimiento por parte de los zapatistas de que, como sugiere Le Bot (1997), la insurrección armada debía abrir paso cuanto antes a la acción política desarmada. El devenir del zapatismo de finales de los noventas fue entonces que: "El proyecto político-militar había cedido el lugar a un movimiento comunitario armado que busca, a su vez, transformarse en un movimiento civil" (p. 68). Y en efecto, el EZLN dejó muy pronto de actuar como una guerrilla para centrarse en trabajar por acontecimientos micropolíticos de transformación de las comunidades.
El proyecto político zapatista muta con frecuencia en sus modalidades porque está abierto a la incertidumbre ("Bienvenidos a la indefinición" proclama Marcos), pero se abre a una constante búsqueda en lo más concreto y en lo más sencillo que propicie los cambios profundos en la vida de las comunidades. En adelante, su preocupación será potenciar su fuerza y permitirse a sí mismas descubrir el mundo de la "otra" política, hacer emerger sus prácticas, reinventar la democracia, cuestionar los poderes opresores.
También era necesario deslindarse definitivamente de la vieja izquierda y, sobre todo, de las viejas guerrillas, esas que acusaron a los zapatistas de ser poco serios porque la política, según ellos: "no puede ser la continuación de la poesía por otros medios" (Le Bot, 1997, p, 79-81). Sin embargo, las guerrillas tradicionales, esas mismas que por tantos años han subsistido en Colombia, tienen poco que decir, al lado de la enorme producción de sentido de la política innovadora que han dado los zapatistas. Seguramente porque, como bien lo interpretaba Régis Debray (1996), el neozapatismo es un retorno a lo esencial: la resistencia.
Han habido seis declaraciones de la selva Lacandona: la primera (enero de 1994) es la que acompaña la toma militar de San Cristóbal. Allí se constata que hay un desgarramiento irreversible de la sociedad mexicana y la necesidad de que los indígenas actúen para garantizar la propia vida.
La segunda (junio de 1994) fue la convocatoria a la sociedad civil con el fin de realizar "un esfuerzo civil y pacífico, a través de la Convención Nacional Democrática, para lograr los cambios profundos que la Nación demanda". Esto se hacía reconociendo principalmente que fue ella, la sociedad de "los de afuera", la fuerza que detuvo la guerra y presionó al Gobierno a declarar el cese unilateral del fuego y la oferta de amnistía.
La tercera (enero de 1995) reclama la autonomía indígena, recalcando que es necesario reconocer "(…) las características propias en su organización social, cultural y política. Las autonomías no son separación, son integración de las minorías (…) (CCRI-CG del EZLN, enero de 1995, párr. 13)". Además, proponen crear un Movimiento para la Liberación Nacional.
La cuarta declaración (enero de 1996) denuncia el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés y plantea tres grandes iniciativas: la convocatoria de un encuentro intercontinental en contra del neoliberalismo, la constitución de comités cívicos de diálogo social y "(…) la construcción de nuevos Aguascalientes como lugares de encuentro entre la sociedad civil y el zapatismo". Todo ello confluye en la construcción de una nueva fuerza política nacional: "(…) el Frente Zapatista de Liberación Nacional organización civil y pacífica, independiente y democrática, mexicana y nacional, que lucha por la democracia, la libertad y la justicia en México" (CCRI-CG del EZLN, enero de 1996, II párr. 1).
La quinta declaración (julio de 1998) es la explicación de su silencio resistente con el lema de "Contra la guerra, no otra guerra sino la misma resistencia digna y silenciosa". Aquí ya se va consumando el viraje hacia la priorización de las formas de resistencia pacíficas, hacia la propugnación de estrategias para evitar el choque directo con el aparato militar del Estado y, más bien, de propender por generar el gran vacío hacia los poderes centrales.
En cada momento se pueden identificar los cambios que van apareciendo y que no son producto de una estrategia definida desde el principio del levantamiento, sino que se van implementando con creatividad y no pocos errores y tropiezos. De todas maneras sí se puede identificar un hilo conductor: un paulatino abandono de la estructura militar y una concentración en la producción de la "nueva política" enfocada en los procesos comunitarios, en su traducción en acción social y política desarmada, hacia lo que Marcos llama "el zapatismo civil" y el "zapatismo social", un zapatismo que ya no es el EZLN o no se reduce al EZLN (Marcos en Le Bot, 1997, p. 223).
Esto es especialmente evidente desde la Cuarta Declaración cuando se llama a la constitución de más y más "Aguascalientes". La inserción comunitaria, la transformación de una política y una economía de guerra hacia formas de vida dignas y desmilitarizadas, decididas y controladas no por una estructura de mando, sino por una democracia comunitaria. Y esto exige que el EZLN desaparezca más pronto que tarde como fuerza armada. Los primeros en aceptar esto son los dirigentes zapatistas y por ello ponen en juego todas sus fuerzas en la apuesta por las comunidades autónomas zapatistas.
En el año 2003, los "Aguascalientes" (creados en 1996) se transforman en "Caracoles", que se establecen como territorios organizativos de las comunidades zapatistas y que agrupan varios municipios rebeldes. Este es quizás el acontecimiento micropolítico más impactante y potente del proceso zapatista, pues es lo intempestivo, indicativo del paso hacia comunidades liberadas, hacia experiencias de "pueblos-gobiernos" fundados en la creatividad y cada vez más emancipados del aparato propiamente militar del EZLN, con total consentimiento de este.
En la tradición maya, el caracol expresa la relación entre la luna y el agua y simboliza el renacimiento, la gestación (recuérdese la idea de los Nasa de la resistencia como un nuevo nacimiento). Es una manifestación de lo que ya se engendró pero aún está en proceso de parto; aunque no se ve en toda su dimensión, ya existe, comienza a tomar cuerpo y: "(…) precisamente lo que imaginaron se descubre en un arroyo, donde el agua se hace remolino y en su centro la luna titula su danza deforme. Un remolino… o un caracol". (Michel, 2004, Resistencia como… párr. 3). La forma del caracol es además rizomática, avanza superficial y lentamente con movimientos hacia adentro y hacia afuera, como una cinta de Moebius y permite la comunicación a distancia, pues con solo escuchar su interior se pueden ver mundos lejanos. Esta asociación es pensada en clave de consolidación de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ). Los caracoles serán regidos por Juntas de Buen Gobierno.
Los municipios no responden a la división administrativa estatal; son agrupaciones de comunidades que se van integrando alrededor de prácticas comunes que se expresan en instancias regionales, que conforman los municipios autónomos. En este nivel, cada comunidad tiene su delegado. Por encima existe una instancia más, la zonal, que integra grupos y regiones. En cada uno de los municipios autónomos rebeldes hay un lema que preside las sesiones de las juntas: "Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece". El que falla en sus responsabilidades es removido de su cargo.
En todo caso, todos los comuneros tendrán que pasar en algún momento por esas posiciones, por cuanto son rotativas y sin remuneración. A esto es a lo que los zapatistas llaman "mandar obedeciendo". Los MAREZ se agrupan entonces en cinco grandes caracoles que ofician también como sedes de los autogobiernos y centros de encuentro cultural y político. Ya se cumplieron 10 años de funcionamiento de estas experiencias de ejercicio del poder micropolítico de las comunidades que asumen la gestión de la salud y la educación, que construyen y administran hospitales, que despliegan campañas de saneamiento básico y de salud preventiva en estos territorios asolados por la pobreza.
Los consejos de los MAREZ organizan la construcción de escuelas y las campañas contra el analfabetismo, además, supervisan los contenidos curriculares. Asimismo, intervienen en problemas de tierras, dirimen los conflictos que surgen en el trabajo, definen asuntos relacionados con el comercio, la nutrición, la siembra de alimentos, la construcción de viviendas, la cultura y la justicia, y velan por el cumplimiento de la ley de las mujeres. Por su parte, las Juntas de Buen Gobierno –integradas por uno o dos delegados de cada uno de los Consejos Autónomos de la zona– asumen todas estas labores derivadas de su condición autonómica y las tareas de comunicación y relacionamiento con las organizaciones y personas solidarias de México y el mundo.
Estos son los instrumentos zapatistas para ir al encuentro de su propio camino que ha puesto su mayor atención en la educación de los niños y de los más jóvenes, instaurando un Sistema Educativo Rebelde Autónomo Zapatista de Liberación Nacional. Su lema: "educación en resistencia, esa es nuestra ciencia".1 La decisiva importancia de la resistencia en el terreno educativo en la perspectiva de la construcción de nuevos modos de vida es realzada en aquellas comunidades que centran parte de su lucha en el rescate de la identidad.
Al igual que los Nasa, los zapatistas de Chiapas trabajan por la autonomía cultural volviendo a sembrar las diferentes lenguas, esas que nunca existieron para los colonizadores, tanto como se hicieron invisibles sus rostros del color de la tierra. Entonces el proceso de emancipación pasa por el renacer del orgullo por lo propio, como aspecto sustantivo de la creación de capacidades para ejercer la democracia. Otras dimensiones son las relativas a una plena participación en los procesos productivos, en la mejora de los suelos y la comprensión de la dimensión agroecológica de su relación con la tierra.
Los autogobiernos además ganan cada vez mayor influencia en los procesos de intercambio mercantil usando como método de resistencia, ante las relaciones asimétricas del mercado, la reivindicación de un "comercio justo" y la creación de redes de productores y de mercados locales. Pero, sin duda, las comunidades caucanas y las chiapanecas han decidido hacer de la educación el principal campo micropolítico de lucha.
El alzamiento educativo, como lo llamaron los zapatistas, ha sido una marcha constante por la apropiación crítica del sistema de formación de las nuevas generaciones y por la instauración de una educación permanente de las comunidades. Ello implica establecer la autonomía frente al sistema escolar estatal y eclesial que dominaron la esfera educativa por centurias. Para el caso de los Nasa, conseguir que sean las organizaciones indígenas (CRIC y ACIN) las gestoras directas de su sistema educativo y que desde allí pudieran ejercer la dirección política y pedagógica de manera original y calificada, conduce a una ruptura con la lógica de las relaciones establecidas por el campo educativo nacional hegemónico. Por eso, Christian Gros ya avistaba que la experiencia del CRIC en este terreno había cumplido un "papel relevante en el proceso de movilización cultural (de politización de las identidades)" (Gros, 2000, p. 195).
Al producir una grieta en el sistema educativo hegemónico, se replantean las relaciones de poder y se da una emergencia de un espacio por fuera del dominio estatal, apropiándose del diseño de los contenidos curriculares, imponiendo la educación en lengua materna, sin renunciar del bilingüismo, recomponiendo el modelo de selección y subordinación del cuerpo docente a la comunidad y pugnando por una educación al servicio de las necesidades populares en clave de resistencia y dignidad.
El triunfo de los dominados no es la derrota física de los opresores, sino la demostración de que, pese al yugo colonial, están en condiciones de salir de la abyección en la que quisieron ser mantenidos. La educación autónoma lleva a la superficie todas las potencialidades latentes en el alma indígena.
Allí se formulan y reproducen los patrones básicos de la resistencia cultural. La educación emancipada permite la apropiación social del arte del resistir por parte de los, antes, subordinados, y relacionarlas con su matriz cultural, permitiendo hacer visibles las relaciones de poder que están en juego. A un nivel más elevado se constata la idea de James Scott (2003) de que "(…) una subcultura de la resistencia o una contra-costumbre es forzosamente un producto de la solidaridad entre subordinados" (p. 175).
En 2013, los zapatistas dan un paso adelante en la perspectiva de la educación como aprendizaje colectivo, no solo de las comunidades indígenas, sino de la apertura generosa de sus saberes a los pueblos solidarios del mundo. Organizan el proyecto de "Escuelita zapatista", como un espacio para que los grupos de todo el territorio mexicano y los simpatizantes de diversos países compartan con las comunidades sus propuestas para "aprender a aprender", particularmente de las formas como se construye la autonomía. Esta vez los zapatistas recibieron a más de 1.700 personas provenientes de muchos rincones para compartir con ellos su sabiduría en la lucha contra el neoliberalismo y, ante todo, para mostrarles como han desplegado su fuerza micropolítica en la creación de formas cooperativas de producción y distribución, así como sus avances en la revolución educativa y sanitaria.
Igualmente, se dialoga sobre el papel de las mujeres, la Ley Revolucionaria de las Mujeres, su participación proporcional en las Juntas de Buen Gobierno, su rol como promotoras de salud, educación y agentes de justicia. "Cada uno de los alumnos tuvo un votán (guardián en tzeltal) que lo acompañaba y cuidada en todo momento, y a los alumnos, además de escuchar a los maestros de la zona, les tocó sembrar maíz y frijol, y recoger caracoles de los ríos", informa uno de los asistentes a los medios de comunicación alternativos presentes. Los "Votán-Zapata" son figuras equivalentes a la "guardia indígena" nasa. Justamente una asistente nasa a esta experiencia, Vilma Almendra del Tejido de Comunicación ACIN, afirma que: "la Escuelita zapatista (…fue…) el territorio que nos recibió y la comunidad que nos acogió".
Como cuenta Vilma, el mayor aprendizaje se dio en torno a la comensalidad, al trabajo colectivo, a la compañía solidaria y a las lecturas. Fue una evasión del sistema educativo escolarizado dominante. Aquí nadie enseña, es una comunidad de aprendientes en una escuela mundial de formación política.
Para los resistentes de otras partes del mundo la lección aprendida es sin igual. Las gigantescas movilizaciones en Europa del Sur en 2011 contra el modelo de ajuste estructural no han podido ser repetidas: la sociedad de esos países sigue resintiendo la intensidad de la gobernanza neoliberal. Está la indignación como forma de resistencia, pero no han aparecido claves de sustentabilidad de los espacios de resistencia.
Algo similar ha ocurrido con las primaveras árabes de África del Norte, donde las explosiones micropolíticas fueron rápidamente copadas por estructuras partidistas, codificadas en clave de representación, o en otros casos, aún peor, fueron derrotadas por golpes de Estado sangrientos. En cambio, el zapatismo vive y se consolida mutando permanentemente. Ahora en la forma de "Escuelitas zapatistas" en donde se aprende a transformar desde lo pequeño y cotidiano, y no en lo que pueda pedirse o esperarse del Estado.
La potencia micropolítica de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno, así como de los Municipios Autónomos, se agiganta con el reconocimiento que el EZLN hace del conflicto entre la estructura político-militar del zapatismo y la decisión de autonomía de las formas comunitarias. Lo importante es la rectificación que implica la política de Caracoles para la organización territorial rebelde. El mando del EZLN renuncia a ejercer la vocería del proceso; esta debe ser llevada directamente por los responsables de los gobiernos autónomos
También se puede intentar "otra" política de representación. La experiencia zapatista de la "otra Campaña"
Las mingas de los Nasa y otros pueblos indígenas han sido el enlace entre la micropolítica de los planes de vida y de la autoafirmación cultural y sus expresiones macropolíticas, en el Cauca colombiano. Aunque los indígenas han hecho diversas incursiones electorales y han conseguido cargos de representación, no ha sido ese el escenario principal de su acción macro hacia la sociedad mayoritaria.
Sus propuestas de alianzas con otros sectores y su vocación de mediación pacífica del conflicto armado han estado apoyadas en su fuerza telúrica, constituida en los escenarios micropolíticos y dinamizada por la desterritorialización implicada en la potencia misma de sus mingas. Su arte de gobierno está relacionado con los cabildos y con el nombramiento y la rotación de sus autoridades territoriales, antes que en las instituciones estatales de representación.
En la coyuntura electoral de 2013, el Movimiento Alternativo Indígena y Social (Mais), con el apoyo de organizaciones sociales indígenas, decidió postular al curtido líder Feliciano Valencia como candidato presidencial y está metido en el juego de alianzas de la izquierda electoral. Este gesto junto al intento fallido de Aída Quilcué en las elecciones parlamentarias de 2010 para intentar llegar a la Cámara de Representantes son un síntoma de las búsquedas de sectores asociados a la resistencia indígena de ensayar espacios macropolíticos. Hasta ahora esto no ha producido escisiones la interior del movimiento, pero sí hay sectores muy críticos que ven en esto un gran riesgo de cooptación.
La experiencia zapatista, sin duda aporta otras perspectivas a las búsquedas sobre cómo aprender a usar los espacios macropolíticos de representación. Como los Nasa, los zapatistas han probado modalidades desterritorializadas de acción política, buscando ampliar los horizontes de sus logros micropolíticos en novedosas formas de contacto con la sociedad mayor. Dos grandes acciones están en esa dirección: la "Marcha de los 1.111", en 1997, y la "Marcha del Color de la Tierra", en 2001.
El 22 de agosto de 1997, el Comité Clandestino Revolucionario Indígena - Comandancia General señaló en un comunicado que: "El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en demanda del cumplimiento de los acuerdos de San Andrés y en contra de la militarización de las zonas indígenas, marchará a la ciudad de México con 1.111 pueblos zapatistas". En efecto, este número de delegados indígenas sale con sus emblemáticas capuchas en septiembre, desde Chiapas, pasan por Oaxaca, Puebla, Morelos y llegan al Zócalo del Distrito Federal. Allí son recibidos por una multitud de simpatizantes. Quieren dar testimonio de resistencia y de no rendición. Es la primera vez que unos guerreros pacíficos encapuchados atraviesan medio México para hacer caminar la palabra.
El 1 de diciembre de 2000, la comandancia zapatista informó que realizaría la Marcha del Color de la Tierra hacia Ciudad de México para exigir el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés. Fue una irrupción colorida, encabezada por Marcos, que por primera vez dejaba el territorio zapatista. La caravana que los conducía a la capital pasó por innumerables poblados durante las dos semanas de recorrido. En todas partes una muchedumbre los acogía. El 11 de marzo del 2001, un millón de personas les dio la bienvenida en el Zócalo. El EZLN había conseguido un triunfo mediático y usaba de nuevo toda su capacidad de innovación para, esta vez, abrir la compuerta de la macropolítica usando todo su poder para el desconcierto.
Parecían decirnos que "Las cosas nunca pasan allí donde se cree que van a pasar, ni por los caminos que se espera". (Deleuze, 1980, p. 76). Su inesperada maniobra cambiaba la escena y conseguía activar imaginarios de lucha en todas las capas de la población. El 24 de febrero de 2001, las palabras del comunicado del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del EZLN, que convocaban a la Marcha de la Dignidad, alentaron estas esperanzas de cambio:
(…) el día de hoy la dignidad es quien toma, con nuestras manos, esta bandera. Hasta ahora no hay un lugar en ella para nosotros, los que somos el color de la tierra. La nuestra es la marcha de la dignidad indígena (…) la marcha de quienes somos el color de la tierra y la marcha de los todos que son todos los colores del corazón de la tierra". (Palabra.ezln.or, 2001).
La Campaña por la Dignidad había sido preparada minuciosamente. Habían sido previamente invitados contingentes de muchos países del mundo. Solo de Italia arribaron unos 250 simpatizantes. Varios intelectuales europeos estaban dentro de los concurrentes: José Saramago, Danielle Miterrand, José Bové, Manuel Vázquez Montalbán, Alain Touraine, Noam Chomsky y Eduardo Galeano también manifestaron su apoyo y compromiso con los zapatistas. Esta fue la última acción en gran formato que el EZLN hizo para aprestar a la sociedad civil mexicana e internacional para acciones conjuntas de gran envergadura. Apenas unos días después (28 de abril) el EZLN declaró rotos los diálogos con el Gobierno ante la aprobación de una "Ley indígena" que desconocía los Acuerdos de San Andrés.
Durante los cinco años posteriores, el EZLN se dedicó a perfilar su autotransformación, a consolidar su paso de la insurrección armada a la resistencia social pacífica, a profundizar la ruptura con la vieja izquierda, sin abandonar las posturas revolucionarias, anticapitalistas, en contra del neoliberalismo y por la fundación de una sociedad basada en la diferencia cultural y en la potencia de base. Su énfasis en trabajar por acontecimientos micropolíticos los acabó de persuadir de la necesidad de abandonar cualquier lógica afín a los partidos políticos tradicionales, la urgencia de renunciar completamente a algo que pudiera parecerse al juego electoral hegemónico, en el que se reproducían todos los vicios y vacuidades de la política de representación.
El 1 de enero de 2006 se inicia la "Otra campaña", concebida en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y caracterizada como de construcción de relaciones de lucha con otros, por abajo y a la izquierda", abriendo espacios de encuentro de los diferentes sectores sociales. Era una campaña de escucha para aprender y valorar la situación del país. Como era la instauración de una nueva manera de hacer la "gran política", lo primero fue purgarla de cualquier pretensión electoral. Y la nueva forma de hacer política era renunciar a las promesas y dedicarse a escuchar sin esperar nada a cambio.
Se llamaba la "Otra campaña" porque era paralela a las campañas de los partidos hacia las elecciones de julio de ese año. El Subcomandante Marcos es designado el "Delegado Zero". "En México, vamos a caminar por todo el país, por las ruinas que ha dejado la guerra neoliberal y por las resistencias que, atrincheradas, en él florecen", dijo entonces el EZLN (E.Z.L.N., junio de 2005, p. 37). Ahora van a actuar por los caminos de México como un colectivo de indignados.
El "Delegado Zero" y su equipo escucharon a la gente de 31 Estados y del Distrito Federal; se reunieron con las más variadas comunidades, incluyendo algunas de migrantes en los Estados Unidos. Se calcula que establecieron diálogo directo con 1.036 organizaciones políticas, indígenas, sociales, no gubernamentales, grupos y colectivos adherentes, todos de "abajo y a la izquierda". El mensaje, que se situaba al margen de todo partido existente, incluido el izquierdista PRD de López Obrador, era sencillo: "El proceso electoral ya empezó y alguien les va a venir a decir que si lo apoyan les va a resolver todo. Nosotros les venimos a decir que no les vamos a resolver absolutamente nada ni les venimos a traer soluciones, sino problemas", y a renovarles la invitación a la unidad de todos "los que se están alzando en otras partes del país para construir el nuevo México" (lapoderosa.org.ar, 6 de noviembre de 2009, párr. 3).
La "Otra campaña" realizó una Segunda Plenaria Nacional de adherentes, en la víspera de las elecciones presidenciales (30 de junio de 2006) en Ciudad de México. Allí, el Subcomandante Insurgente Marcos informó que hasta ese momento 72 organizaciones políticas de izquierda, 136 pueblos indios, 263 organizaciones sociales, 724 grupos y colectivos y 3 mil 695 personas de todo el país habían suscrito la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Se había creado un gran movimiento político nacional con un vasto apoyo internacional (La Jornada, junio de 2006).
Ya para entonces las encuestas señalaban a Marcos con un 20% de popularidad si decidiera lanzarse a la presidencia. Por supuesto, esa no era su intención, pues lo que habían conseguido con la "Otra campaña" era crear un frente de fuerzas que se planteaban con seriedad renovar la macropolítica mexicana, partiendo de la recomposición micropolítica que habían suscitado. Se trataría de una política fundada en la solidaridad que apuesta por abrir espacios "a los de abajo" pero también a los de en medio; que se propuso airear la corrupta política partidista de México.
Que dos movimientos de origen indígena se hayan logrado abrir paso en el terreno minado de la macropolítica de representación es un síntoma de gran fortaleza política, ética y de la existencia de fuerzas que podrían renovar estos campos que han sido copados por la hegemonía tradicional. La estrategia de paz de los indígenas Nasa construyó a fondo el dispositivo de la autonomía de los territorios ancestrales. Desde allí hizo renacer formas de democracia comunitaria con suficiente fuerza para resistir el dictado de la guerra que ordena abandonar los territorios, consiguió la cohesión que provee la autonomía y la politización transformadora de las formas de existencia.
Los zapatistas son un ejemplo muy avanzado de creatividad y resistencia multimodal. También para ellos el territorio es la plataforma que agrupa todas las fuerzas del resistir al convocar la potencia vital que da la tierra a quienes establecen una relación profunda con ella. Les va la vida en ello. Unos y otros han aprovechado la energía que han desatado para aportar el aire fresco de sus nuevas prácticas a la renovación de todas las formas de hacer política. Las mingas de los Nasa, la "Campaña del color de la tierra" o la "Otra campaña" de los zapatistas son una sinfonía que armoniza la emergencia de la multiplicidad política. Forman parte de su repertorio para no perecer ante las amenazas de una fuerza aplastante. Son resistencias sociales que han descubierto la Noviolencia y que han hecho aperturas trascendentales para la configuración del nuevo campo del pacifismo en el mundo.
1. Así lo enuncia el SERAZ de los Altos de Chiapas. Ver: http://www.serazln-altos.org
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