La resistencia pacífica: no responder al mal con la violencia. Francisco Javier Cervigon Ruckauer

La opción de insubordinarse contra todo dictado del soberano que atente contra la libertad y la dignidad de los seres humanos se abrió paso en los llamados a la no servidumbre, en la construcción de las formas jurídicas del derecho de resistencia y en las formas creativas de la desobediencia civil.
De la mano de la figura colosal de León Tolstoi, se va constituyendo un nuevo territorio de la lucha antiguerra, en donde se teje la unidad de la fuerza espiritual, el renacimiento religioso, la urgencia de justicia para los campesinos siervos, el deslinde radical del Estado para dar consistencia a la concepción de la no resistencia al mal con la violencia. Al análisis de este trayecto de la resistencia, de sus conexiones con el pacifismo religioso, a su emergencia a partir de la literatura y de la relectura de los preceptos morales del evangelio y a todos los elementos que van dando textura a este resistir noviolento está dedicado este apartado.
Tolstoi y el contexto revolucionario en Rusia
En la Rusia de los zares resonó la desobediencia civil. El escritor pacifista cristiano León Tolstoi reivindica el llamado al amor como ley fundamental de la vida, que ya había planteado Jesús de Nazaret, y se declara en lucha contra todo tipo de opresión derivada de la violencia. Su crítica a la visión maniquea y dualista del bien y del mal en tanto que "es imposible encontrar una definición justa e inequívoca para distinguir al malvado del no malvado"1 (Tolstoi, 2010, p. 53), lo conducen a una propuesta ética que da forma a su proyecto de noviolencia.
Este escritor genial fue considerado el "gobernante moral" por antonomasia de Rusia y la figura estelar por muchos años en la denuncia del gobierno político despótico del zar Nicolás II. Tolstoi se fue formando como un revolucionario anarquista que puso en la picota al Estado y a la iglesia; un cristiano pacifista que veía en estas instituciones la médula del anticristianismo, y que se va a levantar con su figura gigantesca de autoridad moral para convocar a la "no-resistencia" al mal.
Este concepto (equívoco a la luz de las propuestas resistentes del siglo XXI) fue, en los albores del siglo XX, la manera de nombrar la resistencia no-violenta: "no resistir al mal con la violencia", o sea: no oponer la violencia a la arbitrariedad y a la agresión de los violentos. Es un desarrollo de la propuesta de desobediencia e insumisión de Thoreau2. Tolstoi no concibe la existencia del Estado o de otras formas institucionales, como coacción. Funda buena parte de sus teorías en la religión y, particularmente, en el Evangelio; por eso puede afirmarse que se trata de una especie de anarquismo evangélico.
El pensamiento de Tolstoi es, en muchos sentidos, un pensamiento de transición que, sin embargo, se mantiene fiel a la búsqueda de una transformación íntegra de la sociedad, cuestionando como pocos entonces la organización feudal, el trabajo sometido a la servidumbre, la podredumbre de la guerra, el despotismo de la monarquía zarista y la corrupción de la jerarquía de la iglesia cristiana ortodoxa. Por supuesto, de por medio está la emergencia de una doctrina que convoca al fortalecimiento espiritual, predica persistentemente la noviolencia y la transgresión pacífica de todo tipo de dominación.
La no resistencia al mal como resistencia noviolenta
Luego de una obra tan fecunda y prolija en la que fue tejiendo las matrices pacifistas, anarquistas y desobedientes de su pensamiento, Tolstoi retoma la pluma ya no como escritor de una literatura refinada, sino como un pensador cristiano que no acepta la mediación de la institución eclesial, bebiendo directamente del mensaje de Jesús de Nazaret. Es una migración desde el escritor lúcido y comprometido hacia el profeta de la resistencia noviolenta.
Lo que erige Tolstoi para desencadenar las fuerzas campesinas avasalladas es un cristianismo contra-cultural, sedicioso, pero extirpado de la violencia castigadora y soberbia del Dios judaico del Antiguo Testamento. Escarba en la profundidad del amor de Jesús, para transformarlo en palabra y ejemplo de resistencia a un poder con el que no se puede ser complaciente. Para ello hace una interpretación no dogmática de la lectura del evangelio de San Mateo sobre la no resistencia al mal, esto es, la convocatoria a no responder al mal con la violencia.
No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;  y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.  Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses". (Mateo, 5: 39-42).
Como lo reconocería Gandhi esta es, tal vez, la esencia de una nueva cultura de paz, que renuncia a la venganza y decide no devolver mal con mal. Una especie de marco autorregulatorio que sirve de contexto a la irrupción de otras formas de solución de las desavenencias, de otro modo de vida, llamado por Tolstoi: "auténtico". La compasión y el amor asumen de conectores o atractores de ese campo de relaciones que deben emerger, como relaciones fraternas, pacíficas, igualitarias, reconocedoras de los diferentes, de los excluidos.3
En vez de devolver la herida infligida en la mejilla derecha con otra herida en el rostro del enemigo o con algo aún peor -lo que significaría el escalamiento de la respuesta violenta-, se propone más bien sumir en la perplejidad y el bochorno al agresor, poniendo la otra mejilla o tendiéndole la mano. Esto es "el poder del desconcierto" que ha evolucionado tanto en la teoría de la acción noviolenta. Así lo plantea Carlos Eduardo Martínez, examinando la aparente aporía, la incompresible dificultad lógica, inscrita en eso de "poner la otra mejilla":
Las lecturas e interpretaciones más comunes giran en torno a la pretensión de ir más allá de lo humano, llegando a requerir, desde esta perspectiva, un autocontrol y una bondad que se sale de los parámetros de la mayoría de las personas, casi como la consecuencia de un máximo nivel de perfección. Por el contrario, estas palabras proponen, a mi juicio, un método distinto para confrontar la violencia. Es algo así como si te atacan con violencia, reacciona de una forma que tu agresor no espera, produciendo en él una sensación de desconcierto tal, que el efecto de dicho desconcierto te proteja de su agresión y, de paso, transforme y reduzca su violencia, sintiendo profunda vergüenza de la misma. La estrategia del desconcierto (…) ha sido la fuente de muchas acciones políticas transformadoras (Martínez, 2012, p. 217).
Otro aporte del Sermón de la Montaña, que sabe recoger muy bien Tolstoi, es el de deconstruir el dualismo amigo- enemigo. Recomendar amar a los enemigos, hacer el bien a los que te aborrecen y orar por los que te persiguen, disloca el esquema propio de la guerra y de la violencia letal.4 Si no se incentiva el odio al adversario y si se plantea dar un paso más allá de la fácil ecuación de amar a los que nos aman, estará des-configurada la cartografía de la guerra y, con ello, gravemente debilitado todo el esquema de la soberanía basado en la conformación del cuerpo político a partir de esta polarización, así como de la subsecuente exclusión del enemigo.
En la lógica spinoziana, uno de los principios de la vida es el de la mutua afectación de los cuerpos: Indudablemente el odio y el amor son afectos potentísimos y cuando un ser humano es tocado por uno de ellos, su efecto va a estar presente, con fuerza, en su subjetividad. Lo maravilloso del espíritu es que puede ser afectado por ambas pasiones y que su influjo se plasma en la memoria de manera simultánea. De tal modo que cuando el odio arremete contra uno, la memoria no solo puede evocar "las ofensas tan comunes entre los hombres", sino que puede pensar en "rechazarlas mediante la generosidad" (Spinoza, 2002, pp. 71-72). Es una decisión de cada cual, es su opción ética; un ofendido y humillado, un agredido por la violencia de otros o de las instituciones, no tiene por qué tender automáticamente a responder con la misma moneda.
Tenemos esa capacidad; así que un ser torturado y quebrado por la violencia del más fuerte puede recobrar su don de ofrecer paz a quien le ha dado solo el hierro candente de la guerra; y esta acción no es solo en beneficio para el otro, para quien ha incurrido en violencia, sino que es en primer lugar una recomposición de la cadena de afectos desde uno mismo, desprendiéndose del pesado fardo de la venganza. Es un acto de libertad, de forjamiento del espíritu, de autogobierno y auto-legislación por los valores de la ética de vida.
Claro que esto no puede ser comprendido en la lógica de la guerra. El saber del guerrero solo entiende que lo natural es que el vencido busque recuperar fuerzas y espere la ocasión para revertir la situación de dominación y así poder asestar golpes tanto o más contundentes que los recibidos, cobrando viejas deudas de sangre.
El pacifista ruso veía cómo la iglesia se apartaba del mandamiento de la no resistencia al mal con la violencia e iba indicando una serie tal de excepciones a su cumplimiento que lo hacían inoperable. Para ello, las jerarquías habían ido refinando un discurso en el que justificaban la legítima defensa violenta para enfrentar una agresión o la prioridad de la defensa del bien, recurriendo a la fuerza armada, si ello era menester, amén de continuas alusiones a la violencia divina consignada en el Antiguo Testamento.
Para rebatirlos, Tolstoi utiliza argumentos racionales contundentes, antes que enzarzarse en una discusión teológica o hermenéutica sobre los textos sagrados. ¿Quién está autorizado para distinguir el bien del mal? Tampoco hay reglas únicas para juzgar cuando hay una situación de peligro insalvable que amerite el uso de la fuerza defensiva. Por esa ruta se han justificado las inquisiciones y las purgas revolucionarias. ¿Quién puede entonces tener la certeza de juicio para identificar al enemigo mortal que le autoriza tomar medidas draconianas contra él?
Como lo diría más adelante Tolstoi, para ello es indispensable "abandonar cualquier frontera entre las naciones". Su discurso es claro y radical, y tal cual es asumido por Tolstoi: las guerras, sean ellas ofensivas o defensivas, son ilegales y no pueden ser admitidas por los cristianos; igual deben ser consideradas las organizaciones militares y todo lo relacionado con ellas como los arsenales, las fortalezas, los transportes de guerra, los trofeos y monumentos a las victorias militares, la parafernalia de guerra.
En esta recopilación histórica que hace Tolstoi5 del tratamiento dado a la no resistencia al mal con la violencia, se van dibujando los contornos de este anarco-cristianismo que va siendo enunciado como una forma particular de resistencia. Es decir, la no-resistencia no es la aceptación pasiva del mal; al mal hay que resistirlo de muchas maneras, pero sin violencia y sin venganza. Hay que idear formas de resistencia basadas en la desobediencia. Lo dirá Tolstoi en el desarrollo de su propio texto del "El reino de Dios está en vosotros", luego de comentar los aportes de esos otros cristianos pacifistas:
Obedeciendo, los hombres se someten simplemente a las órdenes que les son dadas, sin reflexionar y sin hacer un esfuerzo de voluntad. Para no obedecer, es necesario reflexionar con independencia, y esto se constituye en un esfuerzo del que no todos son capaces. Pero, si fuera apartado el significado moral de la sumisión o de la rebelión y consideradas sólo las ventajas materiales, se vería que la rebelión es, en general, más provechosa que la sumisión. (Tolstoi, 2010, p. 91).
La insumisión y la fuerza del amor
Muchas leyes y acciones despóticas, piensa Tolstoi, se han implementado para fortalecer al Estado hasta hacerlo una máquina todopoderosa que decide sobre la vida de la gente. Para ello, dicen que se apoyan en el derecho, pero solo han creado una apariencia de justicia; se ha transformado entonces en una organización engañosa y costosa. Más que una solución, el Estado es un problema para la sociedad. Sin embargo, ha logrado mantener la obediencia de la gente; para ello, según se lee en "El Reino de Dios está en vosotros", ha acudido a cuatro métodos de acciones sobre los hombres que "están unidos entre sí como los eslabones de una cadena":
El primer método, el más antiguo, es la intimidación. Ésta consiste en representar al régimen actual (cualquiera, la república más liberal o la más déspota monarquía) como algo sagrado e inmutable. Como consecuencia, se castigan con las penas más crueles cualquier tentativa de cambio (…) El segundo método es la corrupción. Ésta consiste en tomar del pueblo sus riquezas por medio de los impuestos y distribuirlas a las autoridades que, en cambio, se encargan de mantener y aumentar la opresión (…) El tercer método es aquel que no puedo llamar de otro modo sino el del hipnotismo del pueblo. Consiste en detener el desarrollo moral de los hombres y, con diversas sugerencias, mantenerlos en el arcaico concepto de vida sobre el cual se basa el poder del gobierno. (…) El cuarto método consiste en escoger, entre todos los hombres unidos y embrutecidos con la ayuda de los tres métodos precedentes, un cierto número de individuos, para hacerlos instrumentos pasivos de todas las crueldades necesarias al gobierno (Tolstoi, 2010, pp. 96-97).
A ese cuarto método de sometimiento va a dedicar Tolstoi mucha atención; su manifestación más directa es la obligación de prestar el servicio militar, para el que se escogen adolescentes que son aislados de todas sus condiciones naturales de vida, se les encierra en cuarteles, se les uniforma para diferenciarlos del común de la gente, se les embrutece, se les obliga con gritos y tambores, y con ejercicios físicos y otros recursos inventados expresamente retuercen su cuerpo y automatizan su mente hasta obtener obediencia absoluta a sus jefes.
Y como la vida es un valor que no tiene peso ni medida, como esta no puede canjearse, ni siquiera con la pretendida equivalencia de una vida por otra, el que una persona o un pequeño grupo entienda que seguir asumiendo esta actitud no es otra cosa que un suicidio, el que no se hagan cómplices de esta negación de la vida, el que no colaboren activa ni pasivamente en ello, ejercerá una influencia favorable en la sociedad entera. Interpretada desde las concepciones contemporáneas de la resistencia, la apuesta de Tolstoi es por convocar al poder de la influencia sutil, al poder de la fragilidad, el despliegue de la micropolítica que produce acontecimientos creativos y transformadores. Es una versión del efecto mariposa que demostraría en el siglo XX la teoría del caos.
La interpretación de Tolstoi es genuinamente atenida al evangelio que conecta la obligación de abstención de la venganza y del odio con el mandato del amor por los demás. El prójimo alude a "lo otro", a la alteridad, a lo distinto, a lo más lejano, a todo cuanto cabe en la palabra latina "alien", es decir lo ajeno, lo extraño, el forastero, el extranjero. Por tanto, el amor es un trayecto de afirmación de la diferencia para intentar nuevas combinaciones, composiciones vitales que emergen de nuevas formas de constitución de lo común. Será el movimiento de Gandhi en la India y las sucesivas expresiones de la resistencia noviolenta en el mundo las que se encarguen de demostrar la potencia política de una lucha fundada en el amor, que se convertirá en motor de procesos asociativos y liberadores.
Puede hasta parecer aburrido, ingenuo, "utópico" el proceso de resistir sin violencia, sin responder golpe por golpe. Pero ahí está, sostenida en medio de sobresaltos, apareciendo allí y esfumándose más allá, durante siglos. Y ya no está restringida a algunas valerosas comunidades religiosas; cuando renace en el mundo contemporáneo, lo hace con fuerza inusitada, con gestos y manifestaciones increíbles, conectándose en los más diversos territorios. Reinventándose para no ser capturada por los aparatos del poder. Transitando desde la micropolítica que aprendimos de la no resistencia al mal con la violencia, hasta la poderosa resistencia noviolenta de Gandhi que combinó magistralmente las sutilezas y los puntos fuertes de la acción micropolítica con las posibilidades de su influencia sobre el escenario macropolítico de la lucha anticolonial.
 
1 "El reino de Dios está en vosotros" es una de las obras más importantes del pensamiento pacifista mundial. Su publicación original fue en 1894. Las alusiones y citas que se toman de la obra en este escrito son de la edición del 2010 de editorial Kairós. Ghandi dijo de la lectura de este libro: "El reino de Dios está en vosotros" me abrumó. Me marcó para siempre".
2 Michael Randle recuerda que "Tolstoi veía en Thoreau un espíritu afín al suyo "y cómo" el conde ruso elogia el "admirable ensayo" de Thoreau, así como "el ejemplo que dio, yendo a la cárcel por negarse a pagar impuestos al Estado". Para documentarlo, cita los "escritos sobre desobediencia civil y noviolencia" en donde aparece la carta de Tolstoi al Dr. Eugen Heinrich Schmitt, página 169 de la edición de New Society Publishers, Filadelfia, 1987. (Randle, 1998, p. 58).
3 El irenólogo Mario López Martínez resume así esta visión del cristianismo de Tolstoi: "Una religión monoteísta como el cristianismo hizo suyo el Quinto mandamiento de la «Ley de Moisés» y lo interpretó y lo reconvirtió en un sentido tan positivo, como polémico -a través de la figura de Jesús de Nazaret- como: «amad hasta a vuestros enemigos» (poder redentor a través del amor). Para el cristianismo histórico, la expresión no matar (…) permitió no sólo rechazar los ejércitos, sino desarrollar los argumentos de la objeción de conciencia, es decir, un "no matar" (entendido como deber y como derecho), así fuese en tiempos de paz (o de preparación de la guerra), como de guerra. Asimismo, la apuesta del cristianismo por la dignidad del ser humano significaba no demonizar jamás al adversario, tratarlo como un igual, respetarlo y hasta quererlo «como a uno mismo», en consecuencia cualquier forma de violencia quedaría descartada" (López, 2012, p. 22).
4 En el Sermón de la Montaña se lee: "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? (Mateo 5: 43-46)
5 Los menonitas son otra comunidad cristiana de profunda y larga tradición pacifista. Aún hoy mantienen una importante presencia en América y son dignos luchadores de la noviolencia. En Colombia, por ejemplo, fueron pioneros en el impulso a la objeción de conciencia al servicio militar. El historiador indio O. Jaggi, resume así algunos de sus principios: "En la medida en que estudiaban la Escritura se convencieron de que no sólo los católicos, sino también los protestantes fallaron en encontrar lo esencial del Nuevo Testamento. Esto es especialmente verdadero, consideraron, en el caso de la doctrina de la no-violencia. Entre las doctrinas que sostienen su existencia encontramos la libertad de conciencia, la separación de la Iglesia y del Estado y la no-resistencia. Creen que según las Escrituras los cristianos no pueden tomar parte en el uso de la fuerza, tanto como soldado en el ejército o como magistrado en el gobierno civil. El uso de la espada, el ejercicio de la venganza y el tomar la vida humana es estrictamente prohibido para los discípulos de Cristo" (Jaggi, 1974, pp. 40-42).

No hay comentarios:

Publicar un comentario